En este artículo explico por qué la fluctuación de los ecos meteorológicos no es ruido, sino la clave para estimar reflectividad, velocidad y peligrosidad mediante procesamiento Doppler, y por qué automatizar esta tarea me ha tomado toda una vida. El procesamiento de las señales en los radares meteorológicos es mi pasión.
Desde mis inicios como ingeniero en el radar MRL-5 de Camagüey (el primero de su tipo en Cuba), me resultó fascinante ver lo informativa que resultaban las señales en el osciloscopio (A-Scope) que muestra la amplitud en función de la distancia del eco (tiempo de retorno). Por una parte la amplitud te muestra la intensidad del objeto meteorológico y por otro, el grado de fluctuación de la señal te indica cuan «turbulento» es.
A la mirada de un experto de radar esta información es muy relevante, en tanto en el indicador PPI se puede cotejar las dimensiones espaciales del eco y su posición con respecto al radar. En aquellos primeros años pensé que sería sencillo automatizar esa detección y estimación de las características del eco para identificar su peligrosidad.
Estaba equivocado, esta tarea me ha tomado toda mi vida laboral y aún estoy enfrascado en ella. En este post trataré de explicar de forma sencilla por qué no es una tarea simple. Para esto hay que zambullirse en la naturaleza de las señales retornadas de objetos meteorológicos (nubes, lluvia, granizo, hielo, etc.).
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