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Oriente Medio: 32. Cuando el dolor materno se vuelve resistencia

Para cuando termines de leer este párrafo, alguna madre en algún lugar de Oriente Medio habrá vuelto a sentarse en una plaza pública para pedir justicia. No enloquece porque su cuerpo aprendió hace años a convertir la rabia en ritual. No llora porque se quedó sin lágrimas el segundo sábado. No es una edulcorada telenovela turca. Ayer día 9 de mayo de 2026 fue el sábado número 1.560 y ellas siguen allí, en Estambul, con la foto de su hijo, esperando una respuesta que nunca llega.

Mientras en Cuba inventamos un cake (¿alguien recuerda que hubo tiempos que el Estado proporcionaba un cake a cada madre?), buscamos flores para mamá y los hijos y nietos se esmeran por dibujar su mejor obra de arte para mamá y abuela, estas mujeres llevan décadas cosiendo su propio Día de la Madre con hilo de dignidad y puntada de resistencia. Incluyo este post porque no estaría completa mi serie de Oriente Medio si no hablo de esto. Esta vez hago cameo con mi «winche» y no es por Oriente Medio.

Pero vayamos por partes. Porque antes del dolor está la fiesta, y porque para entender a las Madres del Sábado hay que saber quién inventó el Día de la Madre en el mundo árabe.

El paraíso bajo los pies de las madres… y un día para regalar flores

En el mundo árabe-islámico hay una frase que lo resume todo: “El paraíso está bajo los pies de las madres”. Es un hadiz, una tradición del profeta Mahoma, que convierte a la madre en un eje espiritual incuestionable. Pero ese paraíso tiene fecha en el calendario: el 21 de marzo, el equinoccio de primavera.

La historia es casi entrañable y tiene poco de épica guerrera. Cuentan que en la década de 1950, un periodista egipcio llamado Mustafa Amin escribía su columna en Al Akhbar con la nostalgia del que nunca tuvo infancia. Huérfano de padre a los tres años, criado por una madre viuda y enferma, Amin propuso en sus páginas:

“¿Por qué no acordamos un día del año que se llame el Día de la Madre y lo convertimos en fiesta nacional en nuestros países, en el que los hijos regalen a sus madres detalles y les envíen cartas de agradecimiento? ¿Por qué no animamos a los niños a tratar a sus madres como reinas?”

El día se celebró por primera vez en Egipto en 1956, bajo el mandato de Gamal Abdel Nasser, y se expandió por el mundo árabe —Golfo, Jordania, Siria, Líbano, Palestina, Sudán y Libia— hasta convertirse en la fecha más entrañable del calendario laico. Pero un día de reinas no impide que, por la noche, algunas madres se conviertan en guerreras.

Aquí es donde nuestra historia se parte en dos: de un lado, las madres que reciben flores; del otro, las madres que se sientan en las aceras.

Las Madres del Sábado (Turquía): la protesta más larga que no conoces

En 1995, Turquía seguía sangrando por las heridas del golpe militar de 1980 y el estado de excepción de los 90. Cientos de personas habían sido detenidas, torturadas y desaparecidas por el Estado. Sus cuerpos no aparecían. Sus nombres, borrados.

Inspiradas por las Madres de Plaza de Mayo en Argentina, un grupo de mujeres turcas, kurdas en su mayoría, decidió sentarse en la plaza Galatasaray de Estambul. No con pancartas, no con cánticos. En silencio. Con fotografías.

El 27 de mayo de 1995 fue el primer sábado. Y el segundo. Y el sábado número 500. Y el número 1.000. Llevan casi treinta años. Cada sábado, durante media hora, a las 12 del mediodía. Sin violencia, sin concesiones.

La policía turca les ha lanzado gases lacrimógenos y cañones de agua. Las han detenido. Las han acusado de terrorismo. En agosto de 2018, las autoridades rodearon la plaza con vallas metálicas y policía armada las 24 horas. Dos sentencias del Tribunal Constitucional de 2022 y 2023 dieron la razón a las madres. El gobierno no las ha cumplido: hoy solo les permiten reunirse con 10 personas como máximo.

Pero ellas siguen sentándose. Cansadas, viejas, firmes.

Una de ellas dijo una vez: “Pude llorar después de que empecé a participar en las Madres de los sábados. Antes lloraba en soledad, no podía expresar mi sufrimiento.”

Las cifras: la Asociación de Derechos Humanos de Turquía ha registrado más de 750 desapariciones forzadas en custodia policial durante esas décadas. Probablemente son muchas más. Muchos perpetradores nunca fueron juzgados; muchos delitos prescribieron a los 30 años. El 27 de mayo de 2025, Amnistía Internacional se reunió con ellas para conmemorar tres décadas de lucha. Las madres siguen esperando.

Nota: si mañana lees algo sobre disturbios en Estambul, recuerda que esas mujeres no son violentas. Solo son madres a las que nadie ha devuelto el cuerpo de su hijo.

Las Madres Demandantes de Irán: justicia sin clemencia

En Irán, la figura materna también se ha convertido en un símbolo de resistencia, pero quizá más áspero, más expuesto. Hablamos de las Madaran-e Dadkhah (Madres Demandantes o Madres para la Justicia), un colectivo de mujeres cuyos hijos fueron asesinados por agentes del gobierno durante protestas en distintos ciclos represivos: las de 2009, las de 2017-2018, las de 2019-2020 y las de 2021-2022. También están las Madres de Khavaran (las que perdieron a sus hijos en las ejecuciones masivas de presos políticos de 1988) y las Madres del Parque Laleh (las de las protestas post-electorales de 2009).

El nombre “Khavaran” es clave: los restos de aquellos ejecutados no fueron devueltos a sus familias, sino enterrados en fosas comunes. Una de las figuras más emblemáticas es Gohar Eshghi, madre del bloguero Sattar Beheshti, torturado hasta la muerte en un centro de detención en noviembre de 2012. Convertir el caso en un escándalo mediático le costó a ella innumerables presiones.

Ellas no se sientan los sábados. Ellas se manifiestan en espacios vetados: aniversarios, funerales, juicios amañados. Y el régimen las castiga con la misma saña. A Nahid, madre de un joven ejecutado, la arrestaron sin cargos. A muchas las golpean. A Shiva Esmaeili, presa política en la prisión de Evin, le prohibieron hablar por teléfono con sus hijos (también presos políticos) por apoyar una campaña antiejecuciones.

En abril de 2021, decenas de ellas firmaron un documento durísimo: ya no participaban en elecciones. “Hemos acudido a las urnas muchas veces con la esperanza del cambio, pero solo hemos visto la sangre de nuestros hijos y el empeoramiento de la situación.” En junio de 2021, Zainab Mohammadi, madre de un manifestante asesinado en noviembre de 2019, grabó un vídeo diciendo: “Ni perdonamos ni olvidamos.”

Ellas no negocian. Ellas no se rinden. Y a diferencia de las Madres del Sábado, ni siquiera tienen un lugar fijo donde sentarse.

Madres de Irak: el limbo de los desaparecidos

En Irak, el drama es de una escala geológica. Entre 250.000 y un millón de iraquíes han desaparecido desde 1968, en cinco grandes oleadas de violencia: el exterminio contra los kurdos de Sadam Husein (hasta 290.000 personas, incluidos 100.000 kurdos), la invasión de 2003 y la guerra civil posterior, el Estado Islámico, la violencia sectaria.

La ONU ha descrito un patrón “típico” que resume el horror: una madre que le pide a su hijo que lleve pan a la casa del primo. El hijo sale, llama por teléfono: “Mamá, me están revisando en un control. Ahora te llamo.” Nunca más supo de él. “Desde entonces lo he buscado en todas partes, en todas las prisiones, con todas las autoridades. Pero nada, nada, nada.”

En 2024, la ONU publicó un informe estremecedor: algunas madres yazidíes, violadas por el Estado Islámico y embarazadas, se vieron forzadas a entregar a sus hijos a orfanatos al regresar a Irak. Cuando volvieron a buscarlos, les dijeron que los niños habían sido “entregados” a otras familias. Con implicación directa del Estado, según los informes. Familias enteras llevan años buscando a sus hijos en campos de Siria, Turquía o Irán. Con frecuencia, un callejón sin salida.

Traducido: los niños de esas madres no están muertos… pero tampoco vivos. Están en el limbo. Y sus madres también.

Y, sin embargo … la paz cultural (¿o sepulcral?)

No todo es tragedia. Por cada madre que busca un desaparecido, hay otra que teje, canta o cocina. El Día de la Madre árabe se mantiene, a pesar de todo.

En 2024, mientras el territorio costero (la Franja de G@z@) —uno de los más densamente poblados del mundo— era arrasado por una ofensiva militar (contra civiles desarmados) sin precedentes, las cifras resultaron escalofriantes: más de 25.000 mujeres muertas en apenas cinco meses, lo que equivalía a 37 madres asesinadas cada día. A ellas se sumaban 28 madres encarceladas en prisiones de la potencia ocupante (unos le dicen USrael), a las que se les impedía ver a sus hijos. Los líderes árabes, sin embargo, siguieron felicitando el Día de la Madre como si nada ocurriera. La primera dama egipcia, Entissar El-Sisi, envió sus saludos protocolarios (recuérdense de Oriente Medio: 25. La Traición de Egipto en Camp David).

En la propia región histórica de Palestina, la Media Luna Roja y la Sociedad de Prisioneros denunciaron la hipocresía:

“En un momento en que el mundo celebra el Día de la Madre y excluye a las madres palestinas, a falta de una voluntad global real para poner fin a la ocupación y al bloqueo.”

Por eso el Día de la Madre en Oriente Medio es siempre un acto de resistencia. O una contradicción. Quizá las dos cosas.

Y también duele del otro lado

No habría justicia en este artículo si nos quedáramos solo con las madres árabes. Porque el dolor de perder a un hijo, en Oriente Medio, no entiende de religión, ni de muros, ni de nacionalidad. Duele igual al este que al oeste de esa línea que los mapas dibujan y la sangre borra. Y hay madres —sí, también del otro lado— que llevan el mismo peso insoportable de la muerte de sus hijos.

La historia más poderosa que he encontrado es la de una mujer de nombre Robi Damelin.

Un francotirador palestino mató a su hijo David. Y cuando los soldados llegaron a su casa para darle la noticia, lo primero que hizo fue mirarlos a los ojos y decir:

“No pueden matar a nadie en el nombre de mi hijo.”

No pidió venganza. No pidió sangre. Pidió que su hijo no se convirtiera en una excusa para más violencia.

Lo que hace única a Robi no es solo que perdonara, sino que fue más allá. Dos años después, cuando el Ejército capturó al francotirador que mató a David, ella tuvo pesadillas. No por odio, sino porque sabía que si no era coherente con su mensaje, todo su trabajo por la paz sería una farsa. Así que hizo algo casi imposible de creer:

Le escribió una carta a la familia del asesino de su hijo.

No era una carta de rencor. Les habló de David. Les habló del Círculo de Padres —esa organización que reúne a familias palestinas e israelíes que han perdido a alguien en el conflicto— y les dijo que entendía que ellos también estaban sufriendo. Que su familia también era víctima.

«No pude dormir, porque pensé que no podía hacer este trabajo con integridad si no estaba dispuesta a caminar la caminata», confesó después.

Pero quizá el momento más revelador de su historia fue otro. En una reunión del Círculo de Padres en Belén, se sentó con 30 madres: la mitad israelíes, la mitad palestinas. Y no sintió odio. Sintió curiosidad. Vio a madres de ambas naciones abrazándose «como familiares, no solo como amigas» y supo que estaba en el lugar correcto.

«Compartimos las mismas lágrimas, incluso si tuvimos circunstancias diferentes», dijo una madre palestina en ese encuentro. «Pero seguimos siendo humanos, y no hay nada peor que perder a un hijo.»

Robi no claudicó. Y supo explicar por qué lo hacía:

«Hay personas que mueren con sus hijos, no físicamente, pero mueren. Para mí, lo más importante era la educación por la paz.»

Su lema es fácil de recordar, imposible de discutir:

«No sean pro-israelíes No sean pro-palestinos. Sean pro-paz.»

Y no está sola. Otras madres de esa misma nacionalidad de Robi han elegido caminos distintos pero paralelos. En un país vecino, más de 44.000 mujeres se han organizado para exigir a sus líderes que negocien la paz: «No queremos esperar a que nuestros nietos tengan 18 años y se conviertan en soldados», dicen. Caminan descalzas por las calles «porque el suelo está empapado con la sangre de nuestros hijos, y de ese dolor queremos traer esperanza».

En otro lugar, madres de soldados caídos protestan cada viernes frente a los ministerios de su gobierno con carteles que dicen: «No tenemos hijos para las guerras».

En un kibutz cerca de la frontera, una madre cuyos padres fueron asesinados en sus propias casas dejó su trabajo en la tecnología para unirse a una organización de paz: «Siento que he perdido mucho, y extraño muchísimo a mis padres, pero también siento que he ganado mucho», dice ahora.

Esa es la paradoja: hay madres que, aun en el dolor más profundo, eligen la ternura cuando todo les exige odio. No son naif. No han olvidado. Han decidido, sencillamente, que otro futuro es posible si alguien empieza a tejerlo con las manos rotas.

Palabras finales

Así que mientras aquí en Cuba el próximo domingo compramos un cake (o lo inventamos), compramos flores (o las buscamos en un jardín de vecino), encendemos la hornilla de carbón y tratamos de hacer un almuercito decente, y recordamos a quién nos cosió los botones y nos hizo platillos con amor o nos curó las fiebres, tal vez en lo que vemos una telenovela turca, acordémonos de ellas: de las Madres del Sábado en Estambul sentadas detrás de una valla metálica porque su hijo no volvió; de las Madres Demandantes en Irán negándose a perdonar; de esa madre iraquí que aún busca a su hijo en todas las prisiones; de la madre yazidí a la que le robaron a su bebé; de la madre palestina que da a luz en una tienda de campaña mientras un dron la vigila, como también recordamos a las madres de nuestros 32 valientes que no se amilanaron cumpliendo su deber.

Mientras tanto, el Emperador Cabeza de Zanahoria nos promete traernos esa felicidad.

Nada, aquí lo esperamos y seguimos celebrando el Día de las Madres. Cada cubano sabe donde conseguir su «winche». Yo no soy Silvio; pero conozco un carpincho que me lo podría buscar si se da el caso.

Y cuenta Horacio Quiroga que las rayas dijeron — ¡Pero ni los tigres, ni los hijos de tigres, ni los nietos de tigres, ni todos los tigres del mundo van a pasar por aquí! ¡NUNCA!

¡Felicidades para todas las madres! Brindemos por ellas.

Silvio tenía mucha razón al cantar: «…y al fin bajó hacia la Guerra, ¡Perdón! quise decir a la Tierraaa…»

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