
Una historia del Oriente Medio y sus religiones condensada en 40 capítulos. Capítulo 12. ¿Por qué no quieren a los judíos? Es solo un intento de explicarme a mí mismo los conflictos sobre los que he estado oyendo y leyendo desde pequeño.
Pensará mi intransigente lector que me desvío al hablar ahora de los judíos en Europa; pero no, lo que diré sigue siendo muy pertinente al tema del Oriente Medio. Hablemos claro: al judío, en Europa, no lo quería ni su sombra. Y no me refiero solo a los nazis, que llegaron tarde al festín, sino a los reyes que los expulsaban para quedarse con sus ahorros, a los papas que los confinaban en guetos para que no «contaminaran» el alma cristiana, a los campesinos que los masacraban en pogromos para desahogar su miseria y sus frustraciones y, cómo no, a los grandes escritores que los convirtieron en el arquetipo del avaro, el traidor o el hereje. ¿La razón? Pues ninguna que resista el mínimo análisis, pero sí una función social muy clara: la de servir de chivo expiatorio, esa válvula de escape que las sociedades necesitan para justificar sus propias mezquindades. En este capítulo no vamos a llorar sobre el Holocausto —que merece otro post aparte, y ya llegará—, sino a rastrear las raíces de ese rechazo milenario, ese odio que convirtió al judío en el «culpable» perfecto, el enemigo al que siempre se podía achacar cualquier cosa. Entender por qué nadie los quería es el primer paso para entender por qué, al final (¿o eran así desde el principio? ¿causa o efecto?), ellos mismos decidieron que no querían a nadie más. Bienvenido a la historia del chivo expiatorio más rentable de Occidente.
El estigma del Deicidio: El Odio como Doctrina
La raíz más antigua de este rechazo es teológica. Durante casi dos milenios, la Europa cristiana alimentó la acusación de «deicidio», es decir, la idea de que los judíos eran el pueblo que había asesinado a Cristo (todavía muchas personas piensan eso). Esta acusación fue «el pase de entrada» para una exclusión sistemática, convirtiendo al judío en el «malvado» religioso por excelencia (como si un judío de hoy tuviera la culpa de lo que hicieron sus con-nacionales hace más de 2 mil años), el hereje irredento que se negaba a convertirse. Esa mancha, incrédulo lector, no se borraba con nada.
El Negocio Redondo de la Usura: De Prestamistas a Indeseables
Pero el verdadero meollo, el que ata la religión a la economía de manera diabólica, se cocinó en la Edad Media. Mientras la Iglesia (cristiana) prohibía a sus feligreses prestar dinero con interés, los reyes y nobles necesitaban crédito para sus guerras y caprichos. ¿Quién podía prestar? Los judíos, porque su ley no se lo prohibía.
Así, los judíos se convirtieron en los banqueros de la realeza. Y aquí viene la trampa maestra: cuando el rey necesitaba dinero, protegía a «sus» judíos. Cuando no podía pagar o la crisis arreciaba, los señalaba como chivos expiatorios, los expulsaba o directamente los masacraba para quedarse con sus propiedades y cancelar sus deudas.
- Inglaterra 1290: El rey Eduardo I, tras endeudarse con ellos, decretó el Edicto de Expulsión. Todos los judíos fueron desterrados, y la orden no se levantaría oficialmente hasta casi 400 años después.
- España 1492: Los Reyes Católicos firmaron el Edicto de Granada, dando a los judíos la opción de bautizarse o irse. La expulsión de la mayor y más antigua comunidad judía de Europa fue el colofón de un siglo de persecuciones.
Este mecanismo era un negocio redondo: el judío era útil mientras prestaba, y odiado cuando cobraba. El pueblo «de a pie», endeudado con los prestamistas judíos, los odiaba con razón, pero no veía que los verdaderos beneficiarios eran los reyes y nobles que los usaban como esponjas fiscales.
El Infierno en la Zona de Asentamiento: El Siglo del Pogromo
Esta lógica feudal saltó por los aires con el capitalismo, pero el odio, como las malas hierbas, encontró un nuevo suelo. En el Imperio Ruso del siglo XIX, las cosas alcanzaron un nivel de barbarie sistemática que aún hiela la sangre. Los zares, maestros en el arte de buscar chivos expiatorios para sus propias crisis, establecieron la «Zona de Asentamiento» (Chertá), un gueto gigante en las fronteras occidentales del imperio donde confinaron a millones de judíos, prohibiéndoles vivir en el interior de Rusia.

Y de vez en cuando, para desahogar las tensiones sociales y la envidia campesina, azuzaban a la población contra ellos, organizando auténticas cacerías humanas conocidas como pogromos (del ruso pogrom, «devastación»). En estos ataques, las turbas asesinaban, violaban y saqueaban comunidades enteras con la pasividad o el apoyo de las autoridades zaristas. El antisemitismo, lejos de ser un fenómeno marginal, era una política de Estado
La literatura como espejo del odio: un repaso de clásicos incómodos
Conviene detenerse en la literatura, que tan bien refleja —y a menudo, alimenta— los prejuicios de su tiempo. Porque si uno se pone a leer, verá que el judío avaro y malvado es un personaje recurrente en el imaginario occidental, desde los albores de la Edad Media hasta bien entrado el siglo XX. Aquí van algunos ejemplos que aún recuerdo, que siempre he sido un empedernido lector, lo que pasa es que desde hace muchos años solo leo sobre radares meteorológicos y electrónica:
Inglaterra
- Geoffrey Chaucer, Los cuentos de Canterbury (c. 1387-1400): Ya en el siglo XIV, Chaucer incluyó en su obra maestra el famoso Cuento de la Priora, una historia antisemita en la que unos judíos asesinan a un niño cristiano por cantar un himno a la Virgen María. La imagen del judío como asesino ritual de inocentes cristianos (el llamado «libelo de sangre») quedó así grabada a fuego en la literatura europea.
- Christopher Marlowe, El judío de Malta (c. 1590): El dramaturgo isabelino, coetáneo de Shakespeare, nos legó a Barabas, un judío riquísimo, maquiavélico y sin escrúpulos que envenena a su propia hija por dinero. El crítico T.S. Eliot la definió como una «salvaje farsa». Un retrato, como mínimo, problemático.
- William Shakespeare, El mercader de Venecia (c. 1596-1597): ¡Cómo no! Aquí tenemos a Shylock, el prestamista judío que exige una libra de carne del cuerpo de un cristiano como garantía de una deuda. El propio Harold Bloom, el gran crítico literario, lo dejó claro: «Uno tendría que estar ciego, sordo y mudo para no reconocer que la obra es profundamente antisemita». Aunque algunos directores modernos intenten reivindicar a Shylock como víctima, el consenso académico es que Shakespeare reflejó (y popularizó) los prejuicios de su época: la codicia y la maldad como esencias judías.

- Walter Scott, Ivanhoe (1819): Como usted bien recordaba, mi querido lector, Scott nos presenta al judío Isaac de York, un prestamista retratado con tintes codiciosos y serviles, aunque la novela también incluye a la heroica y bella Rebeca como un contrapunto. Un ejemplo perfecto del ambivalente (y a menudo contradictorio) antisemitismo romántico.
- Charles Dickens, Oliver Twist (1837-1839): Llegamos al siglo XIX y nos encontramos con Fagin, el líder de una banda de niños ladrones, descrito como «el judío» en múltiples ocasiones y acusado de perpetrar los estereotipos más grotescos del judaísmo. Dickens, que más tarde intentó expiar su error borrando el término «judío» para referirse a Fagin en ediciones posteriores, no pudo evitar crear uno de los personajes más dañinos y perdurables del antisemitismo literario.

Francia
- Marcel Proust, En busca del tiempo perdido (1913-1927): La gran obra de Proust refleja el antisemitismo de la alta sociedad parisina de la Tercera República, especialmente a raíz del Caso Dreyfus (ese affaire que partió a Francia en dos). La familia del protagonista, por ejemplo, rompe relaciones con el amigo judío Swann tras su conversión. La filósofa Hannah Arendt consideró a Proust un «testigo y acusador» de este fenómeno social.

- Louis-Ferdinand Céline, panfletos antisemitas (1937-1941): Aquí el asunto se pone turbio. Céline, un genio literario innegable, publicó tres panfletos virulentamente antisemitas (Mea Culpa, Bagatelas para una masacre, La escuela de los cadáveres) donde defendía abiertamente el exterminio de los judíos. Su legado literario sigue siendo un debate incómodo: ¿puede separarse al genio del monstruo?.
Rusia Imperial
- Nikolái Gógol, Taras Bulba (1835): En esta novela histórica sobre los cosacos, los judíos son representados como enemigos primitivos, poco fiables, interesados únicamente en el dinero, y los héroes cosacos se dedican a masacrarlos sin piedad. El propio Gógol, descendiente de cosacos, no mostró ningún atisbo de crítica hacia esa violencia.
- Iván Turguénev, El judío (1847): Un relato donde el protagonista, un oficial ruso, humilla y tortura a un pobre músico judío solo por el placer de ejercer su poder sobre alguien «inferior». Un ejemplo temprano del antisemitismo visceral que impregnaba a las élites rusas.
- Fiador Dostoievski, Diario de un escritor (1873-1881): Aquí el genio ruso nos muestra su faceta más oscura. En sus artículos periodísticos, Dostoievski vertió comentarios profundamente antisemitas, acusando a los judíos de explotar al pueblo ruso y de ser una «plaga» para la nación.

¿Y en la Unión Soviética qué?
La URSS de Lenin y Trotsky fue un oasis teórico en medio de este desierto de odio. En sus primeros años, el antisemitismo fue declarado una «manifestación de la ignorancia y la opresión de clases». Se prohibió y se persiguió, porque para un marxista, señalar al judío como culpable de los males era una estupidez reaccionaria que desviaba la lucha contra la burguesía. Pero ese paraíso ideológico duró poco.
Bajo el mandato de Stalin, el «antisionismo» se convirtió en un pretexto elegante para el antisemitismo de toda la vida. Los años finales del régimen estalinista estuvieron marcados por campañas antisemitas encubiertas, como la del «cosmopolita sin raíces» y el complot de los médicos, en la que se acusó a un grupo de doctores, muchos de ellos judíos, de conspirar para asesinar a Stalin.
De mi época de estudiante (1976 a 1981) ya he contado un par de impresiones. En la primera toqué el tema de las nacionalidades y en la segunda hablé sobre mis talentosos (para las matemáticas) compañeros de estudios judíos. El caso es que no, no los querían, ahora narraré una breve anécdota para que mis lectores entiendan por qué.
Los rusos, bueno, al menos los rusos de la era soviética, cuando yo estudié, solían ser muy crédulos, muy ingenuos, personas sin gota de malicia. Para narrar la anécdota tengo que hacer un paréntesis. En la Unión Soviética no entraba ninguna transmisión de radio o de televisión proveniente del extranjero. Para enterarte de las noticias tenías que esperar por las transmisiones oficiales y las más trascendentales tenían que esperar al noticiario estrella de la televisión (Vremia) en la tarde/noche.
Sucede que había habido un encuentro de hockey sobre hielo (el deporte más seguido por los soviéticos, o al menos, uno de los más seguidos) entre las selecciones de la Unión Soviética y Checoslovaquia, los dos líderes mundiales del hockey aficionado del mundo; pero para conocer el resultado, había que esperar al noticiario Vremia en su edición estelar.
En la mañana, en el horario de receso de clases, se armó la consabida discusión sobre quién ganaría y cuál sería el marcador. Uno de los judíos propuso una apuesta (con dinero) y retó a todo el mundo. Enseguida otro judío se erigió como réferi de la apuesta y una vez pactadas las condiciones (quién gana y cuál score) se recogió el dinero. Cada quién hizo su apuesta-predicción. Los rusos, mayoritariamente apostaban porque ganaba la selección soviética y variaban en el resultado final. Varios judíos apostaron también.
Por la noche se sabría el resultado y al otro día en clases se zanjaría la apuesta. Con un resultado del encuentro deportivo muy inesperado y sorpresivo, ganó la apuesta uno de los judíos, los otros perdieron estrepitosamente, igual que los rusos.
Nosotros, los cubanos, no apostamos, pero presenciamos la «maniobra» (les comento a mis lectores que nosotros, los cubanos, solemos ser desconfiados y pícaros, a diferencia de nuestros compañeros de estudios rusos). Nosotros vimos venir «la jugada» y hasta alertamos a los amigos rusos y ellos hicieron caso omiso, se dejaron llevar por la provocación. El resultado del encuentro deportivo había sido muy improbable, solo podría acertar en todo quien lo supiera de antemano.
Jugada sucia. Sucede que si disponías de un receptor de radio muy especial, con una antena direccional, en determinadas condiciones de propagación, podías «pescar» transmisiones europeas extranjeras. Fíjense que solo un judío apostó por el resultado correcto, los demás judíos, todos en componenda para dar verosimilitud a la apuesta, «le hicieron la pala» al ganador y se repartieron las ganancias.
Lo peor, es que semejante comportamiento lo repitieron en diferentes ocasiones, abusando de la credulidad de nuestros compañeros rusos, comportamiento clásico de estafadores. Por cosas como esa, no los amaban.

Alik Shajsubarov, un azerbaidzhano de mi aula, me contó que estando en la movilización de recogida de papa, a él se le traspapeló el tubo de pasta de diente y le pidió a su vecino de litera más cercano (un judío) que le untara un poco en el cepillo, este le respondió —no, la pasta es un objeto «de uso personal». Tacaño —sentenció Alik.
Yo les dejo constancia de que yo no tengo ningún sentimiento antisemita ni antijudío (pero sí antisionista, pero eso ya lo veremos en otro post). Mi tutor de la tesis de grado, Borís Mijáilovich Stepenski, era judío (terminó emigrando a Israel años después). En mi importante pasantía en Nalchik, tuve a un tutor-inspirador en el judío Lev Grigorievich Kaplan (el mismo apellido de la judía que le hizo el atentado a Lenin) en el tema del procesamiento de señales, y durante muchísimos años, mi mentor en la Meteorología de Radar y gran amigo fue el judío Isztar Zawadzki, nacionalizado canadiense y Profesor de la Universidad McGill, uno de los grandes-grandes de la Meteorología de Radar en el mundo. Tengo otros ejemplos personales y hay una abultada cantidad de genios positivos de la Humanidad de origen judío (Marx, Einstein, Feynman, Bohr, Kubrick, Spielberg, Modigliani, Freud, John von Neumann, Bob Dylan y hasta el mismísimo Lenin tuvo un abuelo judío, en fin, la lista es muy larga), es innegable que abundan las personas muy talentosas entre los judíos.

Para que entiendan mi compromiso los dejo con una foti que me tiró una fan el día del duelo con el caballero templario en el Juicio de Dios, yo iba como defensor de la bella y valiente doncella judía, Rebeca de York (que decían que estaba «puesta pa mi», pero yo «estaba puesto» pa la otra, la rubita). Bueno, ya se los dije, yo me tomaba en serio lo de la lectura. En un regalo de Reyes Magos (cuando ya yo sabía que los Reyes eran los padres) tuve una armadura como la de Ricardo Corazón de León, eso me hizo muy feliz, sostuve muchos duelos (no lo comento mucho para no estropear a mi maltrecha modestia) con los chamacos en mi natal Reino de Florat que colinda con la entonces independiente República Autónoma de Timbalito (pa los que no conocen Camagüey, dos barrios de mala reputación).

La Sublimación del Odio: El Holocausto y el Nacimiento de un Estado
Todo este odio, el religioso, el económico y el racial, confluyó en la primera mitad del siglo XX para producir la catástrofe definitiva. El nazismo, señor lector, no inventó el antisemitismo; lo «sublimó», lo perfeccionó con una «ciencia» racial y lo aplicó con una eficiencia industrial que la humanidad no había visto jamás. Los nazis se basaron en siglos de sentimientos antijudíos para llevar a cabo el genocidio. El Holocausto no fue solo una locura de un demente, sino la culminación lógica de una ideología que había estado gestándose en el corazón de Europa durante siglos, la expresión más brutal de ese «odio milenario» del que les he hablado. Hitler, si no hubiera contado con un apoyo mayoritario no habría podido ejecutar su macabra política de exterminio (no solo de judíos).
Judíos por el mundo. Población y riqueza en la actualidad
Se estima que la población judía mundial a principios de 2026 es de aproximadamente 15.8 a 16.5 millones de personas. Esta cifra representa solo el 0.2% de la población total del planeta. La gran mayoría de la población judía se concentra en dos países:
- Israel: ~7.2 a 7.7 millones (cerca del 45% del total).
- Estados Unidos: ~6.3 a 6.5 millones (cerca del 40% del total).
- Otros países: Francia (~438,000), Canadá (~400,000) y el Reino Unido (~313,000) completan los primeros lugares. Facebook +3
Riqueza y porcentaje de millonarios
No existe una cifra global exacta y única sobre qué porcentaje de todos los judíos son millonarios, pero diversos estudios ofrecen datos por regiones y categorías de riqueza:
- En el mundo (Millonarios): Los judíos representan aproximadamente el 1.7% del total de millonarios a nivel mundial.
- En Estados Unidos (Porcentaje local): Es donde se registran los niveles más altos de riqueza per cápita. Se estima que alrededor del 33% de las familias judías en EE. UU. tienen un patrimonio neto de al menos 1 millón de dólares. Además, el 46% de los judíos en este país percibe ingresos anuales superiores a los $100,000.
- Multimillonarios (Billionaires): A pesar de su pequeña población global, los judíos tienen una representación desproporcionada en las listas de grandes fortunas. Se estima que aproximadamente el 9.1% al 11% de los multimillonarios del mundo son judíos.
- Presencia en el Top 10: En 2025, se reportó que 5 de las 10 personas más ricas del mundo según Forbes eran de origen judío (incluyendo a Mark Zuckerberg, Larry Ellison y Larry Page).
Mi nunca bien ponderado lector, hemos recorrido juntos un camino nada agradable. Hemos visto cómo, desde los albores de la literatura europea hasta bien entrado el siglo XX, el judío fue el comodín perfecto: el usurero de Shakespeare, el criminal de Chaucer, el monstruo de Marlowe, el explotador de Dostoievski, el enemigo de la patria en Francia y el chivo expiatorio favorito de los zares en Rusia. Y todo ello, insisto, sin que mediara el delito por su parte, salvo el imperdonable de ser diferentes, de no encajar en el molde de la cristiandad, de manejar sin escrúpulos el dinero que a la nobleza le daba vergüenza tocar. Fueron, en definitiva, la víctima perfecta para un sistema que necesitaba explicar sus propias contradicciones.
Les he expuesto hechos y verdades incómodas, Usted, lea, investigue, pregúntele a su IA favorita y luego saque sus propias conclusiones, como decía el periodista Eduardo Dimas.
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