Radares Mirando al Sur

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El que no trabaja no come

«Aquel que no trabaje no podrá comer» o «El que no quiera trabajar, que no coma»,  es un aforismo bíblico derivado de II Tesalonicenses 3:10,​ que se convirtió en un lema de las nuevas colonias y de las sociedades socialistas resultantes de la Revolución Bolchevique. Según Lenin, «El que no trabaja no come» es un principio necesario en el socialismo, la fase preliminar de la evolución hacia la sociedad comunista. La frase aparece en su trabajo de 1917, El Estado y la revolución. A través de esta consigna de Lenin explica que en los estados socialistas sólo individuos productivos se puede permitir el acceso a los artículos de consumo. En Cuba la frase tomó fuerza en los primeros años después del triunfo revolucionario de 1959 y desembocó en la Ley contra la vagancia aprobada en 1971 que estuvo vigente hasta 1979.

Después de la pandemia observo asustado que ya prácticamente no se trabaja y sin trabajar no podremos hacer ni un socialismo próspero y sostenible y tampoco un capitalismo próspero y sostenible. En muchos centros de trabajo, sobre todo aquellos que están alejados, o demandan mucha energía eléctrica o necesitan de una materia prima para sus producciones que no entra o requieren de insumos que no les son abastecidos para prestar los servicios, no se trabaja. En fin…se trabaja muy poco, una caricatura.

El tráfico en las mañanas laborales, que solía ser complicado a las 7:30, ahora es complicado a las 8:30. Se trabaja de 9 a 12, con algunas excepciones hasta las 2 o las 3 p. m. En el Mercado del Hueco ya a las 11:30 a. m. todo el mundo está recogiendo y retirándose (y son particulares). Es suicida pensar que uno pueda resolver un trámite de cualquier tipo después del mediodía.

¿Qué país puede prosperar sin trabajar? Han proliferado las «quincallas» particulares, en cada cuadra hay 4 o 5 casas (en algunas cuadras muchas más) revendiendo todo tipo de productos. Ninguno paga impuestos, nadie se mete con ellos. El Estado no recauda, hay gente enriqueciéndose y el Estado cada vez más empobrecido. Las panaderías, los omnibuses, los restaurantes, y otras muchas cosas, patrimonio legítimo del pueblo, son explotados por sujetos particulares para su beneficio personal. A veces me da la impresión que el Estado está regalando las propiedades que son del pueblo y desentendiendose de cosas que son claramente, no solo patrimonio, sino temas de seguridad nacional: la alimentación, el transporte, la salud, la educación. Estamos presenciando una privatización feroz solapada en palabras bonitas. Hace un par de días salió a la palestra pública lo de las farmacias particulares, apoyada la idea por personalidades bastante influyentes. Aduce, no sin razón, que «total, las farmacias estatales casi nunca tienen de nada y la gente vende y revende medicinas por los portales», es decir, se contempla pasivamente la pérdida de las conquistas del pueblo.

Sé que no vamos por un buen camino, no es una bola mágica ni dotes de vidente, mi mesa y mi despensa me lo gritan desesperadamente. Ninguna de las medidas tomadas hasta ahora ha traído progreso a los problemas básicos y lo que percibo es que cada día se trabaja menos y como comencé, termino: el que no trabaja no come.

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