Oliver Heaviside no tenía título, no oía un cañonazo a tres pasos y pasó medio siglo encerrado en una habitación. Y sin mover un dedo, desde su mesa, le dijo a la humanidad cómo hablar a través del océano y cómo ver más allá de la curvatura de la Tierra.
Hay inventores que arreglan problemas, y hay pensadores que rompen los cimientos de la realidad. Heaviside fue de los segundos. Mientras Edison buscaba el filamento perfecto y Tesla soñaba con radares que no existían, este tipo, sordo y autodidacta, se sentó a desmontar las reglas del juego eléctrico ladrillo por ladrillo.
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