
En noviembre-diciembre de 1989 visité la Unión Soviética por última vez. Fue una breve pasantía científica en el Observatorio Aerológico Central, ubicado en el suburbio de Moscú, llamado Dolgoprudnii (Долгопрудный). Ya había visibles síntomas de deterioro en la sociedad. Las tiendas, otrora repletas de cosas ahora estaban casi vacías. Me acompañaba en esa aventura Álvaro Pérez Pedraza, ingeniero del DATINSAC-Camagüey. Recién habíamos terminado el sistema HERMES y los soviéticos mostraron interés en hacer un sistema de adquisición basado en una PC, para el instrumental a bordo de los aviones laboratorios. Yo como siempre me disgrego y desvarío. De la parte científica ya he hablado en otros posts. Ahora quiero hablar de la jarra.
Aparte de la cosa científica, como buenos cubanos honrábamos a Francisco Tilla (sí, ese que le dicen Paco Tilla). Los fines de semana correteabamos por las tiendas, ya con una «agradable» temperatura de -20 grados Celsio. Álvaro aprendió muy rápido el lío de las tiendas, sabía oír y decir los números como para pagar él solo, y a veces nos dividíamos, para ganar tiempo, y yo me arriesgaba a dejarlo solo en determinadas dependencias de las tiendas grandes. Pero este día andábamos juntos. Llegamos a una tienducha y vimos las jarras como la de la foto. Eran jarras de plástico de color amarillo; pero tenían pedazos veteados de amarillo más oscuro. Yo escogí una, que tenía menos vetas. Álvaro no estaba conforme y vio que en un estante, en lo más alto había una sin vetas y me dijo –dile a la muchacha que me alcance esa. Yo, que conozco bien el alma rusa, me negué. Ni loco –le dije. Tú no ves a la muchacha limándose las uñas ¿Tú crees que me voy a atrever a interrumpirla para pedirle que se trepe en algo para alcanzarte «aquella» jarra habiendo otras aquí abajo? Ni loco me arriesgo a eso. Les aclaro a mis lectores que una rusita joven podía desatar un ataque de ira de 10 megatones por menos que eso. Álvaro en vistas de mi negativa se decidió a «decírselo» él mismo. Yo me aparté y prudentemente puse mis dedos en los oídos y me hice como que «yo no ando con este». Álvaro, entre señas y las 13 palabras que se sabía le indicó claramente a la rusita que él quería «aquella» jarra, la que estaba de adorno allá arriba, inaccesible. La rusita paró de limarse las uñas, lo miró con sus bellos e inexpresivos ojos grises como diciendo Dios mío perdónalo, que este viene de Gugulandia. Para mi asombro la rusita no dijo ni una palabra y con toda la mala cara que puede poner con sus bellos ojos grises SE TREPÓ y le alcanzó la jarra. Álvaro pagó y nos fuimos lentamente, sin mirar atrás, yo siempre esperando el ataque de ira que no se produjo. Nada, a veces hay bombas que no explotan. los caminos del señor son inescrutables. Sobrevivimos. Las manchas de mi jarra, con el tiempo desaparecieron y ahí está, la sigo usando.
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