La falacia ad populum, o del «argumento de la mayoría», es uno de los trucos retóricos más viejos y más efectivos que existen. Básicamente, consiste en defender que una idea es cierta solo porque mucha gente la cree. «Si todo el mundo piensa que X, entonces X debe ser verdad».
¿Y qué tiene que ver eso conmigo? Pues mucho. Desde que empecé a escribir en este blog, me he encontrado con esta falacia una y otra vez. No solo en política o en redes sociales, sino también en mi propio campo, el de la tecnología y los radares. Recuerdo perfectamente cuando en una discusión técnica sobre un nuevo sistema de procesamiento de señales, alguien soltó: «Pero si todos los fabricantes internacionales usan celdas de 1 km x 1 grado, ¿quién eres tú para cuestionarlo?». Esa es la trampa. Se apela a la mayoría para cerrar el debate, no para abrirlo.
En todos mis años de trabajo he conocido a algunos jefecillos, personas de indudable talento y gran preparación, que lo usan para manipular a su antojo a sus subordinados imponiendo algo que es de su beneficio personal, pero no del beneficio de la mayoría. Esgrimen esta falacia, generalmente, en contextos donde no hay pares que la puedan refutar, sino más bien una masa inerme que acepta como bueno cualquier argumento.
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