En los posts anteriores hemos visto que los sistemas de alerta más maduros no eligen entre un sensor y otro: los integran. Pero para entender por qué esa integración es inevitable —y no un capricho tecnológico— conviene poner a cada instrumento frente a frente, con sus fortalezas y sus vergüenzas. La pregunta no es cuál es «mejor», sino para qué sirve cada uno y dónde falla. Y, al final, aparece un tercer jugador que promete cubrirlo todo desde el espacio: el satélite. ¿Está a la altura?
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y…¿por qué necesitábamos un radar Doppler?
Un radar meteorológico convencional permite estimar la intensidad de las nubes que están precipitando o que están a punto de precipitar, y por tanto establecer una correlación con la intensidad de las precipitaciones. Se suele considerar que para los menesteres de la estimación de la lluvia, su eterno rival, el pluviómetro, es quien tiene la verdad absoluta, pero no es cierto, solo San Pedro sabe la cantidad de agua que envió hacia la superficie de la Tierra. Nosotros, los simples mortales, nos contentamos con estimarla por medio de instrumentos imperfectos: el radar, el pluviómetro, los radiómetros a bordo de satélites. Cada uno de ellos tiene sus ventajas y desventajas. El radar tiene la ventaja de que mide en áreas grandes (+ 150 km de radio alrededor del radar), lo hace de forma cuasi continua (cada 5 minutos tiene una observación lista), y lo hace con una alta resolución (celdas < 1 km2). Es decir es como si tuviéramos muchísimos pluviómetros midiendo continuamente.
