
En el ombligo húmedo de Cuba, donde el calor no calienta, sino que yace como una losa de plomo sobre el pecho, y la noche exhala un aliento espeso a fango recién revuelto y a raíces podridas, pervive una verdad que no se dice, sino que se contagia en un susurro. En los pueblitos que el tiempo olvidó en el mapa desdibujado de Villa Clara, Sancti Spíritus y Ciego de Ávila, late la leyenda del Hombre de Blanco: un nombre que se articula con el aliento contenido, una sílaba que se ahoga antes de nacer.
(más…)