Radares Mirando al Sur

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El embrujo de las alstroemerias

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Vuelve mi amigo Sasisko el «Romanticón» a pedirme espacio en el blog. Hace poco se quejaba que su novia de unos cuantos años lo dejó abruptamente y lo peor es que ya tenía otro –me confiesa. Lo consuelo de que siempre es así, que no hay nada nuevo bajo el sol. Me mintió descaradamente –me había dicho despechado –quisiera que la hubieras oído el día antes. Alégrate de haber salido de ella –trato de consolarlo– finalmente te mostró que todo era falso aunque tú te sintieras feliz.

Sin embargo, ahora Sasisko me escribe con otra de sus «creaciones», dedicada esta vez a su nuevo amor, ya totalmente recuperado de «aquello» que tanto lo molestó. Ya ves –le digo–no hay mal que por bien no venga. Si aquella que no servía no te hubiera botado no habrías podido conocer a esta. En fin, amables lectores, los dejo con otro relato de mi amigo Sasisko y saque Usted sus conclusiones de si le gusta lo que escribe Sasisko o si son puras sandeces cursi. No sé si será cierto lo que narra, pero sí sé que Sasisko es favorito de las mujeres y se le dan fácil y me alegro mucho de que haya iniciado un romance en el que se siente muy feliz. Aquí les dejo su escrito.

Entré casi de casualidad a la florería Jardín Wagner, tú sabes, esa que está en Mercaderes casi esquina a Obispo, que se auto titula la Florería de los Enamorados. Allí ciertamente compré alguna vez flores que gustaron mucho –continua su relato– pero esta vez buscaba hacer un ramito para unos amigos que se casaban y no sabía qué regalar; pensé que sería un detalle, total, ellos no iban a hacer mucha fiesta. El aire dentro era fresco y denso, un contraste brutal con la canícula habanera que hervía en la calle de adoquines.

Me recibió el murmullo del agua en la vitrina de cristal y una sinfonía de colores. Rosas ecuatorianas, claveles holandeses, orquídeas tailandesas… un pequeño oasis botánico en aquel local estrecho y alto, con paredes de piedra pintadas de gris viejo. Me acerqué a un montón de rosas blancas, pensando en algo elegante y simple, cuando un movimiento al fondo captó mi atención.

Era ella. Estaba de perfil, absorta frente a una mesa repleta de girasoles y alstroemerias. Su pelo era una cascada de ébano, tan lacio y largo que parecía un río de seda negra detenido en el tiempo, rozando la curva de su cadera prçodiga. Llevaba un vestido sencillo, de un blanco que en la penumbra verdosa de la florería parecía luminiscente. Con una mano blanca y grácil, acariciaba el pétalo de un girasol, pero su mirada, perdida, iba hacia las alstroemerias rosadas.

Me quedé quieto, olvidando por completo mi misión. Observé cómo su expresión cambiaba, una leve mueca de duda que fruncía ligeramente su ceja. Parecía tener una conversación íntima, intensa, con cada flor. Algo en su concentración era tan vulnerable y honesto que me sentí un intruso, y a la vez, irremediablemente atraído. También acariciaba un ramito de flores blancas y no se decidía.

Sin planearlo, mis pies me llevaron hacia ella. El aroma a tierra húmeda, tallos frescos y néctar se hizo más intenso a cada paso.

“Los girasoles son pura alegría desvergonzada”, dije, suavemente, parándome a una distancia respetuosa, pero que ya sentía íntima. “Pero las alstroemerias… esas son más complicadas. Dicen que simbolizan la amistad, pero también la devoción que perdura. Una promesa silenciosa”.

Ella se volvió. No con sobresalto, sino con la lentitud de quien despierta de un sueño profundo. Y entonces, me encontré con sus ojos. Grandes, almendrados, del color de la miel más pura y transparente, atrapando la luz que se filtraba por la vidriera. En ellos no había recelo, solo una curiosidad profunda y una claridad que me dejó sin aliento.

“Ese es justo el problema”, dijo, y su voz tenía una cadencia melódica, como el rumor de las olas a la orilla del mar. “No sé si regalar alegría sin reservas… o una promesa”.

“Para una boda”, aventuré, señalando con un gesto vago mi propio motivo de estar allí, “quizás se pueda regalar ambas. La alegría del día que comienza, y la promesa de lo que se construye”.

Una sonrisa lenta, tímida al principio y luego radiante, iluminó su rostro. Era como si el sol entrara de repente en la florería.

“Tú también vienes por una boda”, dijo, no como una pregunta, sino como una confirmación.

“Sí. Unos amigos. Algo íntimo.”

“Yo… para mi hermana”, murmuró, y su mirada volvió a las flores, pero por un segundo solamente, antes de regresar a clavarse en los míos.

El espacio entre nosotros, cargado de humedad y fragancia, parecía vibrar. El cartel de la Florería de los Enamorados, a mis espaldas, de pronto se sintió como una señal, una profecía en letras mayúsculas. El murmullo de la calle Mercaderes se desvaneció. Solo existía el sonido de nuestra respiración, un poco entrecortada, y el latido furioso de mi sangre en los oídos.

Fue un acuerdo tácito, un movimiento simultáneo. No supe quién se inclinó primero. Solo sé que de pronto, la distancia desapareció. Mi mano encontró su mejilla, su piel era suave como el pétalo de las rosas más caras del local. Su pelo negro me rodeó, una cortina de seda que nos aisló del mundo. Y entonces, nuestros labios se encontraron.

El beso no fue un saludo, ni una exploración. Fue un reconocimiento. Como si nuestros labios, por separado, hubieran estado practicando para este exacto momento, en este exacto lugar … desde siempre. Sabía a futuro y a esperanza, a promesa recién nacida. Su mano se enredó en mi camisa, a la altura del corazón, como queriendo sentir su ritmo acelerado. El tiempo perdió todo significado, fundido en el sabor a miel y a posibilidades infinitas.

Cuando nos separamos, fue solo para respirar, nuestras frentes aún juntas. Sus ojos de miel brillaban, enormes y húmedos, mirándome con una mezcla de asombro y de certeza absoluta.

“Creo”, susurré, sin poder contenerme, “que acabo de entender por qué le ponen a este lugar ‘la Florería de los Enamorados’”.

Ella rió, un sonido bajo y claro que hizo que mi corazón diera un vuelco.

“Yo… creo que me voy a decidir por los girasoles”, dijo, su voz un hilito de aire cálido. “Para la alegría del día”. Hizo una pausa, y sus dedos rozaron los míos, un contacto eléctrico. “Y quizás… una sola alstroemeria. Para guardar la promesa… para mí”.

Sonreí, sintiendo una felicidad absurda, expansiva.

“Entonces yo”, dije, tomando finalmente una de las rosas blancas y extendiéndola hacia ella, “quiero cambiar mi pedido. Esta no es para la boda. Es para la mujer que acaba de convertir una tarde cualquiera de un día cualquiera en la calle Mercaderes… en el primer día del resto de mi vida a su lado”.

Ella tomó la rosa, y al hacerlo, sus dedos envolvieron los míos. Afuera, La Habana Vieja seguía su ruidosa, vibrante y cansada existencia. Pero dentro de la florería Wagner, y mucho más dentro de mí, acababa de nacer un universo entero, fragante y nuevo, con el sabor de un solo beso y el color de sus ojos de miel.

*****

A mí me gusta mucho esa zona, una vez me tropecé con Eusebio Leal, justo frente a Wagner, le extendí mi mano y le expresé mi gratitud por su obra. Por allí también está la Casa del Chocolate, el Hotel Ambos Mundos sobre el que tengo una anécdota de un Concurso Nacional de Matemáticas al que asistí en grado 12. La Cámara Oscura, la Maqueta de la Ciudad, los puestos de churros en la calle, el Café Habana, sobre el que también Albio y yo tenemos varias anécdotas porque solíamos desayunar, almorzar o simplemente tomar café.

En fin, me alegro por Sasisko que ahora lo percibo totalmente feliz, supongo que escribe esto para que ella lo lea. Vale, es su estilo y tiene mucho éxito con las mujeres. Me mandó una foto de la muchacha y comprendo su entusiasmo.

Yo lo dudo, pero si a alguno de mis lectores le gustan estos … escritos … para no darles nombre peyorativo, de Sasisko que se cree escritor romántico, aquí les dejo un par.

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