
A lo largo de mis más de 41 años de trabajo en los predios del Centro Meteorológico de Camagüey vi hacer (y sufrí por) muchas estupideces y luego decimos que somos seres «racionales». Lo más gracioso es que las ideas provenían de un estúpido con iniciativa (una combinación muy peligrosa) siempre amparados en consignas de moda y supuestamente con el fin de mejorar el control estatal sobre los activos fijos tangibles (como se les llama ahora a los medios básicos, es decir, los tarecos). Síganme y les cuento una historia interesante sobre un administraidor. Es curioso que esa figura del administrador tenía poder suficiente para gobernar sobre los recursos materiales del centro; pero no respondía en lo absoluto por los resultados científicos y técnicos del mismo, por tanto, hacía y deshacía como le daban sus entendederas mientras acomodaba las cosas a su beneficio.
He contado en algunos posts por qué creo que el Centro Meteorológico de Camagüey siempre fue la plaza fuerte de la tecnología en la Meteorología en Cuba (lea 1, 2, 3, 4, 5). Los soviéticos habían traído mucho equipamiento, con piezas de repuesto y numerosos componentes y equipos auxiliares por lo que la dirección había tomado la iniciativa (solicitada por los soviéticos) de construirles un local para meter su cacharrería. Eso había ocurrido antes de yo empezar a trabajar (lo había hecho Orestes Albernas en sus horas libres). Antes de que finalizara mi primer año de trabajo ya me habían puesto de «jefe» (de dedo, con el mismo salario de 198 pesos que se le pagaba a un recién graduado). Como tal, yo era el que tenía la llave del almacén de los soviéticos y estaba al tanto de todo lo que había allí.

Eventualmente me veía obligado a buscar alguna que otra pieza de repuesto (o simplemente «un pedazo de cosa») para los radares y sabía muy bien dónde estaba porque yo mismo lo había acomodado todo con los soviéticos y cuando ellos venían pues entrábamos y sacábamos cosas de allí. Un administrador «iniciativoso» llevó al núcleo del partido la idea de que debíamos poner «orden» y «control» en el almacén. A los del núcleo, que les encantaba meter la cuchareta en todas las cuestiones administrativas, científicas y de cualquier índole, les pareció bien y decidieron poner un almacenero que «controlara» y trajeron a Téllez.

Téllez era un viejito, un hombrecito pequeño, con un bigotito estilo Errol Flynn, en edad de jubilación, que llevaba años sin trabajar y le hacía falta un centro de trabajo para jubilarse con una pensión. Había sido bodeguero y carnicero en épocas remotas (a mí se me parecía al español José Diz, dueño de la bodega de Julio Sanguily y 5ta paralela en mi Florat natal) y no sé por qué llevaba tiempo sin trabajar. Las cosas (partes, piezas, componentes nuevos, de medio uso, pedazos de cosas, partes viejas…) que estaban en el almacén eran tarecos que hubiese tomado unos años clasificar y contabilizar y ni los soviéticos ni yo, necesitábamos ese inventario.

Así pues, se abrió un espacio y sentaron a Téllez en una mesita con una libretica para que anotara todo lo que sacábamos. Imaginen mis lectores, había muchísimas cajas con resistencias, condensadores, algunos transistores, numerosos tubos de vacío y tubos ionizados, magnetrones, tubos de onda progresiva, pedazos de guías de onda, descargadores…el copón divino. Uno entraba a buscar cosas para hacer un trabajo y tenía que perder el tiempo en dictarle a Téllez lo que sacaba. Y total, ni el administrador ni nadie, aparte de mí y algunos de mis técnicos sabíamos lo que era. Algunas cosas los técnicos sabían lo que era y para qué se usaba, pero no sabían un nombre correcto en español.

Cierto día, Dimitri, que era un personaje que mandaba su carácter, entró apurado a buscar una pieza del radar viejo (el ARS-3, que era un engendro con mezcolanza de tecnologías nuevas y viejas, basadas en un radar SON-4 de 1957) y a la pregunta de Téllez le dijo que era «una perlana» y eso anotó Téllez inocentemente. El administraidor de turno, que eventualmente pasaba a «chequear» y controlar, un hombre mucho más joven y «con calle», ve aquello y le dice –Téllez, tú eres comemierda, una perlana es una p¡ng@ envuelta en lana.

A esa hora el viejito Téllez quería caerle a Dimitri con un palo, el administraidor me exigía una medida con Dimitri, a lo que por supuesto, me negué, argumentándole –ahí tienes el resultado de la estupidez que se les ocurrió a ustedes. Hasta ahí llegó lo del «almacenero», pasaron a Téllez al comedor a «controlar» los tiques del almuerzo hasta un día que Juan Manuel Gallego, director a la sazón, lo rozó con un jeep y Téllez hizo como hacen los futbolistas: se tiró y rodó por el piso y se declaró en «certificado» hasta que se jubiló.
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