Radares Mirando al Sur

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El Hombre Blanco

En el ombligo húmedo de Cuba, donde el calor no calienta, sino que yace como una losa de plomo sobre el pecho, y la noche exhala un aliento espeso a fango recién revuelto y a raíces podridas, pervive una verdad que no se dice, sino que se contagia en un susurro. En los pueblitos que el tiempo olvidó en el mapa desdibujado de Villa Clara, Sancti Spíritus y Ciego de Ávila, late la leyenda del Hombre de Blanco: un nombre que se articula con el aliento contenido, una sílaba que se ahoga antes de nacer.

No llega: se condensa, como el vaho de la ciénaga al anochecer, brota de la penumbra en los lugares donde la tierra muestra su dentadura traicionera: en las grietas hondas de las cañadas, en los arroyos que son venas de agua negra, en esos lodazales que de día simulan la solidez de un lecho, pero que de noche respiran con hambre. Siempre vestido de un blanco que no es color, sino negación. La ausencia hecha tela. Un traje antiguo o un guayabero eterno que el barro no toca, que el fango rechaza, como si la suciedad de este mundo le fuera ajena. Es un blanco que no brilla, sino que niega la oscuridad, un silencio visual que corta la noche como una daga de hielo. Cuando se manifiesta, la creación entera agacha la cabeza. Los grillos enmudecen de golpe, acallados por un respeto mortal. El viento se arrodilla. Hasta la luna se nubla. Él permanece erguido, una estaca pálida clavada en el costado del pantano, inmóvil como la memoria de un pecado o se desplaza como flotando sobre los fanguizales. Los afortunados —o condenados— que lo han visto, juran que no camina: que se desliza, que es la sombra de un cuerpo que se ahogó hace siglos, flotando apenas sobre la superficie del lodo como una hoja sobre el aceite. Y cuando decide irse, el pantano no lo traga: lo acoge. Se hunde en él sin un sonido, sin una onda, como un alma que regresa al cuerpo del que nunca debió salir. Su lengua no conoce las palabras. Su vocabulario son los gestos: una inclinación de cabeza que es más una condena que un saludo, un brazo que se alza no para guiar, sino para señalar el peligro que ya te rodea. Quienes han sostenido su mirada vacía no hablan de pánico, sino de una quietud sepulcral que se instala en los huesos; la certeza glacial de haber sido visto por algo que está más allá de la muerte, un eco frío de una tragedia antigua.

Unos dicen que es el alma de un campesino a quien la tierra viva devoró, condenado a repetir su muerte para prevenir la de otros. Otros, con más temor, susurran que no es una alma en pena, sino el heraldo del pantano, el mensajero de la tierra misma. Que su aparición anuncia que la ciénaga tiene hambre, que precede a las inundaciones que arrasan cosechas y a las tormentas que derrumban casas.

Pero todos, en su fuero interno, saben la verdad más profunda: donde Él se muestra, el velo que separa nuestro mundo del otro se adelgaza. Verlo es comprender que el fango no es solo tierra y agua. Es una entidad. Que algo en la oscuridad respira, late y observa. Y que, a veces, ese algo te ha estado mirando a ti desde el principio, esperando a que te aventures un poco más adentro, a que confíes en la solidez del suelo. Porque el Hombre de Blanco no es el peligro. Él es solo el aviso. El peligro es el pantano mismo, y tú ya estás dentro de su boca.

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Mis amables lectores saben que yo no no soy un émulo de Samuel Feijoo y que no tengo las habilidades de cuentero de Onelio Jorge Cardoso. Recopilé un poco de información sobre esta leyenda porque yo sí conozco a alguien con lo vio con sus propios ojos. Mi amigo y compañero de trabajo de toda la vida, Ibrahim Arencibia Rodríguez, el Rey de la Mecánica en LADETEC, fue testigo presencial de la Leyenda del Hombre de Blanco.

Arencibia se había graduado de técnico medio en ferrocarriles en el Instituto Politécnico Cándido González, desoyendo su vocación de guitarrista clásico, que se había ganado una beca en un conservatorio en el extranjero y embullado por jóvenes vecinos se metió en el Tecnológico y al terminarlo «lo cogió» el Servicio Militar Obligatorio. En el Ejército después de un breve curso de radar (sí, por ahí fue que más tarde llegaría a nosotros) cayó en una unidad de combate de las Tropas Radiotécnicas dislocada en la zona de Jicotea, en la actual provincia de Ciego de Ávila. Allí conoció a Cuca su actual esposa y cada vez que tenía un chance se escurría de la Unidad para casa de Cuca, Jicotea adentro.

Una de esas noches fue que ocurrió el espeluznante encuentro. Había llovido y los caminos estaban enlodados «hasta el moño», era de noche cerrada y Arencibia avanzaba penosamente por aquellos caminos dejados de la mano de Dios. De repente, los picazos de mosquitos y jejenes se detuvieron, los grillos hicieron silencio sepulcral y el viento cesó, y fue cuando Arencibia lo vio venir, avanzando a grandes pasos, con pantalón blanco acampanado, zapatos blancos igual que la camisa y el sombrero, era un hombre extremadamente alto, fuera de lo común. Arencibia se tiró para el lodazal de la cuneta, con las esperanza que no lo viera, y afectivamente, el hombre no reparó en él y siguió caminando a paso firme como si fuera por una carretera bien pavimentada, y de repente, tal como había aparecido, desapareció como si se lo hubiera tragado el fango. A mí no me lo crean, yo solo cuento lo que Arencibia me contó, preguntenle a Ichi, que estuvo diciéndole a Arencibia el apodo de «Hombre Blanco» durante un tiempo largo. Es verdad que Ichi también alternaba con los apodos de «Pan con Huevo» y «Plato Fuerte», pero ya esas son otras historias. Cuca puede corroborar la historia o al menos la costra de fango (¿era solo de fango?) que traía Arencibia.

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