
“Caminante son tus huellas, el camino y nada más; Caminante no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace el camino, y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante no hay camino, sino estelas en la mar”. Antonio Machado
Montar radares es una actividad viril y heroica. No es un conocimiento científico, ni técnico, no hay que ser experto reparando radares, solo requiere pericia, acuciosidad, buena forma física y mucho arrojo. Todo el tiempo caminas por el borde de un precipicio, cualquier error te puede matar. Nadie nunca nos entrenó para esto, aprendimos solos. Es el clásico “sacando huevos se aprende a capar”. No obstante, algunas cosas sí me habían enseñado que contribuyeron grandemente a obtener la experticia de la que hoy blasonamos. Probablemente todo comenzó en 1981, cuando el asesor del Laboratorio Conjunto Soviético Cubano para la Meteorología Tropical, el ingeniero Román Pávlovich Tychina vino a Camagüey a recibir el primer radar MRL-5 que se instaló en Cuba y se encontró con que finalmente los astros se habían alineado y en el Centro Meteorológico de Camagüey coincidieron dos aspectos por él anhelados: había aparecido un graduado de nivel superior de perfil eléctrico y, casual y afortunadamente, hablaba en ruso. Yo estaba muy lejos de imaginar que comenzaba una saga que nos llevaría a convertirnos en expertos en montar radares y de hacerlo por diferentes partes de Cuba y del mundo. Como comprenderán mis suspicaces lectores, ese “aparecido” era yo; pero antes de contarles esta historia debo retroceder un poco en la línea del tiempo…
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