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Oriente Medio: 37. El agua, el nuevo petróleo – y el papel de los beduinos

Una historia del Oriente Medio y sus religiones condensada en 40 capítulos. Capítulo 37. El agua en el Oriente Medio.  Es solo un intento de explicarme a mí mismo los conflictos sobre los que he estado oyendo y leyendo desde pequeño

Cuando hablamos de Oriente Medio, el pensamiento vuela al petróleo. Pero hay un recurso más escaso, más estratégico y potencialmente más letal: el agua. La región es la más sedienta del planeta, pero no todos sufren igual. Y en ese desequilibrio se esconde una de las claves geopolíticas menos contadas de los próximos conflictos.

Irán, la potencia hídrica que nadie menciona

En una región de desiertos y wadis secos, Irán es una anomalía bendecida por la geografía. Sus montañas Zagros y Elburz capturan la humedad del mar Caspio y del golfo Pérsico, alimentando ríos permanentes y acuíferos profundos. El resultado: Irán posee aproximadamente el 62% de los recursos hídricos superficiales de Oriente Medio.

Mientras Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Catar dependen en más de un 50% de plantas desalinizadoras (tecnología cara, energívora y vulnerable), Irán puede beber de sus propios ríos. Esta asimetría no es un detalle técnico; es un arma de disuasión silenciosa.

En las escaladas previas a la guerra de 2026, fuentes de inteligencia israelíes y saudíes filtraron advertencias inquietantes: Irán habría identificado como objetivos prioritarios las plantas desalinizadoras del Golfo. Un ataque coordinado con misiles o drones contra media docena de estas instalaciones podría dejar sin agua potable a millones de personas en cuestión de días. No se necesitaría una bomba nuclear para colapsar a los países del Consejo de Cooperación del Golfo; bastaría con cortarles el grifo.

Esta amenaza, creíble y aterradora, ha condicionado la estrategia militar de Estados Unidos y sus aliados. ¿Por qué no se ha escalado más rápido contra Irán? Porque cualquier ataque a gran escala podría desencadenar la represalia hídrica, y nadie está preparado para gestionar una crisis de sed en pleno verano del Golfo.

Los beduinos: los dueños del desierto que ya sabían cómo sobrevivir sin desalinizadoras

Orlando El Escriba en un cameo con Lawrence de Arabia en la película de Peter O Toole y unos beduinos al fondo.
Cameo del Orlando El Escriba en la película Lawrence de Arabia cuando encontramos un pozo gracias a los beduinos y yo trato de anotar sus coordenadas secretas.

Si ven la película ‘Lawrence de Arabia’, fíjense bien en la escena del cruce del desierto del Nefud. Cuando Lawrence salva al beduino que se cayó del camello, allí estoy yo, intentando anotar la coordenada del pozo secreto. Lawrence me dice: «Orlando, deja de escribir y coge la cantimplora». Yo le respondo: «No puedo, mi tinta se evapora más rápido que el agua en este infierno». Al final, compartimos la última gota y yo aprendo que un escriba sin agua no escribe nada, y un beduino sin agua no es nadie.

Aquí es donde conviene recordar a los beduinos. Antes de que el petróleo trajera riqueza y desalinizadoras, antes de que los rascacielos brotaran del desierto, los beduinos llevaban siglos viviendo donde otros no podían. Su nombre en árabe, badawī (بدوي), significa «habitante del desierto» o «nómada». Durante milenios, recorrieron las áridas extensiones de la Península Arábiga, el desierto sirio, el Sinaí y el Sáhara, sin más tecnología que su conocimiento profundo del terreno y del agua.

Su sabiduría era asombrosa:

  • Pozos secretos que solo ellos conocían, transmitidos de generación en generación.
  • Qanats (canales subterráneos) que captaban el agua de los acuíferos y la conducían sin evaporación.
  • Lectura de las estrellas para anticipar lluvias y mover sus rebaños.
  • Una ética de hospitalidad que obligaba a compartir el agua con cualquier viajero, porque en el desierto la supervivencia es colectiva o no es.

Hoy, los beduinos son una minoría marginada en casi todos los países de la región. En Israel, los beduinos del Néguev llevan décadas luchando por el reconocimiento de sus aldeas no oficiales. En Arabia Saudí, muchos han sido sedentarizados a la fuerza. Pero su legado persiste: mientras las ciudades del Golfo cuelgan de un hilo tecnológico (desalinizadoras + petróleo), los beduinos eran resilientes porque no dependían de una sola fuente.

El coronel beduino con gafas: Gadafi y el agua como arma política

Muammar al -Gaddafi elucubrando sus planes geopolíticos basados en el agua.

No podemos hablar de beduinos y agua sin recordar a Muhammad al-Gadafi, el excéntrico dictador libio que se autodenominaba «el coronel beduino con gafas». Gadafi hacía gala de sus orígenes nómadas (pertenecía a la tribu de los Qadhadfa, del desierto de Sirte) y utilizó el agua como arma geopolítica en varias ocasiones.

Su obra faraónica fue el Gran Río Artificial (GMR), una red de tuberías y acueductos que extrae agua fósil de los acuíferos del sur de Libia y la lleva a las ciudades costeras. Lo llamó «el octavo mar del mundo» y lo presentó como un regalo de los beduinos a la nación. Pero también amenazó con cortar el Nilo a Egipto si el entonces presidente Hosni Mubarak no atendía sus demandas. Nunca lo ejecutó, pero la amenaza era creíble: Libia comparte cuenca con el Nilo y, en teoría, podría haber interferido en sus canales.

Gadafi, con sus túnicas coloridas, sus tiendas de campaña beduinas montadas en Nueva York y sus discursos interminables, era un personaje caricaturesco, pero entendía una verdad que sus vecinos preferían ignorar: quien controla el agua, controla la vida.

Una reflexión final: ¿y si la modernidad nos hizo más frágiles?

Los países del Golfo han construido su prosperidad sobre dos pilares vulnerables: el petróleo (cuyo precio fluctúa; pero, además, depende del pazo por el Estrecho de Ormuz) y las desalinizadoras (cuyo funcionamiento depende de la electricidad y de repuestos importados). Un solo ataque cibernético o un misil podría dejar a Dubái, Doha o Kuwait City sin una gota de agua en menos de una semana.

Los beduinos, en cambio, sobrevivieron milenios sin desalinizadoras ni gasolina. Sabían leer las nubes, conservar el agua en pieles de cabra y encontrar pozos donde nadie más veía nada. No eran más pobres que nosotros; eran más resilientes.

Quizá, en lugar de mirar solo a los satélites y a los contratos militares, deberíamos recordar al coronel beduino con gafas y preguntarnos: ¿qué sabemos nosotros que ellos ya sabían? Porque cuando la guerra o el clima golpeen de verdad, la tecnología fallará, pero la sabiduría del desierto… esa perdura.

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