Radares Mirando al Sur

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Crónica de un asalto desmerengado

Yo tengo varios amigos que se han animado a suministrarme sus escritos (a los cuales yo les doy mi toque personal) para que yo los publique de forma anónima. El primero es el autor de «La Playa…» y «La lluvia…«. Decidimos usar el pseudónimo «Sasisko», que era el nombrete de uno que estudió con nosotros en la Unión Soviética. Sasiski en ruso quiere decir salchichas (en plural, viene del inglés Sausage), y al socito le decían así porque era gordito y se apretaba el cinto que parecía un par de salchichas unidas y los jodedores le pusieron Sasisko. Después se animó otro amigo, y me dio el material para «Ah, les marides» y un poco después, volvió el primero con la enrevesada historia del El déjà vu… Ahora me aparece otro amigo de hace muchos años, que es de aquí, de Camagüey, y que también quiere pasar anónimo y me trae esta dramática situación. Todos ellos juran y perjuran que los relatos son reales; pero bue…también Arencibia decía que la historia del hombre blanco es real. Así pues … sígame para otra historia de Sasisko y saque Usted sus propias conclusiones.

Esto me ocurrió hace ya unos meses. Yo solía ir a comprar pan a las 4 a. m. a la panadería, ahora en manos privadas, del Parque Agramonte –me cuenta Sasisko y yo rememorando los tiempos en que el papá de Mayi, trabajando allí fue vanguardia nacional muchísimas veces, claro, cuando era una panadería estatal, y también me viene a la mente que allí hacían un delicioso pan de huevo, que a veces por el sindicato te daban la oportunidad de comprarlo como estímulo, por solo 3 pesos de la única moneda que había. Desvarío, dejemos que Sasisko siga con su relato.

El caso es que un mal día –sigue Sasisko su relato– cuando iba por Independencia, a eso de las 4 y pico, más o menos frente a la sede de la Andariega, se me acerca un hombre joven y me amenaza con un cuchillito (digo cuchillito, pero su largo bastaba para llegarte al corazón) y me pide celular y cartera. Ya estaba lo suficiente cerca de mí como para ensartarme.

Me volteé un poco hacia él, lloriqueándole pendejamente que no me hiciera daño –continua Sasisko– no sin antes percatarme que cerca de la esquina de Independencia y Martí había otra sombra. Al verme todo nervioso intentando sacarme el teléfono del bolsillo se cambió el cuchillito para la mano izquierda haciendo un movimiento como balanceándolo sobre su eje de arriba a abajo con los dedos, pero sin empuñarlo firmemente, se acercó como para sacarme el teléfono de mi bolsillo derecho con su mano derecha que la tenía libre.

Al hacer esto quedó de lado frente a mí, un poco inclinado –prosigue Sasisko su narración. Era un prieto, más bien delgado, un poco más alto que yo, al intentar sacarme por la fuerza el teléfono con su mano derecha, su rostro, de lado, quedó frente a mi mano izquierda.

Te juro que yo soy tremendo pendejo –me aclara innecesariamente Sasisko, pero fue algo que salió de mi cerebro sin mi autorización directo a mi mano izquierda. Lo golpeé tan duro en la quijada como yo jamás pensé que podría yo golpear a nadie. Crujió todo, se le cayó el cuchillito y él mismo cayó golpeándose duro contra el contén y por mi cuenta, totalmente noqueado. Un golpe lateral en la mandíbula inferior es devastador.

La digo a Sasisko que le creo, en los libros le llaman a eso reacción del cerebro reptiliano, es decir una orden que no se procesa racionalmente. Para una situación de peligro mortal solamente hay tres reacciones posibles: Freeze, Fly, Fight, es decir, te quedas inmóvil, tratas de huir o peleas.

Yo me recuerdo de los lejanos tiempos que practiqué karate –me cuenta Sasisko– el sensei lo decía claramente: ante un cuchillo, huye, así que no sé de dónde coño me salió a mí eso de golpearlo. Una idea totalmente estúpida porque el de la esquina al ver eso venía para arriba de mí y pelear contra un hombre más joven, con un cuchillo, y apercibido es simplemente suicida. Anjá –le digo– ¿y al de la esquina también le ganaste? –le pregunté sarcásticamente.

Sasisko me dice –no, Dios y la virgen me ayudaron –yo no me pude contener y le dije –¿así que te metes con un guapo y corres a esconderte detrás de la virgen? No, después del sopapo al tipo yo estaba temblando, profundamente arrepentido de haberme metido en ese rollo. Lo que pasó fue que por Independencia, como quien viene de la panadería, pero ya atravesando Martí en mi dirección, venían dos HOMBRES, dos obreros, de esos de overol y botas de goma, de esos que siempre traen una guámpara en el caballo de la bicicleta y uno de ellos gritó con voz bien fuerte –¿qué c*j*nes pasa ahí? y aceleraron hacia mí, la sombra de la esquina se escurrió por Martí.

A todas estas, yo reaccionando –continua Sasisko– me viro para ver al que había golpeado, no fuera a ser que me atacara; pero no, se había levantado y corría en dirección a la plaza de Maceo. Los dos hombres se acercaron a mí y uno me dijo –blanquito, escapaste de milagro, ponle una ofrenda a lo que sea que tú creas que te ayudó porque esos tipos te iban a merendar ¿eres cojonú de verdá puro o estás loco? eso se les da el celular y el dinero y listo.

¿Cojonú yo? ¿tú no ves como me piernan las tiemblas? –les dije yo, qué se yo por qué le tiré la trompá si yo soy tremendo pendejo. Ellos esperaron un rato allí y luego caminaron a mi lado por Independencia hasta la Iglesia de las Mercedes, de ahí se montaron y siguieron su camino, porque como podrás imaginar– me comenta Sasisko– no compré pan ni un carajo, es más, nunca más fui a esa hora a comprar pan. Es más, ya me puse alérgico al gluten, total, eso está de moda y el pan está carísimo.

Bueno Sasisko –le dije yo –a la verdad que escapaste ileso de milagro como te dijeron los puros ¿Sabes? Yo sin conocer tu historia había dejado de ir a comprar pan a esa hora, que unos cuantos cuentos similares había oído allí en la cola del pan de esa panadería. La mujer de la panadería se reía de ver en mi jaba a «Evangelio», El Pacificador, un pedazo de madero de jiquí que me acompaña en ese tipo de situaciones desde el período especial, cuando llevaba a mi hija en bicicleta por Saratoga al ballet. De hecho ahora voy mucho más tarde a otro lugar a comprar pan ¿Te imaginas que a uno le den cuatro puñaladas por ir a comprar pan? Tanto estudio en la Unión Soviética para terminar desangrado sobre los adoquines.

Todo este cuento te lo hago en media hora, como en cámara lenta –me comenta Sasisko, pero si duró 30 segundos fue mucho. ¿Ileso dices? –me pregunta Sasisko irritado. La mano izquierda se me puso como se me puso ahora con el Chikungunya, tuve que ponerme hielo toda la tarde y noche. De hecho, los dolores del Chikungunya me empezaron justo por los nudillos de la mano izquierda.

De cualquier modo, yo también creo, amables lectores, que Sasisko o estaba «fumado» o le ha dado por ver muchas películas de Steven Seagal (que dicen que es «postalita») y cree que el chicharrón es carnepuerco. Este Sasisko es un hombre muy serio, que si no, yo pensaría que es otra historia de Hombre Blanco. Aunque esto de los asaltos, lamentablemente se está tornando bastante común en nuestro Camagüey Legendario así que sí, muy probable, sí que es. Tal vez este Sasisko quería quedar anónimo no vaya a ser que los asaltantes lean esto y … Ná, esos ni leer saben, no hay tal peligro.

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