“Siempre que se hace una historia, se habla de un viejo de un niño o de sí, pero mi historia es difícil: no voy a hablarles de un hombre común…” Silvio Rodríguez

Para la enorme mayoría del pueblo de Cuba, “Rubiera” es el Instituto de Meteorología. Sin embargo para que el Doctor José Rubiera Torres, Director del Centro Nacional de Pronósticos pueda hacer su trabajo hay una persona que garantiza en el anonimato que toda la institución funcione como un reloj, todos le llamamos simplemente Tomás, a secas. Tomás a su vez, cariñosamente, nos llama «mostro» a todos nosotros, sus subordinados, de ahí que buena parte del Instituto de Meteorología, y casi todo el mundo masculino en la sede, ha adoptado esa forma de referirnos y llamarnos los unos a los otros. De ahí que yo diga que mis ingenieros son unos “mostros”, y que me han estremecido un montón de “mujeres-mostras”. Mi primer encuentro con Tomás debe haber ocurrido por allá por el 1986-87. Tomás era el jefe del Centro de Cálculo del Instituto de Meteorología, y el Instituto recién había adquirido las dos primeras «microcomputadoras», PC ensambladas por COPEXTEL bajo el nombre de LTEL-XT. Tomás, que aún demoraría mucho en convertirse en «il Capo di tutti monstri”, accedió amablemente a mostrármelas, pero el diálogo subsiguiente no fue nada halagüeño para mí.
Le pregunté si en la próxima compra esperada de unas 10 LTEL-XT habría alguna para Camagüey, y me respondió lapidariamente–ni en las próximas 100 tampoco, necesitamos muchas para cubrir todas las necesidades de la sede–respuesta que me entusiasmó y me motivó mucho…a buscarla por otro lado. Pero bueno, como siempre, me disgrego en boberías. Hoy quiero hablarles de mi jefe, el Dr. Tomás Gutiérrez Pérez, Director General del Instituto de Meteorología, tal como yo lo veo, y anote el avezado lector que no dije Tomás Leocadio porque a él no le gusta su segundo nombre y yo soy incapaz de mencionárselo.
Mi segundo encuentro cercano con Tomás fue en nuestro natal Camagüey (sí, porque Tomás es camagüeyano, para más camagüeyano, es nacido y criado en el reparto que lleva el nombre del más insigne de los camagüeyanos: Agramonte). Habían venido a Camagüey él y el Dr. Pérez-Parrado a no sé qué actividad de carácter científico (Tomás era subdirector científico del Instituto desde 1981, además de jefe del Centro de Cálculo). Sus poco previsores anfitriones camagüeyanos los habían dejado «colgados» con el asunto del almuerzo, y yo los invité a almorzar al Hotel Camagüeyano de las FAR, lugar muy cercano a nuestro centro, donde yo tenía amistades (sí, que de otra forma eso no se podía «resolver», no había ni paladares, ni cafeterías particulares, ni estatales, en los alrededores en aquel entonces). Cónstele al suspicaz lector que eso no constituyó ningún tipo de guataquería-en-adelanto con quien habría de ser mi jefe muchos años después, por la sencilla razón que en esos días yo tenía rota la Bola de Cristal por falta de una pieza (era rusa, después le he ido adaptando piezas chinas), así que fue una simple cortesía con un par de colegas de La Habana que se habían quedado hambrientos porque no les habían «sacado los tiques» el día anterior.
De todos los que han pasado por ese cargo, Tomás es el más longevo como Director General del Instituto de Meteorología, asumió la dirección en 1996. Resulta inusual que un científico exitoso deje de lado el tan atractivo y placentero mundo académico y se dedique con igual ahínco a administrar una institución donde hay un mucho de servicio, un bastante de investigación, un poco de docencia, un presupuesto muy ajustado y un millón de necesidades, a las cuales, como la Hidra de Lerna, le arrancas una cabeza y le salen dos.
En abril de 1997, cuando vino a Camagüey para la inauguración del flamante MRL-5M, primer radar de operación completamente automática en Cuba, tuvo que tomar la difícil decisión de zanjar un diferendo de larga data entre los ingenieros de Camagüey y los de la sede, y lo hizo como es su característica, breve y tajante: en lo adelante, los ingenieros de Camagüey estarían a cargo de la automatización del resto de los radares del Instituto de Meteorología.
Tomás es un hombre muy sencillo y campechano. A su oficina hay que cambiarle cada dos meses las losas de piso porque soporta un incesante peregrinar de trabajadores (bueno inflexible lector, ya sé que soy un poquito exagerado, pero eso me viene por parte de mi mamá, no lo puedo evitar, además, a los escritores famosos eso se le perdona y se le llama hipérbole). Él, (Tomás, ¿quién si no? que este post no es para hablar de escritores famosos aunque mencione a alguno) se ocupa directamente de multitud de cosas para que la economía doméstica de Meteorología a nivel nacional pueda funcionar con los apretados presupuestos que son dictados por la situación económica de país bloqueado. Prácticamente, Tomás maneja casi todas las compras, casi todo el combustible, y traza cada día las rutas óptimas del parque de transporte de la sede para poder garantizar que se cubran todas las necesidades, en un complejo algoritmo de prioridades que solo él puede llevar en la mente, y lo hace con toda la pericia de quien defendió con brillantez su tesis de doctor en Ciencias Físico-Matemáticas en la Unión Soviética, experto en temas de modelación numérica del Clima. Su modestia lo hace ocultar cuidadosamente sus numerosas distinciones que nadie ha visto jamás, entre las que cuentan que se destacan la Orden Finlay, y el Premio Nobel conferido como miembro del Panel Internacional de Cambio Climático, a mí no me lo crean que nunca las he visto.
Tomás escucha los problemas que le plantean cada uno de sus Directores (Científico, Sistemas Básicos, Económico, de Recursos Humanos y de Administración), así como los problemas que le plantea cada uno de los «Directores Guajiros» (los de las 14 provincias), o los problemas que le planteamos cada uno de los jefes de Centros (Pronósticos, Clima, Meteorología Agrícola, Meteorología Marina, Contaminación, Física de la Atmósfera, Informática y Comunicaciones, Instrumentos y Métodos de Observación, y Radares); pero con la misma atención escucha los problemas de cualquier trabajador que va a verlo: custodios, choferes, cocineros, científicos, meteorólogos, en fin…trabajadores todos. Como nadie en nuestro Instituto, Tomás conoce los problemas de más de mil trabajadores a nivel nacional. A todos nos conoce de nombres y apellidos, y conoce muy bien de nuestras cuitas personales y de nuestras aspiraciones. A todos se preocupa por ayudar con un impresionante sentido de justicia y sensibilidad.
Y sin embargo amable lector…esa imagen de «persona-buena-gente» se esfuma rápidamente en determinadas circunstancias. Tomás es tremendamente exigente y riguroso. No admite la chapucería ni lo mal hecho y es mejor no estar en el pellejo del

«infractor». Tomás no ofende ni falta el respeto, pero realmente es bien desagradable pasar por un episodio de tarea incumplida o mal hecha. Su primer impulso es condenar al reo a ser frito en aceite, la suerte es que nunca ejecuta la medida sin consultar a su Asesora Jurídica (esa especie de Ángel de la Guarda que tenemos los subordinados de Tomás, especialmente los Guajiros, que estamos lejos y nos cuesta más defendernos) que le aguanta la mano con la espada y le enseña la balanza hasta que Tomás reacciona y retoma su habitual sentido de equidad. Claro, debo
aclararle al incrédulo lector, que la otra suerte ha sido que Tomás nunca ha tenido suficiente aceite a la mano…porque sé de casos en que ni Marlen hubiese podido aguantarlo de freír a alguien en aceite, que como se puede dar cuenta mi sagaz lector, es su sanción favorita.
Tomás asumió en un momento en que la institución había consumido todas sus reservas de la época de ayuda soviética, durante los duros años del 91 al 95. Duros no solo por las carencias, sino por la pérdida de institucionalidad. El Ministerio había adoptado una estructura de dirección “horizontal” que recuerdo como lo más fatídico que yo haya vivido en esta institución. Meteorología pasó a ser administrada por los Delegados del CITMA en la provincia. Los recursos de transporte y otros, pasaron a ser “administraidos” por los Delegados hacia las tareas que ellos consideraban priorizadas. Es cierto que en los días del paso de un huracán volcaban todos los recursos de la provincia en función de la Meteorología, pero vi hacer muchas cosas irracionales en aras de supuestas tareas priorizadas, de las cuales ya no queda nada, y que en algunos casos (es mi modesta opinión) fueron en detrimento de la Meteorología y solo sirvieron a algún jefe-arribista para auto-promoverse. Afortunadamente la Meteorología sobrevivió, y esos jefe-arribistas desaparecieron rápido. Las provincias en esa época se habían erigido en una especie de cacicazgos donde las cosas se hacían al modo de cada uno, con un muy débil control desde la sede. Para graficar con un ejemplo que conocí de cerca, les contaré a mis fieles lectores, que en aquellos años algunas provincias-con-radar “negociaban” directamente con nosotros (los ingenieros de Camagüey) para que fuéramos a repararle “su radar”, cuando aún estábamos muy distantes en el tiempo de ser el Centro Nacional de Radares que Tomás crearía años después.
Este fue el panorama que recibió Tomás como director en 1996. Si tuviera que decidirme por algún logro de Tomás entre sus numerosos aciertos como científico diría: Tomás nos ha devuelto una institución unida desde Punta de Maisí hasta Cabo de San Antonio, homogénea, normada, y más fuerte que nunca antes, insertada exitosamente en el panorama nacional e internacional, y eso lo logró motivando y propiciando que todos, a lo largo y ancho del país, pusiéramos lo mejor de cada uno en función del desarrollo de la Institución, y en la imagen adjunta, como muestra de mi confianza hacia mis preciados lectores, le muestro el artefacto secreto que usa para motivarnos:
Tomás ha sido el “domador”, la mano firme que ha conducido a la institución a enfrentar con éxito a numerosas “fieras” desde

1996: Lili, Georges, Irene, Michelle, Isidore, Lili (sí, de nuevo Lili), Charley, Iván, Dennis, Katrina, Rita, Wilma, Ernesto, Gustav, Ike, Paloma, Isaac, Sandy ¿necesita algo más mi insaciable lector para concederle a Tomás un récord “Güines”? No es fácil dirigir 68 estaciones de superficie, 14 Centros Meteorológicos Provinciales, 8 radares, más la sede con más de 300 trabajadores, en medio de la tensión de un huracán, mientras Rubiera da la cara al país ante las cámaras. A veces hay que “desvestir un santo para vestir a otro”, según lo requiera la situación y Tomás lo logra, no con órdenes sino con persuasión, ese es su estilo.
Tomás es un excelente discípulo de Cervantes. Gusta de darle la redacción final a cualquier documento, y todos nosotros, en mayor o menor medida, debemos agradecerle unas cuantas clases de redacción y composición. Sus cartas e informes son claros, pulidos, concisos y elegantes. Y para terminar, que ya he escrito bastante, les digo que Tomás es un cubano de pueblo, Sagitario (igual que yo,
modestia aparte), pícaro y buen conversador. Habla de forma rápida y nerviosa, y es inquieto e hiperquinético, con una resistencia física que no se le calcula a simple vista. Muy austero con todo y con todos, y excesivamente tacaño para mi gusto, especialmente consigo mismo. Es tremendamente tozudo, de modo que uno tiene que emplearse muy a fondo para convencerlo de cualquier cosa, pero con una visión de largo alcance para la Meteorología, que a pesar de no haberla yo compartido en algunos momentos, casi siempre la vida le ha dado la razón a él. Como cualquier hijo de vecino, bebe, baila, bromea, y se divierte como el que más. En fin…Tomás es mi Héroe. Para que mi exigentes lectores entiendan la frase los dejo con una imagen, que bien lo dice el dicho “más vale una imagen que cien volando” ¿o no era así el dicho? en fin, olvídenlo, no vamos a discutir por eso, la imagen (http://climate.envsci.rutgers.edu/Cuba/IMG_3253.jpg) hará que cualquier lector cubano me dé la razón. Y si algún malpensado lector piensa que escribo esto por guataquería con el jefe, le digo rotundamente que se equivoca, que es solo para ver si me aumenta el salario.


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