En la vigilancia meteorológica global, dos redes de radares destacan como faros: la NEXRAD estadounidense y el programa OPERA europeo. Una apostó por la homogeneidad centralizada escalando ininterrumpidamente la calidad tecnológica; la otra, por la interoperabilidad voluntaria entre naciones con equipos dispares; pero estándares bien establecidos. Ambas demostraron algo esencial: la cooperación técnica salva vidas.
Oriente Medio, una región acostumbrada a las tormentas de polvo, las lluvias torrenciales que desbordan wadis y los medicanes en el Mediterráneo oriental, sufre hoy una cobertura de radares fragmentada y muy desigual. Cada país mira su propio cielo, pero las nubes no respetan fronteras políticas, étnicas o ideológicas. Cuando una tormenta se gesta sobre Irak o el norte de Arabia Saudí y avanza hacia Kuwait o Irán, las alertas llegan tarde.
Las trágicas inundaciones de abril de 2024 fueron un claro recordatorio de esta vulnerabilidad. Países como Emiratos Árabes Unidos, Omán e Irán sufrieron lluvias torrenciales que dejaron devastación a su paso: 46 personas perdieron la vida, la actividad en el aeropuerto internacional de Dubái quedó paralizada y las carreteras se convirtieron en ríos de lodo. Fue un fenómeno extremo que no conoció fronteras y que demostró que la próxima tormenta podría golpear a varios países a la vez. Es entonces cuando surge la pregunta crucial: ¿estamos preparados para avisar con tiempo a quienes están en su camino?
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Hace unos días, justo el 29 de mayo, participaba yo en un Taller sobre radares en Bogotá. Me antecedió en mi presentación sobre las experiencias cubanas, el colega