
Una historia del Oriente Medio y sus religiones condensada en 40 capítulos. Capítulo 9. El Islam por el mundo. Es solo un intento de explicarme a mí mismo los conflictos sobre los que he estado oyendo y leyendo desde pequeño.
Después de lo de las huríes del post anterior, me quedé pensando, tranquilos pervertidos lectores, no es en las muchachas, si no en lo siguiente: bien, el Islam tiene su paraíso, sus doncellas prometidas y su ley; pero el cristianismo también tuvo su propio imaginario para movilizar masas. Y nunca se encontraron en un cara a cara tan sangriento como en las Cruzadas (humm ¿o lo de ahora es más sangriento?). Así que cogí mi máquina del tiempo y me fui a ver de qué iba aquello.
Todo empezó en 1095. El Papa Urbano II da un discurso en Clermont (Francia) y suelta: «Dios lo quiere». Traducción: los turcos selyúcidas (musulmanes) controlan Jerusalén y amenazan al Imperio Bizantino (cristianos ortodoxos, pero eso a Roma le importaba menos que un comino). El Papa necesita canalizar la violencia de los caballeros feudales que se mataban entre sí en Europa y, de paso, reforzar su autoridad frente a los reyes. Bonus: las repúblicas italianas (Venecia, Génova, Pisa) ven el negocio redondo: transporte de tropas, saqueo sistemático y apertura de rutas comerciales con Oriente. Así que la Primera Cruzada (1096-1099) es una mezcla de peregrinación armada, expedición de saqueo y start-up medieval con indulgencias prometidas como inversión inicial.
Los cruzados toman Jerusalén en 1099 y masacran a casi toda la población musulmana y judía (eh, pero ¿no es que eran «cristianos» e iban en plan de «civilizar» a los «infieles»?). Crónicas de la época hablan de ríos de sangre hasta las rodillas. ¿Motivos religiosos? (lean mi post sobre cómo Dios fue del Medio Oriente a Europa…tres veces). Sí, era el pretexto, pero también económicos: los caballeros pobres (segundones sin herencia) se llevarían tierras, botín y esclavos. Los reyes y el Papa se quedan con el prestigio. Y las ciudades italianas con los puertos y las aduanas. Es el feudalismo exportado a Oriente Próximo con sello (cuño decimos en Cuba) papal.
En la Tercera Cruzada, las huestes musulmanas, comandadas por el Sultán Saladino, son derrotadas por el Rey Ricardo I de Inglaterra, sí, Ricardo Corazón de León, el que recorre Inglaterra de incógnito y es amigo de Ivanhoe y de Robin Hood, mi héroe de la niñez gracias al libro de Sir Walter Scott. Ricardo los derrota en las dos grandes batallas del conflicto, en Arsuf (1191) y en Jaffa (1192). A pesar de las victorias militares de Ricardo, Jerusalén siguió en manos musulmanas. La guerra terminó con la firma de un tratado de paz.

Luego vienen más cruzadas (ocho o nueve, según se cuente), cada vez más patéticas.
La Cuarta (1202-1204) ni siquiera llega a Tierra Santa: los venecianos convencen a los cruzados para que saqueen Constantinopla (¿pero cómo? ¿una ciudad cristiana?) porque les debían dinero. El Papa los excomulga, pero luego los perdona porque el botín era demasiado jugoso (poderoso caballero, Don Dinero). Esto te dice todo lo que necesitas saber sobre la «guerra santa» cuando la clases mercantiles manejan el asunto y la Iglesia los apoya.
El gran héroe musulmán que expulsa a los cruzados es Saladino (sí, el de la película Kingdom of Heaven, pero más interesante en la vida real). Saladino era kurdo (vaya, hoy en día los kurdos no tienen un país, andan dispersos y molestos por varios países), no era árabe, pero unificó Egipto y Siria bajo su mando. En 1187 recupera Jerusalén sin la masacre que hicieron los cristianos 88 años antes (dejó salir a la mayoría con rescate y hasta algunos sin rescate). ¿Por bueno? Nada de eso, por pragmatismo político: necesitaba comerciar con los reinos cruzados que quedaban. El tipo era devoto musulmán, pero también un señor feudal que entendía de balances de poder. Los cronistas europeos lo pintaron como «caballero honorable» para justificar su propia derrota – es más fácil perder contra un rival con códigos que contra un «bárbaro».

Las Cruzadas terminan mal para los europeos: para 1291 caen todos los reinos cruzados. El saldo: cientos de miles de muertos, Oriente Medio más escéptico que nunca ante la «cristiandad», y Europa con el gusto por las especias, la seda y el azúcar (productos que antes solo consumían los ricos y que ahora las masas empiezan a pedir). Ese pequeño detalle comercial abrirá la puerta al colonialismo marítimo del siglo XV: si no puedes conquistar Tierra Santa por tierra, rodeas África en barco.
Pero la historia no acaba ahí. Hagamos un spoiler: un avance rápido hasta el siglo XIX. Europa ya no manda cruzados con espadas, sino con compañías de bandera y cañones de retrocarga. El Imperio Otomano (musulmán, pero multiétnico y multiconfesional) controla Oriente Medio. Los europeos –británicos, franceses, rusos– lo llaman «el enfermo del Bósforo». Le van robando territorios uno a uno: Argelia (Francia, 1830), Egipto (control británico de facto desde 1882), Sudán, etc. En 1914, con la Primera Guerra Mundial, los otomanos se alían con Alemania. Error fatal, ya se los conté en el Capítulo 8 de esta saga. Total, ahora los turcos conquistan el mundo a golpe de telenovelas.
Los británicos, maestros del «divide y vencerás», prometen lo mismo a tres bandos: a los árabes (Lawrence de Arabia mediante) que si se rebelan contra los otomanos tendrán su propio reino árabe; a los sionistas (judíos europeos) que les dan una «patria» en Palestina; y a los franceses que se reparten los territorios otomanos en el acuerdo Sykes-Picot (1916). Cuando acaba la guerra, los árabes descubren (Oh Alá Todopoderoso) que los británicos y franceses se han quedado con todo como mandatos coloniales. Siria y Líbano para Francia; Palestina, Jordania e Irak para Reino Unido. El Oriente Medio actual es, en gran medida, un producto de aquel reparto colonial con regla y compás, sin mirar a quién vivía dónde.
Ahí nace el conflicto moderno con dimensión «religiosa», pero que en el fondo es territorial y de clase. El sionismo era un movimiento de colonos europeos (muchos socialistas utópicos, pero también banqueros como los Rothschild) que compraban tierras a terratenientes ausentes árabes (clase feudal) y desplazaban a campesinos palestinos (clase trabajadora).
La lucha por Palestina no es «judíos contra musulmanes», sino un proyecto de asentamiento colonial que utiliza el Holocausto como legitimación definitiva en 1948. El resultado: 750.000 palestinos expulsados (la Nakba), la creación de Israel y décadas de guerra, pero bueno, de eso hablaremos más despacio.
Hoy, el discurso de «choque de civilizaciones» (Oriente musulmán, los malos, contra Occidente cristiano, los buenos) lo utilizan tanto los fundamentalistas islámicos (Al Qaeda, ISIS) como la derecha occidental (Bush, Trump, Orbán). Pero si rascas un poco, los intereses reales son: petróleo, gas, agua, rutas marítimas (Suez, Ormuz, Bab el-Mandeb), venta de armas (EE.UU., Rusia, China, Francia, Reino Unido se forran vendiendo a ambos lados), y control geopolítico frente a potencias emergentes. La religión es el barniz, pero el motor es la acumulación de capital y la lucha de clases internacional.
Así que cuando oigas a un político decir «las Cruzadas demostraron el eterno conflicto entre Occidente y el Islam», recuerda que los primeros cruzados eran segundones en bancarrota que iban a saquear porque en Europa no había tierra para todos (la misma idea de las patentes de corso inglesas). Y cuando oigas «defendemos a Israel como bastión de la civilización judeocristiana», recuerda que los mayores aliados de Israel hoy son las monarquías del Golfo (musulmanas) que venden petróleo y odian a los movimientos populares árabes (la primavera árabe, Hamas, Hezbolá) porque amenazan sus tronos y sus yates.
Resumiendo: Las Cruzadas fueron el primer gran negocio colonial europeo, con indulgencias como criptomoneda de la época. Saladino fue un pragmático kurdo que sabía que el comercio es mejor que la guerra santa. El imperialismo del XIX-XX disfrazó de «misión civilizadora» y «guerra santa» lo que era robo de recursos. Y el presente nos vende un «choque de civilizaciones» para ocultar que los que ganan siempre son los mismos: las élites que controlan el petróleo, las armas y los medios. La religión es solo la fachada, no la esencia…digo yo, Usted, sagaz lector, saque sus propias conclusiones.
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