Hace unos días pasé por el “antiguo” hotel Puerto Príncipe, el que está la Avenida de los Mártires, aquí en Camagüey. Está cerrado, como hotel quiero decir, bueno, para los que lean esto en la posteridad: en la época que Estados Unidos decidió que ya Cuba no podría comprar más petróleo … ni recibirlo por donación. En fin, vayamos al grano, como diría mi compañero de secundaria (sí, de la Ana Betancourt, la que estaba allí mismo, frente al hotel) “opiniones”, el dermatólogo … antes de irse del país, mejor dicho, al grano no, al vino, porque al pan, pan, y al vino, no vino.
El caso es que vendían allí unas botellas de vino ¿Merlot? ¿o Merlín? Bueno, qué más da. El precio: 1400 CUP. El compañero vendedor me dijo —decídete, la están comprando por cajas, los revendedores, allí mismo en la esquina las revende a 2000, un tipo parado allí. Compré un par, me parecieron un buen vinito (el fondillo de la botella era profundo). Al otro día ya no había y en una de las numerosas “quincallas” cerca de mi casa (sí, somos un país-quincalla, en cada cuadra hay 5 o 6 casas, normales, donde se revende de todo), ya lo estaban revendiendo a 3 000 CUP. ¿País de Hombres de Ciencia? ¿Dónde están los inspectores? ¿Dónde está la “protección al consumidor”? 1600 pesos de “ganancia”, de una mano para la otra ¿facturas? ¿documentos de venta? ¿impuestos? Somos un país “duty free”. El paraíso de la especulación. Hacen bien en cerrar el Ministerio de Ciencia, si lo que deben es abrir un ministerio de la revendedera, para proteger al revendedor, digo yo ¿Se imagina mi ingenuo lector lo que sufre el revendedor cargando las cajas de vino de un exhotel a su timbiriche? Bueno, mejor me voy a encender el carbón…



