Radares Mirando al Sur

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El sueño de la razón produce monstruos: la casta de los Jefe_soid_es

El genial Francisco de Goya (que no, que no es el de la sazón Goya) tenía razón: cuando la razón se adormece aparecen las visiones fantasmagóricas, las alucinaciones con seres monstruosos salidos de la oscuridad…O tal vez Goya sutilmente nos deslizaba un propósito moralizante. Mi pesadilla “favorita”, es decir la que se me repite con cierta frecuencia, es una en la que felinos grandes se pasean cerca de mí, se mueven por toda la casa o por el local que sea (siempre es en un ambiente cerrado), no me hacen nada, pero es un angustioso temor de que en cualquier momento me pueden agredir. Sí, las pesadillas son algo terrible, uno no descansa durante el sueño. Ahora estando ingresado por el segundo infarto (eso fue el 29 de agosto del 2023, como ven sobreviví para beneplácito de los que me quieren bien y desilusión de los que me quieren bien …muerto), ya en terapia intermedia, pero bajo fuerte medicación, tuve una pesadilla verdaderamente sofocante y angustiosa. Me apresuro a compartirla con mis fieles lectores por aquello de que si uno lo cuenta no se da. Deben haber sido los medicamentos o la impronta de haber estado nuevamente a punto de lucharme un pasaje con Caronte.

Tendría que comenzar a describir mi pesadilla como Dante:

“Del camino a mitad de nuestra vida, encontréme por una selva oscura,    que de derecha senda era perdida.    ¡Y cuánto en el decir es cosa dura esta selva salvaje, áspera y fuerte, que en el pensar renueva la pavura!  Tanto es amarga que es poco más muerte …”

No lo van a creer mis incrédulos lectores; pero soñé que, en nuestra Cuba Revolucionaria, se había dado y expandido con mucha fuerza una casta social, así como lo oye mi incrédulo lector. La gente, no sé por qué, los llamaban jefesoides. Los jefesoides tenían un abecedario limitado a cuatro letras O. B. D. C., olvidando la práctica revolucionaria, jamás cuestionaban las orientaciones de su superior. Ellos conocían lo que necesitaba la actividad que dirigían, pero jamás criticaban a sus superiores cuando no le proporcionan lo necesario para que la actividad dirigida por ellos hiciera lo que tiene que hacer y jamás de los jamases osaban decir que su superior inmediato se equivocó, es más, preferían asumir la culpa en forma de autocrítica (leve), siempre agregando “pero…y a continuación las atenuantes”.

Los jefesoides de mi pesadilla eran muy hábiles escribiendo informes, sobre todo, informes de balance, altamente creativos, donde ponderaban las muchas cosas que se hicieron (sin importar que no tuvieron ningún resultado) y de forma muy somera, los problemas que quedaban pendientes. Esto era palpable, en las rendiciones de cuentas a todos los niveles, incluyendo las de alto nivel ¿Se imaginan mis atribulados lectores cuan terrible era ese sueño? La frase “debemos continuar trabajando y esforzándonos…” nunca faltaba en una rendición de cuentas. “Se hicieron esfuerzos titánicos; pero el feroz bloqueo de los Estados Unidos…”, “hemos trazado estrategias para …”, eran comodines repetidos hasta la saciedad. Los jefesoides sabían que no se trabajaba para tener resultados sino para simular esfuerzos “titánicos”. La culpa de todo lo que no se podía hacer, en mi perverso sueño, los jefesoides se la endilgaban al bloqueo, a la pandemia, al cambio climático, a la crisis mundial del capitalismo, al caracol africano, a la inflación que no se sabe de dónde vino, a la guerra en Ucrania…y al copón divino. Uff, qué mal sueño, estoy leyendo muchas noticias de lo mal que anda el mundo, los médicos debían quitarme el teléfono también aquí en Intermedia.

En mi trastornado sueño, una técnica que los jefesoides dominaban muy bien, era la de “reajustar” el plan acorde con las dificultades, al bloqueo, a la pandemia y a la situación de la economía mundial y mostraban entonces un alto % de cumplimiento ¡Suerte que eso era solo un sueño!

Los jefesoides, en mi pesadilla eran como esponjas, captaban muy rápido el vocabulario de los jefes superiores e intercalaban en sus discursos, creativamente, las frases en uso: “economía circular”, “encadenamientos productivos”, “alianzas estratégicas”, “transversar”, “intencionar”, «aperturar», “ciencia e innovación”, en fin…frases que gustaban a los superiores y por las cuales eran aplaudidos (y posiblemente promovidos). Habían creado ya como un lenguaje «dirigencial», perteneciente a la «casta» de los jefesoides, que incluía soberbios disparates no aceptados por la lengua española ¡Qué espantoso!

En la progresión de mi sueño-pesadilla, los jefesoides se rodeaban de jefes subordinados serviles que seguían sus mismos principios: jamás discutirle nada al de arriba. Poco a poco iban los malvados jefesoides limpiando los órganos de dirección de gente que les pudiera llevar la contraria. Generalmente se rodeaban de gente incapaz. Los talentosos, desilusionados, iban saliendo del sistema (o del país, quien sabe). Nada, cosas de mi mente trastornada por los medicamentos.

Los jefesoides se mostraban en mi sueño como hábiles manipuladores. Sabían muy bien en qué círculo discutir cada cosa. Cuando en una discusión abierta salían cosas que no les favorecían, aplazaban la discusión para llevarla a un terreno más cerrado donde tendría subordinación absoluta y quedaría como un “acuerdo colectivo” de un órgano servil que refutara los elementos que le plantearon en la reunión abierta. Los jefesoides de mi pesadilla ya se habían refinado y, aduciendo motivos de capacidad del local, llevaban a las asambleas de balance solamente a los dóciles. Los protestones jamás eran invitados. Ufff, cuánta maldad, suerte que fue solo un sueño. Claro, siempre había reuniones en las que inevitablemente aparecían los criticadores, los jefesoides no se inmutaban, los dejaban desahogarse, total, nada de lo que allí se hablaba trascendería. Me contaban que había un jefesoide que siempre tomaba notas, llenaba libretas de notas; pero –me decían algunos avispados, en el sueño– que no tomaban notas, que solo escribían su estrategia de cómo contrarrestar lo que estaban diciendo los criticones, para que no se les quedaran cabos sueltos.

Los jefesoides de mi pesadilla gustaban de tener contentos a sus jefes subordinados y les repartían cursitos en el extranjero, sin importar si los podían asimilar o no. Pero volvamos a mi pesadilla, los jefesoides repartían computadoras, teléfonos, impresoras y otros medios, que usaban, ¿se imaginan mis indignados lectores? para “premiar” a los jefes subordinados más obedientes y eventualmente, a algún trabajador destacado de la base para asegurarse un apoyo populista. Nunca para dárselos a los de mayor rendimiento… a no ser que estos, cosa poco común, fueran del tipo lamebotas ¡Qué horror!, ¿Cómo pude tener un sueño tan malvado? Eso es culpa de los medicamentos.

El colmo de mi pesadilla es que a los jefesoides no les importaba el trabajo de la actividad bajo su mando, solo les importaba asegurarse las simpatías de los superiores, con eso garantizaban sus propios viajes al extranjero, sus prebendas (carro climatizado, casa, vacaciones, abastecimiento de comida, atención médica sin pasar por las penurias que pasamos los de a pie y otras inimaginables) y todo lo que pudiera significar una ventaja para él. Ya sé, aparte de las medicinas que estoy tomando, es que también me puse a leer un libro de ciencia-ficción y eso al parecer influyó en este desatinado sueño. Lo prometo, no leeré más ciencia-ficción. Contaban algunos breteros, en el sueño, de un jefesoide que botó a unos muy talentosos y esforzados trabajadores solo para hacer méritos para su futuro trabajo en exteriores y los jefesoides subordinados sumisamente lo apoyaron, sabiendo todo el mal que hacía, según me contaba un chismoso (que en mi sueño había muchos). En mi sueño –pensaba yo– uno no puede creerle todas esas historias a los chismosos, capaz que fuera por la envidia al jefe que fue promovido a un cargo que ellos anhelaban.

Los jefesoides de mi sueño –según me contaba la gente– trabajaban “en una reunión”, siempre estaban reunidos, con los de arriba, con sus pares, con los jefesoides subordinados, eventualmente, con los trabajadores … para manipularlos. Sí, los jefesoides que soñé eran inteligentes, algunos brillantes, y estaban muy bien preparados. Esa preparación la usaban para manipular. A lo único a lo que aspiraban los jefesoides era a subir para cargos mejor posicionados que les permitiera mantener o mejorar sus prebendas y facilidades de todo tipo, cualquier cosa menos caer en la plebe de abajo que trabaja duro y pasa penurias ¿Contra! con estos sueños ya me puedo meter a escritor de terror.

Por cierto ¿Sabe mi instruido lector que significa soid en inglés?

Afortunadamente, los jefesoides eran solo criaturas diabólicas que solo existen en mi sueño perturbado, y los sueños, sueños son. Al despertar me sentí aliviado, estaba empapado en sudor, semejantes engendros no pueden prosperar en mi país. Hablé con el cardiólogo y le conté y me cambió algunos medicamentos, dice que esos pesadillas no me hacían bien; pero en la realidad ya el Ché lo había dejado bien claro:



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