La URSS desarrolló su propio radar bajo presión extrema. Descubre la historia de sus pioneros, sus sharashkas y su legado en Cuba.
Mientras en 1935 Robert Watson‑Watt calculaba mentalmente la potencia necesaria para fulminar una oveja con un «rayo de la muerte», en la Unión Soviética ya llevaban varios años escuchando los ecos de los primeros pulsos de radio. La historia del radar soviético no nació con una tormenta de ideas sobre pilotos enemigos, sino con un experimento tan académico como ambicioso: medir la altura de la ionosfera.
A mediados de los años 20, los físicos soviéticos ya aplicaban el principio del eco por radio para estudiar las capas superiores de la atmósfera. En 1934, Yuri Kobzarev —un joven investigador de apenas 20 años— logró captar el primer eco de radio reflejado por un avión, demostrando sin lugar a dudas la viabilidad de la radiolocación (el término en ruso que los soviéticos prefirieron al de «radar»). Aquel eco, obtenido después de nueve largos años de intentos, marcó el punto de partida de un programa tecnológico que cambiaría la defensa del país. Síganme y les cuento lo que yo sé.
Los primeros guardianes del cielo
Impulsado por el hallazgo de Kobzarev, en 1935 la Dirección de Artillería del Ejército Rojo encargó al joven ingeniero Pável Oshchepkov la creación de un dispositivo capaz de detectar aeronaves enemigas a distancia. Oshchepkov, que solo tenía 26 años, diseñó el «electrovizor» —o «radio‑trampa de aviones»—, un sistema de ondas continuas que en 1937 fue probado con éxito y bautizado como RUS‑1 («Radioulavlivatel’ Samolyotov») . Conocido también como «Reven’» (Ruibarbo), esta estación funcionaba como una alambrada electromagnética en el cielo: cuando un avión cruzaba su haz, saltaba una alarma. Aunque técnicamente rudimentario, fue el primer radar soviético producido en serie y se desplegó en 45 unidades antes del inicio de la Gran Guerra Patria (foto de la portada).
Pero el verdadero salto llegó con la RUS‑2 «Redut» . Con un diseño impulsado por Kobzarev y Oshchepkov, este radar de pulsos de ondas métricas podía detectar un bombardero a más de 100 kilómetros. Entró en servicio en 1940 y, con sus 607 unidades fabricadas durante la contienda, se convirtió en el radar más numeroso del Ejército Rojo.
El drama de los pioneros: genio, represión y lucha
La creación del radar soviético no fue una línea recta de éxito, sino una épica salpicada por la sombra alargada de la gran purga estalinista. Pável Oshchepkov, el impulsor del primer programa, fue detenido en 1937 acusado de «trotskismo y sabotaje» y condenado a diez años de gulag. Se salvó de la pena de muerte gracias a la intervención de un comisario que lo reclamó para seguir trabajando en la electrónica en condiciones de «zona». Paradójicamente, la represión no detuvo el radar: lo aceleró. La urgencia militar ante la creciente amenaza de la Luftwaffe y las durísimas condiciones de trabajo en los centros penitenciarios de investigación —las famosas sharashki— también forjaron avances que abrieron brechas en el muro de la Ciencia. Fue el caso del ingeniero naval Aksel Berg, que tras pasar 19 días arrestado fue liberado para convertirse en 1940 en el primer responsable del flamante Consejo de Radiolocalización, el organismo que centralizó y coordinó todo el esfuerzo soviético de detección por radio.
Esta situación paradójica —genios que trabajaban bajo sospecha para defender a un régimen que los vigilaba— es uno de los rasgos más dramáticos y humanos de la epopeya del radar soviético.
La carrera por la microonda: el magnetrón que nunca fue
El arma secreta que convirtió al radar en una tecnología decisiva fue el magnetrón de cavidad resonante: un pequeño bloque de cobre que multiplicaba por cientos la potencia y precisión de las ondas. Todos sabemos la historia del magnetrón británico que cruzó el Atlántico en una caja de latón. Pero lo que muy pocos conocen es que los soviéticos ya tenían su propio diseño avanzado.

En 1940, los ingenieros Alekseev y Malyarov construyeron en Leningrado un magnetrón de múltiples cavidades de diseño original y características sobresalientes. Investigaciones recientes demuestran que esta «mikrovolnovaya ustanovka» era única y que, muy probablemente (bueno, según opiniones rusas), fue el modelo que sirvió de inspiración a los diseños occidentales, y no al revés. Sin embargo, el caos de la invasión alemana de 1941 y la evacuación forzosa de las fábricas a los Urales impidieron que el magnetrón soviético alcanzara la producción masiva y la fama internacional de su homólogo inglés. Un «hubiera» que probablemente cambió el curso de la guerra electrónica.
En el frente: lecciones aprendidas a sangre y fuego
Cuando la Wehrmacht cruzó las fronteras soviéticas en junio de 1941, los RUS‑1 y RUS‑2 fueron desplegados a toda prisa alrededor de Moscú. Aunque permitieron detectar incursiones enemigas, enseguida se vieron sus carencias: alcance limitado, vulnerabilidad a las interferencias y una integración deficiente con la red de defensa antiaérea, que provocó que muchos aviones enemigos se perdieran entre la detección y el ataque.
La experiencia de combate fue un baño de realismo tecnológico. El radar por sí solo no ganaba batallas si no estaba bien integrado. Los ingenieros soviéticos aprendieron sobre la marcha a mejorar sus equipos, pero también a copiar y a adaptar la tecnología aliada.

A través del Préstamo y Arriendo (Lend-Lease), la URSS recibió radares británicos y estadounidenses que, tras ser analizados, sirvieron para impulsar sus propios desarrollos. El resultado fue una nueva generación de radares —como el Gneiss‑2, el primer radar aerotransportado soviético— que entró en servicio en 1942 equipando a los cazas nocturnos Pe‑2 y Pe‑3.
Epílogo: la cosecha de la victoria
Al terminar la guerra, la Unión Soviética no era líder mundial en radar, pero había cerrado la brecha a pasos agigantados. La lección estaba clara: la radiolocalización era una tecnología imprescindible. El impulso continuó en los años 50 con sistemas como el P‑3 «Pegmatit» , el primer radar tridimensional de la URSS, y con la creación de institutos especializados y una industria potente que convertiría al radar en uno de los pilares tecnológicos de la Guerra Fría.

Pero, sobre todo, la epopeya del radar dejó una enseñanza más profunda: que la ciencia y la tecnología, aun bajo regímenes autoritarios y en medio del caos bélico, logran encontrar caminos para avanzar. El eco de aquel primer pulso de radio de 1934 resonó durante décadas, asegurando que los cielos de la Unión Soviética no estuvieran completamente indefensos cuando la tormenta llegó.
Mi experiencia personal
Pero aquella herencia tecnológica no solo se quedó en los manuales militares; décadas después, aquellos ecos de guerra encontraron una nueva vida en la meteorología civil, y yo tuve la suerte de tocar esa historia con mis propias manos.
Al comenzar a trabajar en el Centro Meteorológico de Camagüey , en 1981 trabé conocimiento profundo con el radar ARS-3, que estaba allí desde 1966 y recién había sido modernizado. Era un antiguo radar militar SON-4 convertido después de la guerra en un radar meteorológico. Fue el segundo radar que entró a Cuba. A su vez, estos SON-4 provenían del aquel acuerdo de Préstamo y Arriendo con los Estados Unidos, en particular del modelo SCR-584.

Las puertas del vagón en que empaquetaban estos radares tenían un cierre con palancas, que eran dificiles de manipular, había que conocer el truco y tener cierta maña.
Resulta, que en mi visita científica a NCAR en los Estados Unidos, tuve la oportunidad de trabajar con el radar Doppler y Polarimétrico S-Pol.
Al finalizar el primer día de trabajo, yo che non voglio essere di troppo. como dice un amigo italiano (es decir, que no me gusta hacer el remolón), fui y cerré las puertas del vagón del radar (con una palancas de manipulación que seguían el mismo sistema del ARS-3). Mi anfitrión, el Dr. Jeff Keeler, al verme, exclamó asombrado —Eh ¿dónde aprendiste eso?— entonces le conté la historia del viejo ARS-3.
Bibliografía para explorar el radar soviético
Si la historia te ha cautivado y quieres profundizar, la literatura en ruso ofrece un universo fascinante de memorias y análisis técnico:
- M. M. Lobanov, Мы – военные инженеры (Nosotros, los ingenieros militares): Memorias de uno de los máximos responsables del desarrollo del radar en la URSS.
- M. M. Lobanov, Развитие советской радиолокационной техники (Desarrollo de la tecnología de radiolocalización soviética): Obra de referencia con enorme aparato documental.
- Yu. B. Kobzarev, Создание отечественной радиолокации (La creación de la radiolocalización nacional): El testimonio directo del hombre que captó el primer eco de radio.
- V. Mlechin, На передних рубежах радиолокации (En las fronteras avanzadas de la radiolocalización): Relato de un testigo directo.
- B. K. Shembel’, У истоков радиолокации в СССР (En los orígenes de la radiolocalización en la URSS): Un estudio detallado de los años 30.
En este artículo les narro otra de las acciones que enmarco en mi serie de artículos bajo el nombre de La Brecha en el Muro. Sucesos que cambiaron cosas importantes en el mundo y en Cuba.

Esta narración es un homenaje a aquellos científicos e ingenieros que, bajo condiciones extremas, supieron ver más allá de las nubes. La historia del radar soviético es un recordatorio de que la innovación no entiende de ideologías, sino de personas. Y de que, a veces, el rayo más poderoso no es el que mata, sino el que salva.

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