
Basta de lloriquear por los portales (a llorar a Maternidad decimos en Cuba) de los generales del Shah o por las barbas de los mulás. La Revolución iraní de 1979 no fue un «error de cálculo» ni un «golpe de mala suerte» para Occidente. Fue la patada en la puerta de un pueblo que durante 2.500 años había sido tratado como ganado por reyes títeres, dictadores sanguinarios y compañías petroleras extranjeras. Si te molesta que hoy quemen banderas estadounidenses, imagínate cómo se sentían ellos al ver a la SAVAK arrancarles las uñas con alicates mientras la CIA aplaudía. La revolución no triunfó porque Dios lo quisiera: triunfó porque el infierno en la tierra alcanzó un punto de ebullición que ni los tanques del Shah ni los misiles de la OTAN podían congelar.
¿Por qué sucedió?
Factores objetivos (la bomba de relojería material)
La «modernización» para unos pocos: El Sha Mohamed Reza Pahlevi, con su «Revolución Blanca», no modernizó Irán; lo saqueó con corbata. Mientras Teherán se llenaba de rascacielos para ejecutivos de la multinacional del petróleo, el 70% del campesinado era expulsado de sus tierras por deudas usureras y se apiñaba en chabolas de plástico en las afueras de las ciudades. La desigualdad no creció: explotó.
El látigo de la inflación: A finales de los 70, la renta del petróleo se esfumó en armas y en el bolsillo de la corte. La inflación se disparó por encima del 30% anual. Un albañil de Teherán necesitaba trabajar tres días para comprar un cordero. Los bazares (centro económico tradicional) se aliaron con los clérigos no por piedad, sino porque la política de precios del régimen estaba arruinando a los mercaderes.
El ejército como dueño del país: El Shah convirtió a Irán en la gendarmería del Golfo Pérsico. El gasto militar pasó de 600 millones de dólares en 1960 a 7.600 millones en 1977. Ese dinero no salió de la nada: salió de los salarios de los obreros del petróleo y de la sangre de los manifestantes.
Fuga de capitales: Y mientras el régimen gastaba en aviones y tanques, la burguesía compradora iraní hacía las maletas. En los meses previos a la caída, sacaron del país entre 2.000 y 4.000 millones de dólares –el equivalente a todo el presupuesto sanitario de una década. El Shah dejó autopistas, complejos petroquímicos y una infraestructura de primer mundo… pero con las cuentas vacías. El nuevo gobierno heredó los juguetes caros y la factura impagada. Esa quiebra forzó después la creatividad técnica más cruda: cuando no hay dólares para repuestos, toca aprender a reparar «con alambritos y transistor soviético».
El gas soviético: Hay un dato que los manuales ocultan. Mientras las huelgas paralizaban Irán, el gas que alimentaba el sur de la URSS dejó de fluir por el gasoducto IGAT. Moscú apoyaba retóricamente la caída del «peón de EE. UU.», pero sus propias repúblicas del Cáucaso temblaban por el corte energético (que antes de ser anexadas por el Imperio Ruso eran parte del Imperio Persa). La infraestructura no entiende de ideología. La URSS se vio obligada a una ambivalencia estratégica: aplaudir la revolución mientras rogaba en privado que no se cortara el grifo. Fue la primera lección materialista de 1979: quien controla los flujos de energía, controla el discurso de los grandes, aunque esos grandes se llamen superpotencia. Humm, Europa parece que no captó aquellas señales al sancionar a Rusia por lo de la Operación Militar Especial en Ucrania y auto cerrarse el grifo (darse un tiro en el pie decimos en Cuba).
Factores subjetivos (la chispa que enciende el polvorín)
La conciencia del «yo no soy nadie»: Los movilizados no eran «fanáticos religiosos». Eran gremios de panaderos, taxistas, estudiantes de ingeniería expulsados y mujeres que veían cómo la corrupción del Sha les impedía hasta enterrar a sus muertos sin pagar sobornos. El odio no era abstracto: sabían que cada dólar de petróleo financiaba la policía secreta.
La organización desde la mezquita: Como no existían partidos obreros legales, la red de mezquitas funcionó como un sindicato subterráneo. El sermón del viernes se convirtió en asamblea de fábrica. Y aquí lo subversivo: los mulás no dieron limosna, enseñaron a la gente que el poder terrenal se podía tomar.
El exilio como altavoz: Jomeini, desde el suburbio de Neauphle-le-Château (Francia), hizo algo genial: convirtió sus casetes de audio en la primera cadena de televisión clandestina de masas. Cada cinta que llegaba a Irán no era un dogma religioso, era la prueba de que un hombre solo podía desafiar al imperio y seguir vivo.
Del Shah al Faquih

Pero la teoría se vuelve carne entre enero y febrero de 1979. El Shah, con cáncer y sin el respaldo de Carter (EE.UU. ya olfateaba el cadáver), huye el 16 de enero como un ladrón en la noche. Su «guardia imperial» se desmorona cuando los soldados rasos, hartos de recibir insultos y ver a sus madres en las protestas, empiezan a fraternizar con los manifestantes. El 1 de febrero, Jomeini aterriza en Teherán. No trae un programa económico, trae un vacío de poder y una legitimidad callejera aplastante.
Sin embargo, la revolución no fue un traspaso de llaves. Hubo una guerra de poder de dos meses. Y lo más subversivo de todo –lo que la historia oficial borró– fueron los Shoras, los consejos de fábrica. Entre 1978 y 1979, los trabajadores del petróleo y la industria pesada no solo hicieron huelgas: tomaron la producción. Organizaron turnos, gestionaron refinerías y pusieron a funcionar las fábricas sin patrones ni gerentes del Sha. Fue un experimento de control obrero real, breve y violentamente absorbido después por la hegemonía clerical. Pero durante unos meses, un albañil podía decidir el ritmo de una planta entera. Esa cultura de autoorganización es la misma que luego les permitiría reparar radares sin manuales y mantener viva la infraestructura norteamericana bajo embargo. La revolución no fue solo de barbas: fue de manos callosas.
Hubo una guerra de poder de dos meses: el gobierno liberal de Mehdi Bazargan (designado por Jomeini para calmar a Occidente) intenta frenar los comités revolucionarios, los consejos de obreros toman fábricas y los jueces del Shah son fusilados en tribunales exprés.

En abril, un referéndum con trampa (sin opción a la monarquía) proclama la «República Islámica» con el 98% de los votos. Y aquí el golpe de mano: Jomeini no ocupa un cargo formal, crea la figura del faqih (jurista supremo) por encima del presidente y del parlamento. El poder real se desplaza a las instituciones paralelas: los Guardianes de la Revolución (Pasdaran), los tribunales islámicos y las mezquitas como oficinas de contratación.
El Shah se muere en Egipto en 1980, pero su estructura de represión no muere: se islamiza. El resultado es un régimen dual: una república de fachada con elecciones y un clero dueño de las armas y el petróleo. Ese híbrido inestable es lo que, nueve meses después, se enfrentará a la crisis de los rehenes.
La crisis de los rehenes de la embajada (Noviembre 1979 – Enero 1981)
La toma de 52 diplomáticos estadounidenses no fue un «arrebato» ni un «acto terrorista». Fue la segunda revolución dentro de la revolución. Los estudiantes seguidores del Imam, al asaltar la «guarida de espías», estaban resolviendo una ecuación política brutal: ¿Cómo impedir que EE.UU. hiciera lo de siempre?
- La tesis del consenso (por qué se mantiene la opinión a favor): Para una mayoría popular, la embajada era la sucursal de la CIA que había orquestado el golpe de 1953 contra Mossadegh. Retener a los rehenes era la única garantía de que Carter no enviaría a los marines. Además, la humillación de la superpotencia generó un orgullo nacional transversal: por primera vez, el «mundo al revés» funcionaba a su favor. Aún hoy, sectores de la izquierda antiimperialista (no islámica) defienden el acto como una «acción directa necesaria» para romper el ciclo de dependencia.
- La antítesis de la oposición (por qué hay quien lo critica ferozmente): El ala técnica y los antiguos aliados del Sha vieron ahí el entierro de cualquier posibilidad de una república laica o socialista. La crisis de rehenes permitió a Jomeini eliminar al gobierno provisional de Mehdi Bazargan (un liberal que quería devolver a los rehenes) y radicalizar el régimen. Críticos (dentro y fuera de Irán) sostienen que fue una «jugada maquiavélica» para fabricar un enemigo externo y así justificar la represión de obreros, comunistas del Tudeh y kurdos. Para ellos, la embajada no fue un acto de liberación, sino la jaula de hierro que impidió cualquier desviación de la línea teocrática.
Conclusión:
A mí me parece que la Revolución iraní sobrevive no a pesar de las contradicciones, sino gracias a ellas (a fin de cuentas eso es lo que plantea el maxrismo ¿no?. Sabe que hay iraníes que la odian por los rehenes (porque les cerró la puerta a Occidente) y otros que la aman por los mismos rehenes (porque les abrió la puerta a la dignidad y la soberanía). Mientras los pasillos del poder sigan alternando entre el martillo de la represión y el yunque del antiimperialismo, ese equilibrio inestable seguirá siendo el motor de un país que aprendió que el infierno se combate con otro infierno.
Nada, mi infatigable lector lea, documéntese y saque sus propias conclusiones y si lo desea, déjeme comentarios en el blog.
Deja una respuesta