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Rosas a crédito o la trampa fatal del consumismo

Ilustración compuesta aobre el tema de los créditos, la novela Rosas a Crédito y con el rostro de Taimí Alvariño, protagonista de la telenovela con ese nombre. Imagen creada por chatGPT.

El crédito no es solo dinero: es una tecnología cultural. Desde las novelas cubanas (Rosas a Crédito) de los 80-90 hasta las hipotecas del futuro, pasando por la ingenua época de los fiadores solidarios. Una reflexión sobre deudas, consumismo y por qué en Cuba esto es diferente.

Durante años —una versión en 1983 y otra en 1996— muchos cubanos siguieron por televisión la historia de Rosas a crédito o Martín perdida en el bosque. Parecía un simple drama sentimental, pero en realidad era una disección implacable de una enfermedad moderna que daba título a la novela: vivir a crédito, comprar rosas que nunca terminamos de pagar. En la historia, los objetos —muebles elegantes, vestidos, pequeños lujos— llegaban primero; el dinero para pagarlos, después… y a veces nunca. Aquella trama no hablaba solo de amor o de ilusiones sociales: hablaba de deuda, de apariencias sostenidas a plazos y de un futuro que se empequeñece cada vez que compramos hoy con el salario de mañana.

Décadas más tarde, el mecanismo se ha perfeccionado hasta convertirse en una de las piezas más sofisticadas del capitalismo contemporáneo. El crédito ya no es solo una herramienta financiera: es una tecnología cultural diseñada para domesticar el tiempo, seducir el deseo y convertir la vida cotidiana en una cadena de cuotas. Entender cómo funciona —y cuándo se convierte en una trampa— es hoy casi una cuestión de supervivencia económica.

¿Qué es realmente un crédito?

En esencia, un crédito es un contrato de confianza. La palabra viene del latín credere, que significa «creer» o «tener confianza». Es un préstamo de dinero que una entidad (el acreedor) te otorga a ti (el deudor) con la promesa de que lo devolverás en el futuro, generalmente en cuotas y con un dinero extra de por medio: el interés.

Funciona como un intercambio en el tiempo: tú obtienes un bien o servicio hoy, a cambio de comprometer una parte de tus ingresos futuros. Para que te lo concedan, el banco o financiera evalúa tu historial crediticio (tu comportamiento con deudas pasadas) y tu capacidad de pago (si tus ingresos te permitirán asumir esa nueva cuota).

El crédito es, en el fondo, un pacto con nuestra propia versión del futuro. Le pedimos prestado al yo de mañana para darle un capricho al yo de hoy. El problema es que el yo de mañana siempre termina pagando la fiesta, y casi siempre con intereses.

Existen varios tipos, pero los más comunes son:

  • Créditos de consumo: Para comprar bienes como electrodomésticos, ropa o viajes.
  • Créditos hipotecarios: Para comprar una vivienda, donde la misma casa es la garantía.
  • Tarjetas de crédito: Un tipo de crédito revolvente, que tiene un límite y se puede usar constantemente.
  • Créditos personales: Préstamos de libre disposición, generalmente para un fin específico.

La «trampa» del consumismo: así es como nos enganchan

Si los créditos fueran siempre positivos, no tendríamos que hablar de ellos con cautela. El problema es que el sistema financiero y el marketing han perfeccionado el arte de convertir una herramienta en una adicción. ¿Cómo lo hacen?

1. La gratificación instantánea vs. el dolor del pago

Pagar en efectivo «duele» psicológicamente porque sientes que el dinero se va. Con el crédito, ese dolor se diluye. «Solo» son 10 cuotas de 20 euros. Perdemos la noción del total y nos centramos en la cuota «asequible». El truco está en que 20 euros caben siempre en el bolsillo; 2000, no tanto.

2. El efecto «bola de nieve» (o anatocismo)

Especialmente en las tarjetas de crédito, si solo pagas el mínimo, los intereses se acumulan sobre el capital que aún debes. Estás pagando intereses de intereses, y la deuda puede crecer de forma imparable, haciendo que pagues mucho más de lo que originalmente compraste. Es como intentar apagar un fuego con gasolina: cada pago mínimo es una nueva llama.

3. La normalización de la deuda

Vivimos en una sociedad donde deber dinero se ha normalizado. «Todo el mundo tiene una tarjeta», «total, la vida es una cuota». Esta presión social nos empuja a financiar hasta el café. Pagamos el café con tarjeta, el transporte con una app que nos cobra después, la cena del restaurante en tres cuotas sin interés. No sentimos que estamos debiendo, sentimos que estamos administrando. Hasta que un día administrar se convierte en sobrevivir.

4. Los créditos «exprés» o «gota a gota» digital

En otros países de Latinoamérica han proliferado las aplicaciones que ofrecen préstamos inmediatos y sin requisitos. Son los llamados «montadeudas». Prometen dinero fácil, pero esconden intereses usurarios y, al descargarlas, obtienen acceso a tus contactos y fotos. Cuando no pagas, te extorsionan y acosan, convirtiendo una necesidad en una pesadilla de terrorismo emocional. Son préstamos que parecen un salvavidas y terminan siendo un ancla. La persona que pidió 500 pesos para la cena de Navidad puede terminar pagando 5000, o perdiendo su tranquilidad, o viendo su foto íntima circulando por WhatsApp. El crédito exprés no solo cobra intereses: cobra dignidad.

El resultado es un ciclo vicioso: necesitas dinero, pides un crédito para pagar otro crédito, y terminas trabajando para pagar intereses, atrapado en una precariedad financiera de la que es muy difícil salir.


¿Y en Cuba? ¿Por qué no es un mecanismo «establecido» como en otros países?

Aquí llegamos al punto más interesante y diferencial. En Cuba, el crédito al consumo sí existe, pero no funciona con la misma lógica, profundidad ni riesgo que en el capitalismo salvaje. ¿Por qué no es un mecanismo establecido ni una trampa generalizada?

Un sistema crediticio enfocado a la producción

Durante años, el crédito en Cuba ha estado mayormente orientado al sector agropecuario y a emprendedores (cuentapropistas y MIPYMES) para fomentar la producción. El famoso «microcrédito Crece» es un ejemplo de cómo se busca impulsar la economía, no tanto el consumo personal.

El crédito al consumo sí existe, pero es conservador

Sí puedes pedir créditos bancarios para comprar materiales de construcción, equipos de refrigeración (por reposición), paneles solares o bienes para el hogar. Sin embargo, los requisitos suelen ser estrictos: ingresos demostrables, un buen historial de pagos y, crucialmente, la presentación de garantías y fiadores solidarios. Esta última figura es clave: alguien responde por ti. En Cuba, deber no es un asunto individual: es familiar.

Yo tuve que pedir crédito al banco cuando me asignaron un apartamento (una vivienda) en 1987. Un año más tarde me asignaron un automóvil y tuve que pedir otro crédito para pagarlo. Estuve unos cuantos años viviendo bien apretado con los dos descuentos; pero nunca tuve conciencia de que corriera algún peligro con eso. Nunca pensé que pudiera perder el apartamento o el automóvil si no podía pagar. Tampoco se me ocurrió un escenario en que yo no pudiera pagar. El trabajo era una cosa segura.

Recuerdo el caso de una compañera de trabajo que firmó como fiador solidario de otra compañera (usa de nacionalidad) por la compra de un televisor, pero que había estado casada con un cubano. De repente a la rusa le dio por irse y para que el ex esposo la dejara sacar al hijo de ambos le tuvo que dejar todas sus pertenencias, incluido el televisor. La compañera co-deudora se quedó pagando la deuda que el banco le descontaba del salario y el ex esposo disfrutando del TV sin pagar. En aquellos años no teníamos conciencia de lo que eran los créditos y cualquiera le firmaba a cualquier compañero como codeudor. A nadie le pasaba por la cabeza que realmente tuvieras algún día que asumir la deuda … tan ingenuos éramos.

Hace unos años, cuando comenzó el Periodo Especial aparecieron garroteros «cuentapropistas», prestaban dinero con un alto interés. Como no mediaba ningún contrato, si no pagabas el prestamista «le vendía la deuda» a un «cobrador de promesas». Este señor, un fuertón abusador y delincuente le daba al prestamista lo que el deudor le había pedido e iba y le cobraba al deudor lo que debía pagar (con los intereses), quitándole pertenencias y el deudor cedía por temor a golpizas o a perder la propia vida, que los «cobradores» no tenían escrúpulos de ningún tipo.

La ausencia del «monstruo» de las tarjetas de crédito

Mientras en el mundo las tarjetas de crédito revolventes son la principal puerta de entrada al sobreendeudamiento, en Cuba este producto no ha tenido el mismo desarrollo masivo. El uso de tarjetas está más ligado a cuentas de nómina o débito. Sin esa «facilidad» de pagar el mínimo y eternizar la deuda, se corta de raíz una de las principales trampas del consumismo. Incluso las tarjetas en MLC, aunque operan con dinero propio, han ido familiarizando a los cubanos con la idea de pagar con plástico, un primer paso psicológico —aún controlado— hacia la normalización del crédito.

El contexto de la oferta y la demanda

Para que el crédito al consumo sea una trampa, tiene que haber un exceso de oferta de bienes que incite a comprar impulsivamente. En un contexto de limitaciones de oferta y de poder adquisitivo, la tentación de comprar «porque sí» con crédito es menor. El crédito se solicita por necesidad real (una reparación, un panel solar para la crisis energética) y no por capricho inducido por la publicidad.

Un cambio en el horizonte: la hipoteca

Recientemente se ha hablado del anteproyecto de Ley de la Vivienda, que introduce por primera vez el financiamiento hipotecario. Esto sí sería un salto cualitativo. Permitiría comprar o construir una casa a largo plazo. Pero, como bien señalan los cubanos en las redes, esto abre interrogantes: ¿las tasas de interés serán justas? ¿Se tendrá en cuenta el valor real de los materiales? ¿Qué pasa si no puedes pagar? ¿Te ejecutan la hipoteca? ¿Dónde vivirías entonces? En un país con déficit habitacional crónico, esa pregunta debería responderse antes de firmar, no después.

El debate está servido y la ley apenas está en fase de consulta.


Conclusión: la responsabilidad es individual, pero el sistema influye

Los créditos no son buenos ni malos en sí mismos. Son un reflejo del sistema en el que viven. En el capitalismo de consumo, están diseñados para maximizar ganancias, a menudo a costa del sobreendeudamiento de las personas. La «trampa» no es el crédito, sino la ingeniería financiera y psicológica que lo rodea para que consumas más de lo que puedes pagar.

En Cuba, aunque el crédito es menos accesible y está más controlado, eso no significa que estemos exentos de riesgos. La próxima llegada de las hipotecas o la expansión del crédito a nuevos sectores debe venir acompañada de una fuerte educación financiera. Entender qué son los intereses, qué es la capacidad de pago real y, sobre todo, preguntarnos siempre: «¿Realmente lo necesito o solo es el deseo de tenerlo ya?», será la única forma de que el crédito sea una herramienta y no una cadena.

Al final, la pregunta que nos deja Rosas a crédito es la misma que deberíamos hacernos antes de firmar cualquier contrato: ¿Estoy comprando esto porque lo necesito, o porque necesito sentir que puedo tenerlo ya? Si la respuesta es la segunda, tal vez sea mejor esperar. Las rosas son más bellas cuando no vienen con intereses.

Si mi inquiero lector lo desea puede leerse también el post sobre las suscripciones.

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