
Yo siempre, desde que tengo «uso de razón», quise ir a estudiar a la Unión Soviética. Mi tío Evaristico fue de esos primeros militantes de la Asociación de Jóvenes Rebeldes cubanos que después de «hacer los Cinco Picos» viajó a estudiar en la Unión Soviética. Sí, cuando se comentaba que allá «les lavaban el cerebro». Mi tío solía mandarme encendidas cartas-arengas (cuando yo apenas aprendía a leer y escribir) ponderando las virtudes del socialismo soviético y me mandaba postales, de la Plaza Roja, de Lenin. No se necesitaba mucho para prender la mecha de mi ilusión. Mi tío emigró para los Estados Unidos en 1991 y desde entonces ha intentado infructuosamente «reprogramarme». Lamentablemente para él yo soy de esos tipos de memoria ROM que se graba una sola vez. No sé si será la Ley de la Atracción o qué, pero yo desde pequeño me veía a mí mismo no solo en cualquier lugar de la vasta Unión Soviética, sino precisamente en Moscú. Por poco no sucede, pero al parecer «estaba escrito» como dice la gente.
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