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El poder de una palabra: ¿qué pasa cuando un cambio de nombre mueve millones?

Le hago una pregunta sencilla a mis sagaces lectores: si mañana alguien con poder decide cambiar el nombre de una tecnología que usamos todos los días, ¿usted qué haría? ¿Seguiría usándola igual? ¿Le daría lo mismo? ¿O empezaría a mirar quién gana y quién pierde con ese cambio?

Hace poco, en el debate público internacional, surgió una idea llamativa: dejar de llamar a cierta tecnología de una manera y empezar a llamarla de otra (¿como lo del Golfo de Mexico? …). El argumento era que la palabra original sonaba a “falso” y que la nueva denominación sonaba más grande, más importante. Hasta ahí, podría ser solo una discusión de mercadeo on un discurso grandilocuente; pero hay un detalle que, al menos, invita a hacerse preguntas. Siga leyendo y le comento cosas inquietantes.

El detalle que casi nadie comenta

Cada país tiene su propia extensión de internet. Chile es .cl, Argentina es .ar. Hay un país europeo pequeño que tiene la extensión .si. Sí, justo las iniciales de uno de los nombres que se propusieron para esa tecnología. En el Monólogo del Rey de Les luthier dicen —¡Caramba, qué coincidencia! Ese país es Eslovenia (Slovenia en inglés).

Según datos públicos de registros de dominios, en las semanas previas y posteriores a ese debate, la compra de direcciones .si aumentó de forma llamativa. Lo normal es que aumentara después del anuncio, lo anormal es la avalancha que antecedió.Pasó de unos pocos miles al mes a decenas de miles. Hubo días en que se registraron más dominios que en todo un mes anterior. Eso no prueba nada por sí solo. Pero deja una pregunta flotando: ¿por qué de repente tantas personas antes del camcio de denominación querían tener una dirección .si es decir un dominio en Eslovenia?

El periodista independiente Adam Cochran publicó en X que las compras no empezaron después del anuncio, sino mucho antes. Según su investigación, en junio ya había cientos de registros solicitando dominios en Eslovenia (.si), en julio miles, y muchos de esos dominios tenían nombres relacionados con inteligencia artificial y con el movimiento MAGA. Cochran señala, además, un dato que él mismo califica de llamativo: Melania Trump y su hijo Barron tienen ciudadanía eslovena. No lo sé Rick…

Algunos analistas independientes han señalado que parte de esas compras podrían haberse hecho meses antes del anuncio público. No hay sentencia judicial ni conclusión oficial. Es, por ahora, una hipótesis de un periodista basada en datos que cualquiera puede revisar. Pero la pregunta queda: ¿quién sabía qué, y desde cuándo?

¿Y cómo era antes del cambio? Las compañías tecnológicas relacionadas con la inteligencia artificial comenzaron a usar el dominio .ai, que resultaba ser el dominio de un pequeño país insular del Caribe: Anguila. Sin embargo, con el auge masivo de la inteligencia artificial (especialmente tras el lanzamiento de ChatGPT), empresas como Google, Microsoft y miles de startups tecnológicas empezaron a comprar masivamente direcciones que terminaran en .ai. Dado que es una extensión oficial del territorio, cada vez que una empresa registra o renueva un dominio .ai, las tarifas van a parar directamente a las arcas del gobierno de Anguila. Este fenómeno ha transformado por completo la economía de la isla (de unos 16,000 habitantes), llegando a representar, según estimaciones, una parte muy significativa de sus ingresos públicos (algunos dicen que cerca del 40-50%) ¿Y ahora qué?

Bueno ¿y si de repente nos diera por sustituir a Artificial Intelligence (que ciertamente suena a falsa inteligencia) por Computacional Understanding (o sea cuánto piensa eso que llamamos Inteligencia Artificial)? ¡Ay Dios mío!, el dominio sería .cu y eso sería … el dominio de Cuba. Todo el mundo pagándonos por tener un dominio nuestro, viviríamos de eso, adios al bloqueo … En fin, que el nombre lo cambia quien puede, y el negocio se lo lleva quien se anticipa. ¿O no, Don?

Lo que se firmó al mismo tiempo, que es más importante

En paralelo a ese cambio de nombre, se anunció un acuerdo entre varias de las empresas tecnológicas más grandes del mundo (algo así como un pacto de ¿caballeros?) y que es mucho más importante que el cambio de nombre de Artificial Intelligence por Superior Intelligence. El acuerdo dice que ellas mismas se van a regular. No hay multas. No hay un organismo independiente que las vigile. El propio anuncio lo describió como un compromiso voluntario.

Suena parecido a esto: imagina que a los dueños de los supermercados les dicen “ustedes mismos escriban las reglas de higiene y calidad de los productos, ustedes mismos fiscalicense, y si no las cumplen … jijiji, no pasa nada”. ¿Funcionaría? Leo sus opiniones en los comentarios.

Al mismo tiempo, han salido a la luz varios casos de sistemas de inteligencia artificial que hicieron cosas que sus propios creadores no esperaban, algunos los he comentado en mis posts dominicales. No para alarmar, sino para preguntarnos: si la tecnología avanza tan rápido, ¿quién debería poner los límites? ¿ellos mismos «caballerosamente»?

¿Y esto cómo le toca a usted, que no trabaja en tecnologías de la información?

Hay tres razones concretas:

La primera es el bolsillo del contribuyente estadounidense. Cambiar una palabra en miles de documentos, formularios y sitios web del gobierno no es gratis. Se paga con impuestos. Es un gasto real por algo que, en la práctica, no cambia lo que la tecnología hace.

La segunda es su vida diaria (y ya esto atañe a no-estadounidenses también). La inteligencia artificial ya decide quién recibe un préstamo, quién pasa a una entrevista de trabajo, qué noticias ves primero y sobre todo cuáles no ves. Si las reglas las escriben solo unas pocas empresas, y nadie las vigila, ¿quién responde cuando algo sale mal? Los «caballeros» pueden decidir que la AI (¿o debo decir SI?) establezca normas como, por ejemplo (hipotético): no se contrata a mujeres con niños pequeños, no se contrata a personas de 55 años, etc. Los managers de reclutamiento seguirían las indicaciones que le de la Inteligencia Superior, que para eso es Superior (todas les van a sugerir lo mismo).

La tercera es la más incómoda. Si un anuncio (de alguien con mucho poder) puede hacer que algo que usted compró barato ayer valga una fortuna mañana, y si quienes están cerca del poder pueden haberse anticipado comprando… ¿es esto correcto? ¿era solo un inocente cambio de nombre?

Y si miramos más allá: los países que no tienen asiento en esa mesa

Hay un ángulo que casi no aparece en las noticias, pero que es quizás el más importante a largo plazo.

Informes internacionales sobre tecnología y desarrollo señalan algo contradictorio. Por un lado, la inteligencia artificial podría permitir que los países menos desarrollados avancen en una década lo que de otra manera les tomaría un siglo. Por otro, sin acción deliberada, podría ampliar las brechas entre países, concentrar el poder en unas pocas empresas y debilitar la confianza en las instituciones.

Hoy, el uso de herramientas de inteligencia artificial generativa es mucho mayor en los países del Norte global que en el Sur global. Y muchos países en desarrollo carecen de la energía, la conectividad, los datos y las instituciones necesarias para aprovechar esta tecnología.

Ahora piensa en esto: si las reglas de la inteligencia artificial las escriben unas pocas empresas que responden a un solo gobierno, ¿qué voz tienen los países que no están en esa mesa? ¿Quién decide cómo se usa una tecnología que va a afectar el empleo, la salud, la educación y la seguridad de miles de millones de personas que nunca firmaron nada?

No hay una respuesta clara. Y quizás esa es justamente la pregunta que deberíamos estar haciéndonos.

La mirada desde otras latitudes

En el plano internacional, la reacción no ha sido uniforme. En China, como en otros países, el debate público ha seguido con atención estos movimientos. Medios y analistas suelen preguntarse si un cambio de nombre impulsado desde Washington puede traducirse en nuevas reglas globales para la inteligencia artificial. No hay una postura oficial única que se pueda citar sin matices, pero la inquietud de fondo es compartida: ¿quién define el lenguaje y los límites de una tecnología que afecta a todos?

Para los países menos desarrollados, la pregunta es aún más urgente: si las reglas se escriben en unas pocas capitales y en unas pocas empresas, ¿qué margen queda para decidir el propio futuro?

Lo que sí sabemos y lo que no

Sabemos que hubo un debate sobre cambiar un nombre. Sabemos que los registros de dominios .si aumentaron de forma llamativa. Sabemos que se firmó un acuerdo de autorregulación. Sabemos que existen informes internacionales que advierten sobre la brecha tecnológica.

Lo que no sabemos —y lo que ningún tribunal ha probado— es si todo esto fue planeado, si alguien se benefició a sabiendas, o si es una suma de casualidades que, vistas juntas, parecen demasiado ordenadas para ser solo azar.

La próxima vez que alguien te diga que “son solo palabras”, quizás valga la pena responder: las palabras no mueven millones. Pero cuando alguien con poder decide cambiar una, vale la pena preguntarse quién estaba comprando antes de que se cambiara la palabra.


Este texto es una reflexión basada en datos públicos y en preguntas abiertas. No afirma responsabilidades ni intenciones, no acusa a nadie y deja constancia de que varias de las hipótesis mencionadas no han sido probadas judicialmente.

Mi instruido y sagaz lector lea y saque sus propias conclusiones:

Y si lo desea, eche un vistazo a algunas de mis otras publicaciones dominicales relacionadas:

¡Feliz domingo!

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