
Cada persona tiene sus gustos, yo, no discuto los de otros, pero tengo los míos propios. La quinta medalla de Mijaín, para mí, es como un logro personal, algo codiciado y esperado por mí (claro, también por todo un pueblo), me produce una satisfacción enorme. Ayer, la despedida de Mijaín quitándose las zapatillas y dejándolas en el colchón, para mí fue como un símbolo del fin de una era, un momento de tristeza. El movimiento deportivo cubano, tal como lo conoció y disfrutó mi generación, ha terminado. Respeto la determinación de los deportistas que emigran y cambian su nacionalidad buscando mejorar su vida. A los que hablan en contra del país que los vio nacer, a esos no los respeto, simplemente, los ignoro. Cierto, el deporte moderno en todas las especialidades necesita dinero y en Cuba la situación económica está tan deteriorada que apenas puede mantener un mínimo para el deporte masivo y muy poco para el deporte de alto rendimiento. Lamentablemente, esa es la realidad, más del 30% del PIB se va en infraestructuras hoteleras y turísticas. Respeto a los que disfrutan y siguen a los deportistas nacidos en Cuba que compiten y ganan con otras banderas. Yo no lo disfruto. Yo me mantengo como viví y sigo deleitándome con todos aquellos deportistas como Stevenson, Omar Linares y tantos otros hasta llegar a Mijaín, que no cambiaron el competir por su bandera por ningún dinero, siempre habrá de esos, aunque cada vez sean menos. Ego sum deficiendi. Mea culpa.
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