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Capone, los impuestos y la economía cubana

Al Capone, evasión de impuestos, la Cena de los Idiotas, la ONAT y el bumerang que no se sabe a quien va a golpear en Cuba

El capo más sanguinario de Chicago no fue preso por asesinato, sino por no pagar impuestos. Una advertencia para Cuba desde la mirada de un ingeniero de radares que no es economista. Con anécdotas personales y una reflexión incómoda.

Al Capone aterrorizó Chicago durante años. Ordenó decenas de asesinatos, controló un imperio de alcohol ilegal y burdeles, y se paseaba con la arrogancia de quien se sabe intocable. La policía lo sabía, la prensa lo señalaba, pero nunca pudieron probarle ni un crimen. «Me han echado la culpa de todos los muertos», presumía. ¿Y por qué cayó? Por no pagar sus impuestos. El capo más sanguinario de la historia de Estados Unidos no terminó en la cárcel por asesinato, sino por no declarar sus ganancias al fisco. La ironía es brutal: en el país de las oportunidades, lo que tumbó al enemigo público número uno fue un formulario mal llenado.

Esta historia, que parece una comedia negra, nos sirve de entrada para hablar de impuestos, de arrogancia y de cómo, desde Capone hasta el dueño de una MIPYME en Cuba, el que desprecia al fisco suele terminar con el bumerán de vuelta. Porque el Estado necesita dinero y, tarde o temprano, lo conseguirá a toda costa.

Breve historia de los impuestos: de financiar guerras a construir sociedad

Un amigo, ingeniero en el radar de McGill, originario de la India, me hizo una amarga observación cuando empezamos a trabajar juntos en Canadá: «En este país solo tienes dos cosas seguras: la muerte y los impuestos. No escapas de ninguna de las dos». Y tenía razón. Pero para entender por qué los impuestos son tan inevitables como la muerte, hay que mirar atrás.

Los impuestos existen desde las primeras civilizaciones. Egipto, Roma, la China imperial… todos cobraban tributos. Su función original era sostener al Estado: ejércitos, obras públicas y el fastuoso tren de vida del gobernante (hummm, al parecer las cosas no han cambiado mucho). En Estados Unidos, el primer impuesto federal sobre la renta se impuso en la década de 1860 por una razón muy concreta: financiar la Guerra Civil. Terminada la guerra, el impuesto se derogó. La idea de que los ciudadanos contribuyeran de forma permanente aún no había calado.

Hubo que esperar a 1913, con la Decimosexta Enmienda, para que el impuesto sobre la renta llegara para quedarse. Hoy, el IRS (Internal Revenue Service) recauda cerca de 5 billones de dólares anuales, el 96% de los ingresos del gobierno federal. En teoría, los impuestos tienen dos misiones: financiar los servicios públicos (escuelas, hospitales, carreteras) y redistribuir la riqueza (que quien más tiene, más aporte). Es la herramienta para que el bumerán no golpee solo a los débiles.

El imperio del IRS: poder, miedo y contradicciones

El sistema estadounidense es fascinante y contradictorio. Es, a la vez, un modelo de eficiencia recaudatoria y un paraíso de resquicios legales para quien puede pagarlos.

¿Quién paga? En EE.UU. el sistema fiscal se basa en la ciudadanía, no en la residencia. Si eres ciudadano americano, debes declarar al IRS vivas donde vivas, sobre tus ingresos en cualquier parte del mundo. El gobierno te grava aunque residas en Tokio, París o La Habana.

La declaración voluntaria (pero obligatoria): Cada contribuyente es responsable de calcular sus ingresos, aplicar deducciones y presentar su declaración antes del 15 de abril (el famoso Tax Day). El IRS luego fiscaliza, pero la base es la confianza vigilada.

Un sistema progresivo (sobre el papel): El impuesto federal es progresivo: a mayores ingresos, mayor porcentaje se paga, pero solo sobre el exceso que entra en cada tramo. Para 2025, los tipos van del 10% al 37%. Además, existen deducciones estándar y créditos fiscales que reducen la factura.

La paradoja: A pesar del temido IRS, la evasión de las grandes fortunas es endémica. Utilizan paraísos fiscales y estructuras complejas para pagar mucho menos de lo que les correspondería. La «brecha fiscal» (tax gap) fue de unos 570.000 millones en 2019. Paradójicamente, las auditorías se han reducido más para los ricos que para las clases medias.

¿Por qué los funcionarios del IRS no se venden? Miedo, burocracia y un buen paquete de beneficios

Para un cubano acostumbrado al «sociolismo» y a que el cargo público a menudo sirve para «resolver», la lealtad de los funcionarios del fisco estadounidense resulta casi incomprensible. No ganan fortunas, pero tienen mucho que perder. La explicación no es moral, es estructural:

  • Un empleo para toda la vida: El IRS ofrece una estabilidad laboral casi imposible en el sector privado. A eso se suman beneficios de salud y un plan de pensiones que convierten el empleo público en un búnker de clase media. Perderlo por un soborno no es solo ir a la cárcel; es quedarse sin futuro.
  • Prohibido el pluriempleo fiscal: Un agente del IRS tiene prohibido trabajar como contador o asesor fiscal por las noches. No puede convertir su conocimiento en un negocio paralelo. Su única fuente de ingresos legítima es el Estado.
  • Vigilantes vigilados: Existe una agencia independiente, el TIGTA, cuyo único trabajo es investigar y cazar a los propios empleados del fisco. Cuando descubren a mil funcionarios con deudas, el escándalo salta a la prensa nacional.
  • El costo de caer: Si un funcionario es pillado, pierde su pensión, su seguro médico y la carrera de décadas que había construido. Esa caída es mucho más profunda que cualquier soborno.

La moraleja de «La Cena de los Idiotas»

Hay una escena de La cena de los idiotas que siempre me ha parecido una metáfora perfecta del sistema fiscal. El protagonista, un editor parisino arrogante y exitoso, busca al «idiota» perfecto para llevarlo a la cena de los miércoles donde él y sus amigos se burlan de ingenuos. Encuentra a François Pignon, un hombre simple cuya gran afición es construir maquetas con fósforos. Y Pignon, casualmente, es funcionario de Hacienda.

La ironía es deliciosa. El poderoso editor, que seguramente busca resquicios para pagar menos impuestos, termina completamente a merced del hombre al que desprecia. Pignon, sin quererlo, revoluciona su vida y se convierte en el juez de su caos personal. Es el débil que, por azar, termina teniendo el poder sobre el fuerte. La película empieza con la imagen de un bumerán que regresa y golpea a quien lo lanzó. Esa imagen es una advertencia: el desprecio por lo público, la evasión, la arrogancia de creerse por encima del sistema… todo eso termina golpeándonos a todos.

Cuba: el peso de la herencia y el reto de los Nuevos Actores Económicos

Antes de 1990: el Estado lo era todo

Durante décadas, en Cuba el Estado fue el único empleador y propietario de todos los medios de producción. El Estado pagaba los salarios y obtenía directamente su plusvalía, deduciéndola de la diferencia entre lo que los trabajadores crean y lo que el empleador paga. Todo estaba fuertemente subvencionado. El Estado absorbía y redistribuía la plusvalía en servicios que, algunos, llegaron a ser de gran calidad: educación, salud, electricidad, agua, transporte… El aparato para cobrar impuestos no existía, ni existía una «cultura de declarar». Sencillamente, no hacía falta.

1994: nace la ONAT (Período Especial)

El colapso de la Unión Soviética en 1991 llevó a la desaparición de los subsidios que mantenían la economía cubana. Muchas personas quedaron excedentes y se vieron trabajando «por su cuenta» o simplemente en el «invento». En ese contexto de emergencia se crea la ONAT (Oficina Nacional de Administración Tributaria) en 1994, mediante la Ley No. 73 del Sistema Tributario. Era una solución de emergencia en pleno Período Especial para empezar a recaudar algo de quienes ya no dependían del Estado.

2010-2012: la avalancha cuentapropista y la Ley 113

A partir de 2010, con Raúl Castro ya como presidente, el Estado comienza un proceso de despidos en el sector estatal para «desinflar plantillas» y, paralelamente, abre 180 actividades de trabajo por cuenta propia. Para 2012, la cifra de cuentapropistas se acercaba a los 400.000. Era un tsunami.

En 2012 se aprueba la Ley No. 113 del Sistema Tributario, que sustituye a la de 1994. El objetivo: «perfeccionar el cuánto, el cómo y el dónde se debe pagar». La nueva ley amplía los tipos de impuestos, introduce mayor progresividad (al menos en teoría) y organiza mejor las obligaciones de los contribuyentes. La ONAT se fortalece, pero el problema de fondo sigue ahí: no hay mercado mayorista. Al carpintero se le autoriza a trabajar, pero el Estado no le vende madera. Al chapista, no le vende oxígeno/acetileno. El cuentapropista tiene que obtener sus insumos ilegalmente y luego declarar ingresos sobre los que no puede deducir gastos. El sistema, desde su nacimiento, empuja a la evasión.

2021: llegan las MIPYMES (la tormenta perfecta)

Para 2021, la situación era crítica. La pandemia hundió el turismo, el Ordenamiento fracasó, el bloqueo se recrudeció y el éxodo se aceleró. En esta tormenta perfecta, el Estado autoriza la creación de MIPYMES y Cooperativas No Agropecuarias (CNAs). Empresas privadas, con contabilidad, cuentas bancarias y cara visible.

Y entonces ocurrió algo revelador: el Estado descubrió que era mucho más fácil cobrarle impuestos a quien ya no podía esconderse. Una empresa es auditable; un TCP, mucho menos. Hoy (estamos en 2026) debe haber entre 500.000 y 600.000 TCPs, y unas 9.500-9.700 MIPYMES y CNAs. Todos estos Nuevos Actores Económicos representan apenas un 10-15% del PIB. El peso mayor de la economía lo sigue teniendo la empresa estatal.

El nudo gordiano de los impuestos en Cuba

El problema sigue siendo el mismo de 1994, pero agravado. Y tiene dos cabezas, pienso yo:

Primero: no hay mercado mayorista. El carpintero sigue sin madera legal. El importador de alimentos (la mayoría de las MIPYMES, en mi percepción) compra sus productos en el extranjero con divisas, pero tiene que adquirir esas divisas «en la calle», porque el Estado no se las vende. Luego vende en moneda nacional, y tiene que declarar ingresos sin poder justificar el origen de sus costes. ¿El resultado? Subdeclaración generalizada. Y una pregunta incómoda: ¿por qué proliferan las empresas tecnológicas solo de software? Porque el software no requiere insumos físicos. Es la única industria «limpia» en este desierto.

Segundo: no se fiscaliza el patrimonio. Se controla lo que se declara, pero no se contrasta con lo que se tiene. El dueño de una MIPYME puede declarar pérdidas y, al mismo tiempo, estrenar carro cero kilómetro y remodelar su casa. Nadie mira eso. Mientras no se audite el patrimonio, el que evade gana siempre.

Yo he oído cientos de historias sobre la ONAT (si el lector quiere lea mi post: La ¿muerte? de ¿un? burócrata). Críticas de arriba y de abajo. Incluso he leído que el presidente ha manejado cifras gordas de lo que «indebidamente no se recaudó». Pero el problema no es la mala fe de los funcionarios ni la de los contribuyentes. El problema es estructural: un sistema que exige declarar la verdad, pero niega los medios para obtenerla legalmente.

El bumerán que aún no vemos

Vuelvo a la imagen de La cena de los idiotas. El bumerán siempre regresa. En Estados Unidos, golpeó a Capone. En Francia, golpeó al arrogante editor. En Cuba, el bumerán está en el aire. La pregunta no es si volverá, sino a quién golpeará.

Porque si no logramos cobrar impuestos de verdad —progresivos, con mercado mayorista que permita declarar costes reales, con fiscalización del patrimonio—, estamos criando una nueva burguesía. Una clase que se enriquece al amparo de la opacidad y que, cuando tenga suficiente poder, no tardará en hacerse con el control del Estado para desmantelar los logros, ya menguados, de la Revolución y el Socialismo.

Que alguien me explique si estoy equivocado. Pero visto desde el punto de vista quien no es economista sino experto en radares, esto es lo que veo.

Paris, Chicago, impuestos Al Capone, La Cena de los Idiotas, Cuba

Usted, fiel lector, tiene la última palabra (escríbala en los comentarios, para que otros la lean).

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