
Una historia del Oriente Medio y sus religiones condensada en 40 capítulos. Capítulo 8. El reparto colonial que dibujó las fronteras actuales. Es solo un intento de explicarme a mí mismo los conflictos sobre los que he estado oyendo y leyendo desde pequeño.
En 1914, Oriente Medio era un inmenso mosaico dominado por dos grandes fuerzas: el agotado, pero todavía enorme, Imperio Otomano y las potencias europeas, sobre todo Reino Unido y Francia. Durante casi cinco siglos, los otomanos habían gobernado desde Anatolia hasta Mesopotamia, Siria, Palestina y gran parte de Arabia. Pero en vísperas de la Primera Guerra Mundial el imperio era ya «el enfermo de Europa»: había perdido los Balcanes, estaba endeudado con bancos europeos y apenas podía controlar sus provincias más lejanas.
Dado su debilitamiento, la gran pregunta era: ¿de qué lado se pondría cuando estallara la I Guerra Mundial? La respuesta no fue un error casual, sino una decisión desesperada y calculada. Los líderes otomanos, un grupo nacionalista conocido como los Jóvenes Turcos, veían en la guerra una oportunidad para recuperar su prestigio y frenar a su gran enemigo histórico: el Imperio Ruso. Rusia llevaba siglos intentando hacerse con los estrechos del Bósforo y los Dardanelos, la salida natural del Mediterráneo para los otomanos. Además, Francia y Reino Unido eran aliados de Rusia, así que acercarse a ellos era imposible.

incursión en el Mar Negro fue una salida naval otomana contra puertos rusos en el Mar Negro el 29 de octubre de 1914, apoyada por Alemania, que condujo a la
entrada del Imperio Otomano en la Primera Guerra Mundial
Alemania, en cambio, había cortejado a los otomanos durante años. Les ofrecía inversiones (como el ferrocarril Berlín-Bagdad), asesoría militar moderna y una alianza sin intereses territoriales directos en Oriente Medio. Para los Jóvenes Turcos, aliarse con Alemania era la única jugada posible para evitar ser devorados por Rusia y quizás recuperar territorios perdidos. Así, el 2 de agosto de 1914 firmaron una alianza secreta con el Imperio Alemán. Para forzar la entrada en la guerra, una flota otomana bombardeó puertos rusos en el Mar Negro en octubre de ese año. Fue una apuesta de «todo o nada». Y perdieron.
Mientras tanto, Europa Occidental se expandía sin freno. Entre finales del siglo XIX y 1914, casi toda África fue repartida entre europeos, y el norte de África no fue una excepción. Argelia llevaba décadas bajo dominio francés; Túnez era un protectorado francés desde 1881; Egipto estaba ocupado por los británicos desde 1882, aunque formalmente siguiera perteneciendo al Imperio Otomano; y Libia acababa de ser arrebatada por Italia tras la guerra ítalo-turca de 1911-1912. Incluso Marruecos había sido dividido en protectorados francés y español apenas dos años antes, en 1912.
Fuera del dominio directo, apenas sobrevivían algunos espacios formalmente independientes. Persia seguía siendo un reino soberano, pero desde 1907 había quedado repartido en una zona de influencia rusa en el norte y otra británica en el sur, dejando solo una estrecha franja central realmente autónoma. Algo parecido ocurría en la península arábiga: el interior estaba dividido entre emiratos y tribus —como el Nejd de la familia Saud o el Hiyaz controlado por los hachemíes—, pero las costas del Golfo dependían cada vez más de tratados y protectorados británicos. Londres quería controlar la ruta hacia la India y el acceso al petróleo que empezaba a descubrirse en la región.
La Primera Guerra Mundial terminó de hundir al Imperio Otomano. En plena guerra, británicos y franceses firmaron en secreto el Acuerdo Sykes-Picot (1916), por el cual decidían cómo se repartirían las provincias árabes otomanas una vez derrotado el imperio. El reparto apenas tenía en cuenta la geografía, las identidades locales o las divisiones religiosas: se trazaron líneas sobre el mapa pensando en intereses estratégicos, puertos, rutas comerciales y petróleo.
Tras 1918, aquellas líneas se transformaron en mandatos coloniales. Francia recibió Siria y Líbano; Reino Unido obtuvo Irak, Palestina y Transjordania. Años más tarde, cuando esos territorios alcanzaron la independencia, heredaron casi exactamente las fronteras dibujadas por las potencias europeas. Por eso muchas fronteras actuales de Oriente Medio parecen arbitrarias: no fueron creadas por los pueblos que vivían allí, sino por administradores coloniales que trazaron límites en despachos de Londres y París.
Ese origen explica buena parte de los problemas posteriores. Las nuevas fronteras separaron a pueblos que habían vivido juntos —como los kurdos— y obligaron a convivir dentro del mismo Estado a comunidades muy distintas, como árabes suníes, chiíes, drusos, cristianos y alauíes. Muchas tensiones actuales en Irak, Siria o Líbano no pueden entenderse sin recordar que, en 1914, aquellas regiones no eran países separados, sino provincias de un imperio en decadencia que, pocos años después, sería despedazado y repartido.
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