
¿La IA valida tonterías o construye soberanía? De la frase de Umberto Eco al bucle alumno-IA-profesor, pasando por la investigación de Harvard y la postura de Cuba en la reciente cumbre de ética en Santo Domingo. Un debate sobre la naturaleza humana, la pereza intelectual y la ética como decisión personal.
Empecemos con Umberto Eco, que en 2015 ya veía venir el desastre: «El drama de internet es que ha promocionado al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad». Y añadía: «Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los necios».
Eco no llegó a ver la IA generativa. Pero si levantara la cabeza, diría que hemos pasado de la «invasión de los necios» a la invasión de los necios con coartada tecnológica. Porque ahora el necio no solo habla: produce informes, presentaciones, tesis, proyectos enteros con un prompt de diez segundos. Y como la IA es una anfitriona educada que por defecto encuentra algo positivo en todo, el necio se siente validado.
El loop perfecto de la mediocridad amplificada
Y el sistema se ha vuelto un bucle:
- El alumno vago → le pide a la IA que le haga la tarea. No es un caso aislado: el 72% de los estudiantes universitarios ya usa IA para sus trabajos.
- El profesor desbordado → le pasa ese mismo trabajo a un detector de IA. El problema es que más del 40% de los profesores ya usan estas herramientas, a pesar de que son notoriamente poco fiables.
- El alumno, que no es tonto → ya usa «humanizadores» que reescriben el texto de la IA para que suene menos robótico, y «autotypers» que simulan que escribió a mano, con tachones y todo, para engañar al detector. Otros solo cortan y pegan y ni saben de qué se trata.
Resultado: máquinas evaluando máquinas, mientras los humanos nos miramos y nos creemos muy listos.
Y no solo en las aulas. En las oficinas pasa lo mismo: el empleado mediocre genera presentaciones vacías con IA; el jefe vago las valida con otra IA; y la IA, en su papel de anfitriona educada, le dice a todos que todo es genial. Hemos convertido la IA en el validador universal de tonterías con buena redacción. Nadie piensa, nadie cuestiona, nadie asume la responsabilidad. Total, «lo ha dicho la IA».
La investigación que desmonta el mito del «igualador»
Y aquí viene lo que para mí es la clave. Porque uno podría decir: «bueno, pero la IA iguala el conocimiento, ¿no? El que no sabe, ahora puede hacer cosas que antes no podía». Pues no. La investigación dice exactamente lo contrario.
Un estudio de Harvard Business School con 78 trabajadores demostró que la IA sí ayuda mucho a quien ya tiene conocimiento cercano a la tarea, pero choca contra un muro cuando la persona carece de expertise suficiente. En el experimento, los especialistas en tecnología —que no estaban entrenados en redacción— usaron IA para escribir artículos y sacaron un 13% menos de nota que los redactores profesionales, que también usaron IA.
O sea: la IA no convierte a un novato en experto. Lo que hace es amplificar lo que ya sabes. Si sabes poco, te da poco. Si sabes mucho, te da mucho. Es una máquina de multiplicar competencias, no de crearlas de la nada. El tonto con IA sigue siendo tonto, solo que ahora produce más rápido.
Y entonces aparece Cuba con una pregunta incómoda
Y justo cuando uno piensa que esto es un problema insoluble de la naturaleza humana, hace unos días, en la Tercera Cumbre Ministerial y de Altas Autoridades sobre la Ética de la Inteligencia Artificial en América Latina y el Caribe, celebrada el 25 y 26 de junio en Santo Domingo, República Dominicana, Cuba no fue a hacer el paripé. Fue con una delegación encabezada por la doctora Ailyn Febles Estrada, viceministra de Comunicaciones, y planteó una visión radicalmente distinta.
El foro, organizado por la UNESCO, el gobierno dominicano y el CAF, reunió a más de veinte delegaciones para avanzar hacia una gobernanza ética, inclusiva y responsable de la IA. Los temas centrales incluyeron la creación de marcos regulatorios confiables, el fortalecimiento de capacidades institucionales, la cooperación regional y la innovación responsable al servicio del desarrollo sostenible. La cumbre concluyó con la aprobación de la Declaración de Santo Domingo y la puesta en marcha de una Hoja de Ruta de IA Ética para América Latina y el Caribe 2026-2027, con cinco subgrupos de trabajo: gobernanza y regulación; talento y futuro del trabajo; protección de grupos vulnerables; medio ambiente; e infraestructura.
Y Cuba, en ese escenario, planteó algo que suena casi revolucionario en el contexto de la charla que estamos teniendo: IA soberana, al servicio del bienestar social y no de intereses corporativos; educación como pilar, no como ocurrencia; IA frugal y territorial que llegue a comunidades rurales, no solo a oficinas de Silicon Valley; supervisión humana en decisiones que afectan derechos, no delegación ciega. Y mencionaron CecilIA, su propio modelo de lenguaje, para garantizar acceso equitativo en escuelas y centros de salud.
El contraste que debería incomodarnos
Y yo me pregunto: ¿cómo cuadra eso con lo que vemos en el día a día?
Mientras la viceministra cubana hablaba de formación, de que la IA sea aliada del trabajador y no su sustituta, y de proteger el dato como un recurso estratégico… en la mayoría de las oficinas y aulas del mundo pasa exactamente lo contrario.
El alumno usa IA para no pensar. El profesor usa IA para no corregir. El jefe usa IA para no decidir. Y la IA, que por defecto es una «anfitriona educada», les dice a todos que todo está genial (la IA está hecha para agradar).
Cuba, desde su realidad —con todas las limitaciones que tiene, y no voy a idealizarla— al menos está planteando una pregunta que en el resto del mundo casi nadie se hace: ¿la IA es para empoderar a las personas y los territorios, o para perpetuar la mediocridad y la dependencia?
Porque si la IA solo sirve para que el tonto parezca menos tonto, para que el jefe vago delegue su criterio, y para que el alumno tramposo apruebe sin aprender… entonces no estamos ante una revolución tecnológica. Estamos ante la mayor coartada para la pereza intelectual de la historia.
Cierre
No es culpa de la IA. La IA te da lo que esperas oír. El problema es la naturaleza humana y la falta de ética. Eco lo resumió mejor que nadie: «Con internet te fías de todo porque no sabes diferenciar la fuente acreditada de la disparatada». Ahora, con la IA, ni siquiera sabemos si lo que estamos leyendo lo ha pensado alguien.
Cuba, en esa cumbre, al menos puso el dedo en la llaga: la ética de la IA no es un adorno, es una decisión política y personal. Y mientras sigan existiendo jefes que prefieren la opinión de una máquina antes que pensar, y alumnos que usan la máquina para no aprender, y profesores que usan la máquina para no enseñar… seguiremos teniendo proyectos estúpidos, trabajos vacíos y decisiones absurdas, todos validados por sistemas que no entienden de estupidez.

La IA no nos hace más tontos. Nos da una excusa perfecta para seguir siéndolo. Los leo en los comentarios, fíjese que el blog Radares Mirando al Sur ahora está hospedado en nuestros servidores de la empresa LADETEC. El próximo domingo continuaré tratando temas de Inteligencia Artificial.

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