
Una historia del Oriente Medio y sus religiones condensada en 40 capítulos. Capítulo 24. Hezbolá y el Líbano. Es solo un intento de explicarme a mí mismo los conflictos sobre los que he estado oyendo y leyendo desde pequeño.
El Líbano nunca fue un país, sino un pacto de élites religiosas para repartirse el botín. Mientras Beirut brillaba, los chiítas del sur vivían bajo bombas israelíes sin hospitales ni escuelas. En ese polvorín apareció Hezbolá: una organización armada con dinero iraní que les dio a los olvidados lo que el Estado jamás ofreció. Los medios los llaman «terroristas». Sus seguidores, «resistencia». La realidad, como siempre, está en el medio. Sígame y le cuento lo que he averiguado sobre este monstruo de mil cabezas.
El rompecabezas sectario del Líbano
Antes de hablar de Hezbolá, hay que entender una rareza: el Líbano no es una nación en el sentido clásico, sino un acuerdo de caballeros entre élites religiosas que lo han mantenido en un equilibrio inestable durante casi un siglo. Los franceses, cuando crearon el «Gran Líbano» en 1920, no inventaron un país; inventaron una fórmula de reparto que asegurara que ninguna comunidad pudiera dominar a las demás. El resultado fue un Estado débil por diseño.
El Pacto Nacional (1943): El presidente sería maronita (cristiano), el primer ministro suní, y el jefe del parlamento chií. Cada comunidad tendría su cuota de poder, como una tarta que nunca crecía. Durante décadas, esta repartija funcionó a base de clientelismo: los líderes sectarios distribuían favores y empleos públicos a cambio de lealtad. El Estado no era un árbitro, sino un botín.
El desequilibrio demográfico: Los chiítas, que en 1932 eran el 19% de la población, se convirtieron en la mayoría absoluta hacia los 80 gracias a su mayor tasa de natalidad. Pero el poder seguía en manos cristianas y suníes. Los chiítas del sur y el valle de la Bekaa eran los «campesinos olvidados», sin carreteras, hospitales ni escuelas. Mientras Beirut brillaba con sus bancos y hoteles, el sur vivía bajo bombardeos israelíes (desde los 70) y ocupación palestina.
La guerra civil (1975-1990): Ese polvorín estalló. No fue una guerra, sino varias superpuestas: cristianos contra palestinos, izquierdistas contra derechistas, sirios contra todos. El saldo: 150.000 muertos, 17.000 desaparecidos, y un país saqueado. La invasión israelí de 1982 no fue el comienzo de la crisis, sino su culminación.
Cuando Hezbolá apareció ese mismo año, no llegó a un vacío, sino a un rompecabezas que llevaba décadas esperando una pieza así: una organización chiíta armada, disciplinada y con dinero fresco de Irán, que ofrecía a los marginados del sur lo que el Estado libanés jamás les dio: dignidad, servicios y la promesa de echar a Israel. El resto de la historia es como sigue.
El Nacimiento en el Caos (1982-1990): La «Revolución Islámica» se encuentra con la invasión israelí
La historia de Hezbolá empieza donde el Líbano se desangraba. La guerra civil (1975-1990) ya había fragmentado al país, pero la invasión israelí de 1982 fue el parteaguas. En medio del caos, y con el impulso de la reciente revolución iraní, nació el «Partido de Dios» para luchar contra la ocupación israelí en el sur del Líbano. Los manuales de historia hablan de su primera acción, un atentado contra el cuartel de marines de EE.UU. en 1983 que mató a 241 soldados y forzó su retirada. Eso fue su carta de presentación al mundo: una fuerza disciplinada y dispuesta a todo.
La Máquina Política y Social: El «Estado de los Pobres»
Si solo miras los misiles, no entiendes nada. Hezbolá consolidó su poder no a golpe de AK-47, sino a punta de servicios y discurso. Los chiítas del sur y el valle de la Bekaa eran la clase olvidada del Líbano; Hezbolá los organizó con una eficacia que el Estado libanés jamás tuvo. Construyó un sistema paralelo:
- La Red de Apoyo: Escuelas, hospitales, clínicas y agencias de desarrollo que atendían a los suyos mientras el gobierno central era un teatro de peleas sectarias.
- La Banca de la Resistencia: Un sistema financiero informal que permitía enviar remesas y mover dinero sin pasar por los bancos corruptos del país.
La Evicción de Israel y el Punto de Inflexión (2000-2006)
En el año 2000, tras años de desgaste, Israel se retiró del sur del Líbano. Fue la primera gran derrota del ejército israelí a manos de una guerrilla árabe. Esto catapultó a Hezbolá al estrellato en el mundo islámico. El segundo gran hito fue en 2006: cuando Israel intentó aplastarlos, la milicia resistió 34 días, lanzó cientos de cohetes contra Haifa e impidió la derrota. La guerra técnicamente fue un empate y dejó al primer ministro libanés diciendo que su país estaba «destrozado», pero Hezbolá salió con la moral por las nubes.

El dilema del poder: de la resistencia a la élite feudal
Este es el giro dialéctico que le da el toque. Hezbolá perdió legitimidad cuando pasó de ser «defensor del sur» a ser la espada de Damasco en Siria. En 2011, entró en la guerra siria para salvar a Bashar al-Asad, aplastando a rebeldes suníes. Para Occidente y la monarquía saudí, se convirtió en una «organización terrorista sectaria». Para los chiítas de la región, seguía siendo un escudo, pero ya no era solo la vanguardia, era también el guardián de un régimen aliado de Irán.
El Nuevo Oriente Medio: La guerra asimétrica total (2023-2026)
La debacle económica del Líbano (2020) y los recortes presupuestarios de Irán tensaron la cuerda. Pero fue la guerra de Gaza en 2023 lo que llevó a Hezbolá al borde de una guerra total. Durante un año, mantuvo un goteo constante de ataques de bajo nivel contra las fuerzas israelíes en la frontera, una presión calculada. Sin embargo, la dinámica explotó con violencia en la primavera de 2026. La campaña dejó cerca de 38,000 hogares destruidos y provocó el regreso negociador de las partes a la mesa de diálogo semanas después; pero el precio pagado fue altísimo en vidas y recursos.
El declive y la «crisis de la Resistencia»
Pues bien: el dinero se acabó. Irán, agobiado por sanciones, ha tenido que ajustar el grifo del financiamiento. Esto ha provocado que Hezbolá tenga que recortar becas universitarias a los huérfanos de sus propios combatientes, una medida insólita que habla de quiebra interna. Mantener ese imperio social cuesta millones, y las donaciones han caído. Los señores feudales chiítas, que dependían de este flujo de capital iraní para comprar lealtades, ahora sufren el descontento de sus bases, que ven que la «revolución» no paga las facturas.

La Gran Paradoja: El Partido que Atrapó al Estado
El truco final de Hezbolá fue institucionalizar su poder. Bloquea la elección de presidentes, controla ministerios clave y mantiene un ejército paralelo que supera en armamento al ejército regular libanés. En agosto de 2025, el gobierno libanés votó a favor de desarmar a las milicias, un gesto que sonó hueco en las calles de Beirut. La cuestión es que la mayoría de los chiítas libaneses los defienden, pero la oposición interna y la presión internacional empujan a su desarticulación.
La «Resistencia» contra las cuerdas
Hezbolá se enfrenta a su peor crisis existencial de los últimos 40 años. Ni la guerra de 2006 ni la guerra de Siria los doblegaron, pero la sequía de recursos económicos combinada con la presión militar sostenida en el sur lo está haciendo. Su futuro depende de si Irán puede reactivar la chequera o si el Líbano es capaz de reconstruir un Estado que los deje obsoletos.
Es la misma historia que en Yemen: un grupo de marginados se vuelve fuerte, se profesionaliza, desafía a las potencias, y luego, cuando sus finanzas se colapsan, el imperio empieza a desgastarse.
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