Radares Mirando al Sur

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Trastévere

El trastevere no es sólo un barrio, es la quintaesencia de Roma, con la zona residencial siempre situada en lo alto, hacia el Gianicolo, y la parte más popular entorno al antiguo puerto. En cualquier caso esta orilla derecha del Tíber no quiere perder su identidad a pesar del gran número de turistas. El Trastévere es el decimotercer barrio del centro histórico de Roma, ubicado en la ribera occidental del Tíber, al sur de la Ciudad del Vaticano. Su nombre proviene del latín trans Tiberis, «tras [el] Tíber». Su escudo lleva una cabeza dorada de león en un fondo rojo, de significado incierto. El Trastévere limita en el norte con el XIV rione o barrio de Borgo. No recuerdo cuando me adentré por primera vez en el Trastévere; pero lo cierto es que me atrapó y volví una y otra vez a vagar por sus callejuelas.

Probablemente mis incursiones al mercado de Porta Portese me condujeron a vagar por tan pintoresco lugar. Yo tuve mucho tiempo para curiosear en Roma. No tenía cámara, o más bien sí tenía una, pero se la di a mi hijo para cuando viajara a la Olimpiada de Física en Bolivia. Las cosas que vi caminando por Trastévere solo puedo describirlas pálidamente. Yo conscientemente me alejaba de los emblemáticos lugares turísticos y me adentraba a conocer la esencia de la ciudad, a la vez que me gustaba enzarzarme en conversaciones que pulían mi italiano. Nuca logré confundir a un romano, ellos sabían que yo no era un nativo aunque muchas de mis frases estaban bien pulidas en entonación, pronunciación y gestos (muy importante en italiano), sin embargo, los italianos no lograban ubicarme, me preguntaban si era ruso, alemán, húngaro, inglés; pero a lo de cubano nunca le atinaban.

Me desvío, volvamos al Trastévere. Recuerdo haber visto pequeñas casitas construidas usando pedazos de muros que obviamente databan de los tiempos de esplendor de la Roma de los Césares. Cierto día me senté a almorzar sobre unas piedras de mármol, pedazos que fueron de algo. Mi almuerzo era invariablemente pan con mortadela comprada en el mercado a precio muy bajo y una cocacola re-envasada (sí, yo compraba la de dos litros que costaba casi lo mismo que la botellita pequeña y cada vez que salía me llevaba dos botellitas rellenadas y muy duro que tenía que pelearle a la muchacha que limpiaba para que no me botara las botellitas pequeñas vacías), así pues, volvamos al almuerzo. Mirando los restos de mármoles a mi alrededor pude distinguir un escrito en un pedazo de losa. Me acerqué y leí, se trataba de un epitafio de un bravo soldado de la antigua Roma que sabrá Dios cómo vino a parar a este lugar. que nada tenía que ver con un cementerio. La magia de Trastevere se esconde en sus callejuelas, en las fachadas de sus edificios, en sus rincones inesperados… Resulta un poco raro pero, sin duda alguna, la mejor forma para vivir la belleza de este barrio es perderse por sus calles. Si uno sigue las callejuelas del barrio es como si estuviera en un laberinto.  Al cabo de un rato uno tiene la sensación de estar caminando en una postal. 

El Trastévere tiene incluido en su espacio jurisdiccional el Jardín Botánico de Roma, la colina del Janículo y la Plaza Trilussa. Entre los principales monumentos de este barrio se encuentran: La basílica de Santa María en Trastevere, la Porta de San Pancrazio y la Porta Settimiana (ambas en la muralla Aureliana), las Cárceles de Regina Coeli, la Villa Farnesina, el palacio Salviati, el palacio Corsini y la iglesia de San Pietro in Montorio (en el sitio donde según la tradición fue crucificado el apóstol San Pedro).

Aquí, en una trattoria del Trastévere tuve la tentación más fuerte a pecar que haya tenido nunca. No, malicioso lector, no se trataba de pecado carnal, se trataba de la gula. En un pequeño mostrador, solo un pedazo de madera sobresaliendo como para que cupiera un plato, solían poner una lasagna que olía a Gloria … y pequé, me hicieron entrar y sentarme, pedí la lasagna, la mujer vino y me preguntó –da bere? y le contesté –ná, un vaso vacío donde echar mi cocacola re-envasada, que ya la «derrama» del precio de la lasagna arruinaba mi muy austero régimen de ahorro (que con gusto la hubiera acompañado de un tinto). De ahí mi afición a la lasagna de pedirla en todas partes (buscando rememorar «aquella» lasagna) y que luego un camarero le dijera a una mujer-ladrillo –señora de Rodríguez, se le queda su pedazo de lasagna; pero esa es otra historia, o tal vez no llegó a historia y se quedó allí.

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