
Un testimonio en primera persona sobre el inicio y fin de la Perestroika soviética. Análisis de los errores económicos, la ilusión de las cooperativas y las lecciones críticas que Cuba debe tener en cuenta hoy para salvaguardar su soberanía.
Yo estudié en la Unión Soviética, en Moscú (sí, la que no cree en lágrimas), de 1976 a 1981. Regresé a ese país para una pasantía larga en septiembre de 1985 (extendida hasta enero de 1986) y, por último, volví los dos últimos meses de 1989. En estas dos estancias pude ver y vivir el inicio y el final de la Perestroika. Después… bueno, después ya no hubo más Unión Soviética.
Fue una experiencia fascinante y, ahora que se habla tanto de cambios en Cuba, he leído lo que otros cubanos han escrito sobre aquel período, me animo a compartir mi punto de vista, a la luz de muchas cosas que solo se conocieron después. Síganme y les cuento.
El factor Gorbachov (o la duda razonable)

La gente suele asociar la debacle soviética y la posterior disolución de la URSS con la palabra perestroika. Pero, en realidad, la hecatombe verdadera vino después, cuando ya no había freno.
Circula una versión —que el propio Gorbachov dejó entrever en sus últimos años— sobre cómo su esposa Raisa, durante la estancia de ellos en Gran Bretaña, pudo haber sido un blanco fácil para los servicios de inteligencia occidentales. Ella era ostentosa, muy creída y, a juzgar por su actuación como «primera dama» entrometida, era dada a que la adularan, se creía un canon de la moda y daba opiniones públicas de todo. (Si hubiera tenido Twitter en esa época, tendríamos hoy una colección de tuits para el bronce).
Más allá de si Mijaíl fue un agente activo, un ingenuo útil o simplemente un vanidoso al que engañaron, lo cierto es que el resultado objetivo de sus políticas fue el desmantelamiento del Estado soviético. Él desoyó los resultados de la votación popular que favorecía mantener la URSS, aunque nunca lo admitió. Sus banderas eran otras: perfeccionar el socialismo, acabar con la burocracia, mejorar la eficiencia y terminar con el «estancamiento» de la era Brezhnev.
Recuerdo aquella mujer de pueblo, rusa, que le metió un galletazo a Gorbachov en público que lo viró al revés.
El error que lo desencadenó todo: la cruzada contra el alcohol

Según mi punto de vista —recuerde mi lector que no soy historiador ni analista político—, todo empezó con la cruzada de Gorbachov contra el alcoholismo, un mal ancestral en los rusos. Siempre me pareció extraño que se la cogieran con eso. Era cierto que la bebedera descontrolada era un problema, pero atacarlo de golpe resultó ser un tiro por la culata.
Los más altos ingresos que percibía el Estado soviético provenían de la venta de bebidas alcohólicas. Enmascarado tras una iniciativa loable —acabar con esa fea costumbre— se escondía, creo yo, un propósito macabro: desmontar la economía desde su base. Y lo logró. Fue como un efecto dominó: al reducir la producción y venta de vodka, desapareció el azúcar de las tiendas (los soviéticos la usaban para destilar samagón casero). Y así, uno tras otro, fueron colapsando los rubros de la economía.
Cuando fui en 1989, vi lo que nunca pensé ver: las grandes tiendas de Moscú totalmente desabastecidas… de todo. Paseábamos Alvaro y yo por el otrora deslumbrante GUM, donde se podía comprar de todo en busca de jabitas plásticas para llevar de regalo. Allí ocurrió la anécdota de la jarra de marras.
En los pasillos del GUM, algunos «vivos» con una computadora de la época timaban a la gente ofreciéndole el resultado de aquel programita de los biorritmos que te decía cómo era tu biorritmo emocional, físico y no recuerdo cual otro, en el momento dado a partir de tu fecha de nacimiento. Unos pocos y escuálidos productos alimenticios (que nadie compraba) mal llenaban los estantes vacíos. La gran sala de lámparas que antes me atraía tanto (y donde compré la lámpara de pie y la lámpara de lágrimas de techo que aun tengo en la casa) estaba ridícula y tristemente vacía.
Necesidad real vs. necesidad inducida: la calidad de vida vista desde el Sur
Se decía (y Gorbachov lo repetía) que la economía soviética estaba estancada. Sinceramente, para un cubano como yo, la percepción era muy distinta. Los soviéticos tenían lo fundamental asegurado: vivienda gratis, alimentación adecuada, educación de altos quilates (si lo sabré yo, que me beneficié de eso), acceso gratuito al deporte y al arte de primer nivel, vacaciones en centros de descanso y un transporte colectivo baratísimo y eficiente.

Para un habitante de un país subdesarrollado, era de envidiar. Recuerden que los soviéticos IMPRIMÍAN (estampaban o fundían) el precio en los objetos al fabricarlos. No jodan eso sí es estabilidad, precios que no cambiaban en décadas.
Eso sí, había colas (ocheredi) para ciertos productos (menos en Moscú que en otras ciudades), y es cierto que los artículos industriales eran toscos y feos al lado de los occidentales. Pero, ¿eran funcionales? Hoy conservo en mi casa una colección de objetos con más de 48 años de antigüedad que aún funcionan:
- Cuchillos, sartenes, un sacacorchos y un juego de vajilla.
- Un vaso remanente (de esos que al caerse se fragmentaban en cien pedazos).
- El platero para secar los platos y un secador de pelo.
- Un exprimidor-rotel eléctrico y ventiladores Órbita.
- Lámparas, un tocadiscos y la calculadora científica que me regaló Pedro Bebert (con la que hice los cálculos de integrales numéricos de mi tesis de doctorado).
Todo eso me ha acompañado toda la vida. Muchas cosas las compraba en El Marinsky nuestro de cada mes.
Sin embargo, ellos, los soviéticos, estaban inconformes. La sociedad de consumo occidental los deslumbraba. Hoy percibo en las redes sociales una ola de retro-nostalgia entre los rusos, que añoran esa estabilidad perdida.
La utopía de las cooperativas y la Glásnost (el «Destape»)
Recuerdo nítidamente las conversaciones con mis colegas y amigos (tengo ese tipo de memoria fotográfica para los diálogos). Con la Perestroika, ellos se sentían liberados. Creían que las MIPYMES (allí llamadas cooperativas) resolverían todos los problemas. A mí me parecía torcido.
Cuando viajé en 1989, en el centro de investigaciones donde fui, los propios trabajadores, ingenieros de radar, se habían constituido en cooperativa. Las tareas estatales que desarrollaban (la automatización de los radares MRL-5) se las contrataban a la cooperativa… que eran ellos mismos. Eso era pan para hoy y hambre para mañana.
Por otro lado, llegó la Glásnost (transparencia), que yo llamaría más bien el Destape (parafraseando el período post-Franco en España). Se sentían reprimidos y, de repente, se podía publicar cualquier cosa. Pero publicar cuesta dinero. ¿Quién iba a pagar y para qué? Determinadas publicaciones (Sputnik, Novedades de Moscú) comenzaron a ser financiadas para degradar los valores patrios. Mis antiguos compañeros de estudios estaban de plácemes con esta apertura.
Sin embargo, reescribían la historia, denigraban a todas las personalidades soviéticas y criticaban despiadadamente todo el modo de vida. Me daba pena leer aquello, no porque antes fueran perfectos, sino porque me parecía muy feo denigrar todo lo tuyo. No hay que olvidar que, pese a sus defectos, fueron los únicos que detuvieron a la bestia nazi, a costa de 27 millones de muertos.
La debacle real: Yeltsin, los oligarcas y la fuga de cerebros

La verdadera debacle comenzó con Yeltsin. Se privatizó todo. Los medios de producción, que habían sido del pueblo, se repartieron en tiques de muy bajo valor. La mayoría vendió su parte por una miseria a unos pocos «vivos». Surgieron los oligarcas, que curiosamente eran ex-altos cargos del partido o gente muy vinculada a ellos. La privatización no trajo prosperidad; las firmas extranjeras compraron empresas rusas para cerrarlas y liquidar toda competencia.
Póngase a pensar, querido lector: ¿qué interés tiene una firma extranjera en mantener puestos de trabajo en otro país? Ninguno. Vinieron a llevarse los recursos y a robarse a los científicos y profesionales más destacados. La fuga de cerebros fue brutal. Los niveles de vida cayeron a un mínimo histórico y la emigración se disparó.
Cuando estábamos en el desarrollo del radar Doppler, Intelcan envió como experto a un muy calificado ingeniero ruso que emigró en esa época. Fue una buena experiencia conversar con él sobre aquellos tiempos. Él anhelaba regresar, pero económicamente en Canadá le iba muy bien.
Las instituciones científicas con las que colaborábamos antes de 1991 quedaron casi paralizadas, hasta que, a fuerza de puro talento, lograron enrumbarse nuevamente con los que se quedaron. Un científico ruso de los que venía a Cuba en misiones de colaboración con el Instituto de Meteorología se suicidó.
Rusia no empezó a enderezar el rumbo hasta que recuperó su dignidad nacional con Putin. Hoy, sin ser socialistas, son la cuarta potencia económica mundial. Pero el costo social fue terrible.
El espejo cubano: ¿Cubastroika?
En lo personal, creo que la dirección actual de Cuba no lleva ese rumbo. Pero sí creo que se han tomado medidas económicas muy desacertadas (y nadie ha rendido cuentas por eso). Y no es que yo lo crea, la situación económica del país ha caído ininterrumpidamente desde hace años. No seamos ingenuos: el bloqueo existe y es un cerco que impide transacciones, una asfixia deliberada para forzar medidas entreguistas.
No soy un gurú económico. No sé cuáles son las recetas mágicas, pero sí sé cuáles no lo son. ¿Alguien cree de verdad que una firma extranjera va a invertir en Cuba para sostener nuestro sistema de salud, nuestra educación, nuestra ciencia o nuestro deporte?
La experiencia soviética demuestra que vienen a comprar barato, cerrar competencias y llevarse los mejores cerebros. No es dogma ideológico, no es cuestión de socialismo o capitalismo es pura lógica económica. Las medidas neoliberales no han traído bienestar a ningún país que las haya aplicado a la fuerza.
Palabras finales
No me queda mucho por decir, solo apelar a frases como la del filósofo George Santayana: «Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo». O resignarme al refrán de que «nadie escarmienta por cabeza ajena».
Pero, sobre todo, dejo a mis amables lectores con la advertencia de Julius Fučík al pie del patíbulo:
«Hombres, os he amado. ¡Estad alertas!»
Ahora les pregunto a ustedes, mis fieles lectores: ¿Creen que el gobierno cubano está cometiendo los mismos errores de los soviéticos, o creen que la asfixia del cerco actual justifica estas aperturas? Los leo atentamente en los comentarios.
En cuanto a mí «yo me muero como viví», con Cuba para todos los tiempos y creo que «Cuba va».


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