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Oriente Medio: 7. El auge y la caída del Imperio Otomano a lo largo de seis siglos

Mapa del Imperio Otomano en sus diferentes etapas a lo largo de seis siglos.

Una historia del Oriente Medio y sus religiones condensada en 40 capítulos. Capítulo 7. El Imperio Otomano en seis siglos. Es solo un intento de explicarme a mí mismo los conflictos sobre los que he estado oyendo y leyendo desde pequeño.

El último gran imperio de Oriente Medio no nació en Persia, ni en Arabia, ni en Egipto, sino en una pequeña franja del noroeste de Anatolia. Allí, a comienzos del siglo XIV, un caudillo turco llamado Osman I heredó un territorio diminuto, apenas una frontera polvorienta entre el mundo islámico y el Imperio Bizantino. Nadie habría imaginado entonces que aquel pequeño principado terminaría convirtiéndose en el Imperio Otomano: un estado que duraría más de seis siglos y gobernaría desde Argelia hasta Irak, desde Hungría hasta Yemen.

Lo que permitió a los otomanos surgir fue una combinación muy particular. Por un lado, el mundo islámico estaba fragmentado. El viejo califato abasí había desaparecido, los mongoles habían devastado gran parte de Oriente Medio y el Imperio Bizantino, que durante siglos había dominado el este del Mediterráneo, estaba debilitado y dividido. En medio de ese vacío aparecieron los turcos otomanos, guerreros de frontera que mezclaban tradiciones nómadas de Asia Central con la organización del islam.

A diferencia de otros imperios de la región, los otomanos no se expandieron únicamente por religión o saqueo. Fueron extraordinariamente pragmáticos. Cada vez que conquistaban un territorio no destruían todo para empezar de cero: absorbían lo útil. Tomaron la burocracia bizantina, las técnicas militares persas, las rutas comerciales árabes y la experiencia administrativa de los pueblos balcánicos.

El gran salto llegó en 1453, cuando el sultán Mehmed II conquistó Constantinopla, la antigua capital bizantina. La ciudad pasó a llamarse Estambul y se convirtió en el corazón del imperio. La caída de Constantinopla no solo puso fin al Imperio Bizantino, sino que marcó simbólicamente el final de la Edad Media.

La fascinante Estambul, antes Constantinopla, antes Bizancio, capital de tres imperios: Romano, Bizantino y Otomano, una magnífica ciudad entre dos continentes.
Estambul, antes Constantinopla, antes Bizancio, capital de tres imperios: Romano, Bizantino y Otomano, una magnífica ciudad entre dos continentes.

Bajo sultanes como Solimán el Magnífico, el imperio alcanzó su apogeo en el siglo XVI. Controlaba los lugares sagrados del islam (La Meca, Medina y Jerusalén), dominaba las rutas entre Europa y Asia y poseía uno de los ejércitos más poderosos del mundo. Los sultanes otomanos adoptaron además el título de califa, convirtiéndose en la máxima autoridad religiosa del islam sunita durante casi cuatro siglos.

Pero los otomanos también fueron diferentes a otros imperios por algo más: su relativa tolerancia religiosa. El imperio era oficialmente musulmán, pero en general permitía que cristianos y judíos conservaran su religión, sus templos y sus leyes internas, siempre que pagaran impuestos y aceptaran la autoridad otomana. Mientras en gran parte de Europa se perseguía a las minorías religiosas, el Imperio Otomano acogió a muchos judíos expulsados de España tras 1492.

Uno de sus inventos políticos más interesantes fue el sistema de «millets». Cada comunidad religiosa —griegos ortodoxos, armenios, judíos— podía gobernarse parcialmente a sí misma, administrar escuelas, tribunales y asuntos familiares. Era una forma muy distinta de manejar la diversidad.

También crearon uno de los primeros ejércitos permanentes y profesionales del mundo moderno: los jenízaros. Estos soldados de élite, reclutados inicialmente entre niños cristianos de los Balcanes, fueron durante siglos la columna vertebral militar otomana. Sin embargo, con el tiempo se volvieron conservadores y rebeldes, llegando a derrocar sultanes, lo que contribuyó a la decadencia del imperio.

Porque aquello que había sido una fortaleza terminó volviéndose una debilidad. A partir del siglo XVII, el imperio comenzó a quedarse atrás frente a Europa. Mientras Inglaterra, Francia y Alemania se industrializaban, el Imperio Otomano seguía funcionando con estructuras antiguas. Además, las rutas comerciales cambiaron: cuando los europeos empezaron a comerciar directamente por mar con Asia y América, Oriente Medio dejó de ser el centro del comercio mundial. El imperio perdió ingresos y poder.

A eso se sumó otro problema: el nacionalismo. Durante siglos, griegos, serbios, búlgaros, árabes y armenios habían vivido bajo un mismo estado. Pero en el siglo XIX comenzaron a querer sus propios países. El Imperio Otomano empezó a fragmentarse desde dentro. Europa aprovechó esa debilidad. Rusia quería controlar los estrechos; Gran Bretaña y Francia querían dominar las rutas hacia India y el canal de Suez. Por eso, en el siglo XIX, las potencias europeas comenzaron a llamar al imperio «el hombre enfermo de Europa».

El golpe final llegó con la Primera Guerra Mundial. El Imperio Otomano se alió con Alemania y Austria-Hungría, perdió la guerra y colapsó. Sus territorios árabes fueron divididos entre Francia y Gran Bretaña mediante el acuerdo secreto Sykes-Picot (1916), trazando fronteras rectas que todavía hoy existen y que a menudo ignoraban siglos de historia tribal y religiosa. Gran parte del mapa moderno de Oriente Medio —Irak, Siria, Jordania, Líbano, Israel y los países del Golfo— surgió sobre las ruinas del Imperio Otomano.

Mientras tanto, en Anatolia, un militar otomano llamado Mustafa Kemal (después Atatürk) lideró una guerra de independencia y fundó la República de Turquía en 1923, aboliendo el sultanato y, poco después, el califato. Por primera vez en casi mil años, el mundo musulmán quedó sin una autoridad religiosa central. Muchas de las tensiones actuales en Oriente Medio —desde el conflicto palestino hasta las guerras civiles en Siria e Irak— nacen precisamente de aquella doble herencia: las fronteras artificiales trazadas por Europa después de 1918 y el vacío de poder dejado por la caída del califato otomano.

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