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«Rage Bait», el brete indignante sublimado por la IA

Hay un fenómeno que está redefiniendo la guerra cognitiva del siglo XXI. No son misiles, no son tanques, no son ciberataques a infraestructuras críticas. Es más sencillo y más difícil de combatir: es la indignación fabricada poir la IA

Los expertos lo llaman «rage bait» (cebo de ira). En su definición más simple, es contenido diseñado específicamente para provocar una reacción emocional intensa, generalmente de enfado, frustración o indignación. Funciona porque el algoritmo de las redes sociales premia el engagement —comentarios, compartidos, reacciones— y nada genera más engagement que la ira. Es un bucle perfecto: el contenido indigna, la gente reacciona, el algoritmo lo amplifica, más gente se indigna.

El «rage bait» no es nuevo. Es la versión digital del sensacionalismo de la prensa amarilla, la fórmula que ya usaba William Randolph Hearst en 1898 para fabricar el consenso a favor de la oportunista guerra hispano-estadounidense frustrando la independencia cubana. Pero la inteligencia artificial lo ha transformado en algo cualitativamente distinto. La IA ha convertido el «rage bait» en la fábrica de indignación más eficiente jamás construida.

Por qué la IA cambia las reglas del juego

El «rage bait» tradicional tenía limitaciones. Necesitaba periodistas, redactores, equipos de producción. Era caro, lento y difícil de personalizar. La IA ha eliminado todas esas barreras y ha añadido tres ingredientes que convierten este fenómeno en un arma de destrucción masiva cognitiva:

1. Escala. Lo que antes requería un equipo de redacción, ahora lo genera un solo usuario con un prompt. Una imagen, un vídeo, un texto que antes llevaba horas o días, ahora se produce en segundos. La capacidad de generar contenido indignante es prácticamente infinita. Cualquiera, usando la IA se vuelve caricaturista o «cineasta».

2. Personalización. La IA puede segmentar las audiencias y adaptar el mensaje para maximizar la indignación en cada grupo específico. No se trata de lanzar el mismo mensaje a todo el mundo. Se trata de lanzar el mensaje exacto que va a indignar más a cada persona, en el momento preciso, en el formato adecuado. Es como el bretero de barrio que va y le dice una cosa diferente a cada persona para provocar querella. Existen algoritmos que monitorean reacciones ciudadanas, segmentan poblaciones por vulnerabilidad psicológica y adaptan mensajes tóxicos a cada grupo.

3. Realismo. Las imágenes, los vídeos y los textos generados por IA tienen un nivel de verosimilitud que difumina la línea entre lo real y lo fabricado. Ya no hace falta un estudio de cine o un equipo de efectos especiales. Cualquier persona con acceso a Midjourney, DALL-E o Sora puede crear contenido que parece auténtico.


El algoritmo no elige bando

Pero aquí está lo más perturbador de todo esto: la IA no distingue entre amigos y enemigos. Es un amplificador neutral de la indignación.

El problema no es que la IA cree desinformación (aunque también). El problema es que la IA convierte el «rage bait» orgánico en un arma de destrucción masiva cognitiva, y lo hace para todos los bandos a la vez.


El ejemplo cubano: un laboratorio de guerra cognitiva

En las últimas semanas, Cuba se ha convertido en un caso de estudio preocupante de este fenómeno. Y no por los políticos o los diplomáticos, sino por dos figuras públicas que, tal vez sin pretenderlo, se han convertido en la materia prima perfecta para el «rage bait» industrial.

Uno de ellos es Raúl Guillermo Rodríguez Castro, alias «El Cangrejo» . Jefe de la guardia personal de su abuelo y, según publicaciones extranjeras, «el hombre más importante del régimen». Hace unos días circuló la noticia de que había concedido una entrevista a un medio estadounidense —aunque nadie ha visto el video, solo descripciones sobre su modo de vida y sus supuestas declaraciones— en la que se presentó — dicen— que dispuesto a negociar con Donald Trump el futuro de Cuba. Supuestamente, dijo que «Cuba quiere una relación con EE.UU.», aunque advirtió (recalco que supuestamente, no hay evidencias de si hubo entrevista y lo que dijo, solo hay una descripción de esta) que «no aceptará imposiciones».

El otro es Sandro Castro, el nieto del otro Castro. Un influencer que se viste de vampiro, se hace llamar «Vampirach», bebe cerveza en cámara y publica indignantes videos en los que aparece con gafas de sol de grife en el único apartamento iluminado de su barriada, mientras a su alrededor hay apagón. Además, está generando imágenes con IA para burlarse de su primo, usando herramientas de IA para crear escenas satíricas que luego se viralizan.

Ambos tienen algo en común: son perfectamente irritantes para amplios sectores de la población. El Cangrejo enfada a la oposición porque es, supuestamente, un heredero del régimen, que negocia con el enemigo a espaldas del exilio. Pero enfada también a los revolucionarios, porque negocia sin mandato reconocido y rompe el protocolo del silencio familiar. Sandro enfada a los que ven en él el símbolo privilegiado de su familia, aduciendo supuesta meritocracia; pero también a los que consideran que su frivolidad es una burla a la crisis actual que sufre el pueblo.

Es decir: ambos logran lo que pocos consiguen: enfadar a los dos bandos a la vez, a tirios y troyanos, a clarias y gusanos. Son la materia prima perfecta para el fenómeno del «rage bait».


Cuando la IA convierte la anécdota en arma de guerra

Pero no es solo que Sandro publique imágenes generadas por IA. Es que en las últimas semanas, los feeds y grupos de WhatsApp en Cuba se han llenado de «fantasías de intervención» generadas con IA: imágenes que muestran a Cuba como una mujer cautiva o una niña liberada por un protector estadounidense, ciudades renovadas mágicamente con estatuas de Trump, escenas que convierten la intervención militar en un «dulce rescate» y a partir de ahí empezaríamos a vivir en el mítico País de Jauja.

El canciller cubano, Bruno Rodríguez, lo ha denunciado con claridad meridiana: esos contenidos «no son imágenes inocentes, no son dibujitos. Son piezas de una guerra sicológica dirigida a normalizar y apoyar la agresión». Y ha puesto el dedo en la llaga: «cambian las herramientas, pero no la política imperial de los Estados Unidos». En 1898, la prensa sensacionalista de Hearst utilizó imágenes, titulares y caricaturas para fabricar consenso a favor de la intervención de los Estados Unidos en la guerra de liberación del pueblo cubano contra España. Hoy, esa vieja lógica reaparece mediante algoritmos, redes sociales e inteligencia artificial.

La analogía es perfecta. La IA es el nuevo Hearst digital y muy rápido, capaz de fabricar consenso a velocidad de máquina. Y el «rage bait» que generan personajes como El Cangrejo y Sandro Castro es la materia prima perfecta para ese consenso.


Todos se creen que ganan, pero todos pierden con la crispación

En este ecosistema, la indignación no beneficia a un solo bando. Todos ganan con la crispación y todos pierden con ella. Y la IA es el amplificador que hace que todos los bandos se sientan más fuertes y más amenazados a la vez. Es como las broncas de barrio entre dos personas, que los espectadores azusan por el puro placer del espectáculo de dos tipos dándose golpes … la herencia del circo romano.

  • Para el régimen cubano, las imágenes de IA que muestran una intervención estadounidense son la prueba de que el enemigo está preparando una invasión.
  • Para la oposición en el exilio, las mismas imágenes son la confirmación de que el cambio está cerca. Son el combustible para la esperanza y la movilización política en favor de una intervención militar del ejército de los EE.UU., no de ellos, por supuesto, largamente anhelada.
  • Para la administración Trump, la indignación que generan personajes como El Cangrejo y Sandro es el caldo de cultivo perfecto para cualquier narrativa intervencionista.

No es una guerra de dos bandos. Es un ecosistema de indignación donde cada pieza de «rage bait» —una supuesta entrevista, un video de un influencer disfrazado, una imagen de IA de una Cuba liberada— alimenta a todos los actores, en todos los frentes y predispone a una intervención.


El peligro real: la personalización del «rage bait»

El salto cualitativo que aporta la IA no es solo la escala. Es la personalización. Como han documentado investigaciones recientes, existen algoritmos que segmentan poblaciones por vulnerabilidad psicológica y adaptan mensajes tóxicos a cada grupo.

Para el cubano que vive en la isla y sufre apagones: la imagen de Sandro con su casa iluminada «como un arbolito de navidad». Para el exiliado en Miami que añora su tierra sin el gobierno revolucionario: la imagen de una Cuba con estatuas de Trump. Para el activista opositor: la supuesta entrevista de El Cangrejo negociando a espaldas del exilio. Para el revolucionario fiel: la misma entrevista, pero presentada como un escamoteo de los canales oficiales dándole un papel protagónico a alguien que no ha hecho méritos para eso.

Cada uno recibe su dosis personalizada de indignación. Y cada uno reacciona. Y el algoritmo registra esa reacción y afina el mensaje para la próxima vez. Esto ya no es propaganda. Esto es ingeniería de la indignación. Y la IA es la herramienta que lo hace posible.


¿El fin de la guerra de trincheras?

Lo que estamos viendo en Cuba es un ensayo general de lo que vendrá en todas partes. Porque el «rage bait» no es un fenómeno cubano, es un fenómeno global. El partido de extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD) ya ha desarrollado un software impulsado por Gemini, OpenAI y Claude que genera «rage bait» a gran escala. Y no es el único. Tampoco es una herramienta exclusiva de la extrema derecha.

El canciller alemán, Olaf Scholz, protagonizó en junio de 2023 un episodio que ilustra cómo el «rage bait» puede ser generado incluso desde el poder. Durante un festival de su partido en Falkensee, un grupo de manifestantes le gritó consignas pacifistas acusándolo de belicista. Lejos de ignorar la provocación, Scholz perdió los estribos y, en un inusual arrebato de ira, les respondió a gritos — «belicista es Putin». El momento se volvió viral y los comentaristas lo calificaron de «arrebato de ira militarista» que, para algunos, evocaba «los tiempos más oscuros de la historia alemana». En esencia, Scholz tomó el «cebo de ira» de los manifestantes y lo devolvió amplificado, generando un ciclo de indignación que fue devorado por los algoritmos de inmediato. La lección es clara: el «rage bait» no entiende de ideologías ni de jerarquías, ni de país. Cualquiera puede ser su generador o su víctima.

La nueva batalla no se libra en una invasión por una playa, sino en los algoritmos de recomendación de Instagram, Twitter y WhatsApp. El objetivo no es conquistar territorio, sino conquistar la mente del ciudadano, sembrando la indignación suficiente para que se movilice (o se desmovilice) a favor de una idea.

El «rage bait» no es nuevo. La propaganda no es nueva. Pero la IA ha hecho posible lo que antes era impensable: una guerra cognitiva personalizada, a escala industrial, en tiempo real y sin necesidad de un ejército. Solo hace falta un par de personajes públicos con teléfono móvil, acceso a Midjourney y una audiencia dispuesta a indignarse.

Y mientras todos miramos a El Cangrejo y a Sandro, y discutimos si son agentes del régimen, títeres de Washington o simplemente dos buscadores de atención, la IA sigue haciendo su trabajo: amplificando la indignación, difuminando la línea entre realidad y ficción, y convirtiendo la tragedia de un país en un reality show.


La pregunta que nadie está haciendo

Llegamos al final con una pregunta incómoda: ¿estamos ante el fin de la guerra de trincheras y el comienzo de la guerra de «clics»?

Porque si el campo de batalla es el algoritmo, y la munición es el «rage bait», entonces los ejércitos no son necesarios. Los generales no son necesarios. Solo hace falta un influencer con 160.000 seguidores, acceso a inteligencia artificial y un público dispuesto a indignarse.

Claro, mi opinión personal es que las RRSS no son la vida real. Hace falta más que indignación digital para organizar una invasión militar a un país.

¿Y quién gana con esto? Supuestamente todos ganan, pero en realidad todos pierden. Porque en un ecosistema de indignación, todos los bandos se sienten fortalecidos, pero todos pierden la capacidad de distinguir lo real de lo fabricado, lo verdadero de lo verosímil, lo importante de lo viral. Ese es el apaorte de la IA.

Como dijo Bruno Rodríguez: «Nuestro pueblo no necesita salvadores ni acepta tutelajes. La soberanía de Cuba no se decide en laboratorios de propaganda, ni en plataformas digitales, ni en despachos de Washington».

Pero la pregunta que deberíamos hacernos es más amplia: ¿quién decide la soberanía cognitiva de un país? ¿Y qué hacemos cuando esa soberanía se decide en el feed de un influencer con acceso a inteligencia artificial? ¿Debemos permitirlo? ¿Quién debe poner coto a eso?

Yo solo puedo aconsejar — No os dejéis provocar (como decía el General Resoplez en el animado de Juan Padrón, Elpidio Valdés en campaña de verano). Pero si desafortunadamente se produjera una intervención, diría como Elpidio Valdés —Caballero, al machete y con la lú apagá.

Leo sus opiniones en los comentarios, si desean hacerlos y piensen ¿es buena o es mala la Inteligencia Artificial? ¿o las malvadas son las Redes Sociales o los que las usan para una cosa o la otra?

Retorno una y otra vez a las palabras de Julius Fucik al pie del patíbulo —Hombres os he amado. Estad alertas.

Este artículo forma parte de una serie de artículos sobre inteligencia artificial, geopolítica y guerra cognitiva. Puedes leer los anteriores aquí.


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