Hay una novela del prolífico escritor búlgaro Bogomil Rainov, que se llama: «Тайфуны с ласковыми именами» — «Tifones con nombres tiernos» o «Tifones con nombres cariñosos». En la novela, Emil Boev —el carismático espía búlgaro que protagoniza varias de sus obras, mujeriego, pícaro y machista— se refiere a las damas de una manera muy peculiar: las llama «ciclones con nombres tiernos». Una metáfora que encierra una paradoja fascinante: algo tan destructivo como un ciclón, pero revestido de la suavidad de un nombre femenino. La ternura y la furia, el caos y la belleza, todo en la misma frase.
Me apropio, oportunistamente, del nombre de la novela, para hablar de mujeres que resultaron ser unos verdaderos ciclones abriendo Brechas en el Muro del conocimiento humano sobre la incipiente ciencia hasta ese momento desconocida: la Meteorología de Radar.
Dorothy y Polly: dos nombres que podrían haber estado en la lista de huracanes
Y aquí es donde la historia de Bogomil Rainov se cruza con la de mujeres reales, científicas que, como los ciclones, llevaban nombres «tiernos», pero cuyo impacto en la meteorología fue de fuerza arrolladora.
Dorothy Ryde: la ecuación que vino de una esposa
Muy pronto en mi carrera comprendí, que muy a mi pesar, la propagación de las ondas de radar en la atmósfera formaban parte ineludible de la ecuación de radiolocalización y que si quería saber qué mide el radar, tenía que adentrame en esa parte de la Física. En nuestras entregas anteriores hablamos de J.W. Ryde y D. Ryde. Llegó el momento de ponerle nombre y rostro a esa «.. D. Ryde o …& Ryde». Se llamaba Dorothy Ryde, y su contribución a la Meteorología de Radar fue absolutamente fundamental y descomunalmente brillante.

Mientras su marido, John Walter Ryde, trabajaba en los laboratorios de la General Electric Company en Wembley, Dorothy era su colaboradora científica. Juntos desarrollaron la teoría de la dispersión y atenuación de las microondas al atravesar la atmósfera. Sus trabajos, publicados en los informes de 1941 y 1944, establecieron las bases cuantitativas para entender cómo las gotas de lluvia, los copos de nieve e incluso el granizo reflejaban las ondas de radar (en diferentes longitudes de onda).
Fueron ellos quienes añadieron y perfeccionaron los trabajos de gigantes como Rayleigh y Mie, adaptándolos a las necesidades de una nueva ciencia que estaba naciendo. Su trabajo fue tan profundo que apenas ha necesitado correcciones en más de ochenta años. La ecuación del radar que desarrollaron sigue siendo la piedra angular de la Meteorología de Radar moderna.
Y, sin embargo, durante décadas, su nombre aparecía en los textos simplemente como «la Sra. Ryde» o «la esposa de» o simplemente Ryde & Ryde. Afortunadamente, la historia está empezando a reparar esa injusticia, y hoy podemos decir con orgullo que Dorothy Ryde fue una de las primeras científicas en sentar las bases teóricas de la Meteorología de Radar.
Pauline «Polly» Austin: la directora que lo cambió todo
Si Dorothy Ryde fue la mente teórica en la sombra, Pauline Morrow Austin fue la líder que llevó la Meteorología de Radar a la práctica y la consolidó como disciplina científica. Mi amigo, el Profesor Isztar Zawadzki, a la sazón director del J. S. Marshall Radar Observatory de McGill, solía hablarme de ella con una admiración dificil de esconder.

Pauline, conocida cariñosamente como «Polly», nació en 1916 y fue una de las primeras mujeres en obtener un doctorado en Física en el MIT. Llegó al instituto en 1939 con títulos en matemáticas y física, y comenzó a trabajar con el profesor Julius Adams Stratton en teoría electromagnética y radar. Durante la Segunda Guerra Mundial, contribuyó al desarrollo del sistema de navegación LORAN y a la tecnología de radar.
Pero la verdadera revolución que protagonizaría llegó en 1946, cuando se unió al Weather Radar Research Project del MIT desde su misma fundación. Era la única mujer en el equipo. Y no solo eso: en 1956, se convirtió en la directora del proyecto, un cargo que ocupó hasta su retiro en 1979.
Bajo su liderazgo, el proyecto del MIT se convirtió en uno de los centros de investigación más importantes del mundo. Pauline dedicó su carrera a interpretar los ecos del radar meteorológico. Su trabajo pionero para relacionar la intensidad de la señal del radar con la tasa de precipitación en superficie sentó las bases de lo que hoy conocemos como estimación cuantitativa de precipitación por radar. Sus investigaciones sobre la estructura de las tormentas y la física de las precipitaciones son referencias obligadas en cualquier manual de la materia.
Y aquí viene una anécdota que demuestra su carácter: Pauline no solo era una científica brillante, sino también una mujer que sabía abrir camino. En sus propias palabras, cuando asistía a las conferencias de radar meteorológico, «durante un tiempo, fui la única mujer allí». Pero eso nunca la detuvo. Fue una pionera, no solo en la ciencia, sino también en la lucha por la visibilidad de la mujer en un mundo dominado por hombres.
En 2011, el MIT celebró su centenario y reconoció oficialmente su influencia en el campo de la Meteorología de Radar. La ciencia moderna no sería lo que es sin las contribuciones de Pauline Morrow Austin.
El legado de los nombres tiernos
La historia de la Meteorología de Radar no se entiende sin las contribuciones de Dorothy Ryde y Pauline Austin.
- Dorothy Ryde nos dio las ecuaciones que permiten entender cómo las ondas de radar interactúan con la precipitación. Sin su trabajo, no habríamos podido pasar de la observación cualitativa («está lloviendo») a la cuantitativa («está lloviendo a razón de 10 mm/h»).
- Pauline Austin nos dio el liderazgo y la visión para convertir esos conocimientos en un sistema operativo. Bajo su dirección, el MIT sentó las bases de la red de radares meteorológicos que hoy protege a millones de personas en todo el mundo.
Ambas rompieron el Muro del Conocimiento, pero también rompieron otro muro, igual de importante: el Muro de Género. En una época en que la ciencia era casi exclusivamente masculina, ellas demostraron que el talento y la inteligencia no entienden de sexos.
Y en Cuba ¿qué?
No puedo terminar este post sin hablar de una precursora a quien tuve la suerte de conocer. Julia Morejón Peña, la primera operadora de radar meteorológico en Cuba. Julita no solo fue operadora, fue además, jefa de la estación de radar hasta que por la maternidad dejó de trabajar en el radar ARS-3 que se encontraba en el Centro Meteorológico de Camagüey desde 1966, el segundo en Cuba, que se mantuvo en funcionamiento hasta los años 90s.

Julita se incorporó muy joven al Centro Meteorológico de Camagüey. Yo la conocí en 1981 cuando comencé a trabajar allí. Ya ella no trabajaba en el radar, sino que era operadora de la estación actinométrica y luego pasó por diferentes departamentos (Pronósticos, Climatología y Agrometeorología) dejando una huella de eficacia y profesionalidad.
Años después otras siguieron su legado: Yamilé, Yelín (estas dos también fueron jefas del radar de Gran Piedra), Rosanne, Deisy en el radar de Pilón, Lucy y Mirisy, en el radar de Punta del Este … (ofrezco mis disculpas, algunos nombres puede que se me olviden, ya estoy muy viejito), pero todas ellas, con su trabajo silencioso y constante, demostraron que el radar meteorológico en Cuba también tenía nombre de mujer y aun siguen estremeciéndonos.
La paradoja de los nombres
Resulta irónico, ¿no? Durante décadas, los ciclones más destructivos del planeta llevaban nombres de mujer (hasta que comenzaron a alternarse nombres masculinos y femeninos según una lista que se elabora antes del inicio de la temporada). Nombres tiernos, como los que Bogomil Rainov imaginó en sus novelas de espionaje. Y, al mismo tiempo, dos mujeres —Dorothy y Polly— estaban sentando las bases de la ciencia que permitiría detectar y medir esas tormentas con una precisión nunca antes vista. Mientras en Cuba, Julia sentaba las bases del trabajo operativo en los radares.
La historia, a veces, tiene un sentido del humor muy peculiar. Mientras los meteorólogos de la posguerra decidían que los huracanes debían llamarse como sus novias y esposas, Alma, Carol, Flora, Irma o Katrina, Dorothy Ryde, Pauline Austin y Julia Morejón estaban demostrando que la ciencia no entiende de géneros. Que las ecuaciones no tienen sexo. Que el radar no pregunta quién lo maneja si es hombre o mujer.
Conclusión: la ciencia que brilla en la sombra
El radar meteorológico es una de las herramientas más importantes de la civilización moderna. Nos permite prever tormentas, salvar vidas y planificar nuestro día a día. Pero detrás de cada imagen de lluvia en nuestro teléfono, hay décadas de trabajo, de ecuaciones y de personas que dedicaron su vida a entender el cielo.

Dorothy Ryde y Pauline Austin fueron dos de esas personas. Dos mujeres que, desde la sombra (en el caso de Dorothy) o desde el liderazgo (en el caso de Polly), contribuyeron de forma decisiva a derribar una de las Brechas más importantes en el Muro del Conocimiento.
La ciencia no tiene género. Pero la historia, durante mucho tiempo, sí lo tuvo. Hoy, desde este humilde rincón de la red, queremos poner en valor el trabajo de estas lumbreras. Porque si el radar nos enseña a ver la lluvia, la historia de Dorothy, Polly y Julia nos enseña a ver la ciencia con otros ojos.
Y si algún día un ciclón lleva su nombre, que sea en reconocimiento a su legado. Porque, como escribió Bogomil Rainov, hasta los fenómenos más destructivos pueden tener nombres tiernos de mujeres que hicieron mucho bien.


