
Una historia del Oriente Medio y sus religiones condensada en 40 capítulos. Capítulo 17. Los judíos en Cuba. Es solo un intento de explicarme a mí mismo los conflictos sobre los que he estado oyendo y leyendo desde pequeño.
Pululan en las redes de un tiempo a esta parte historias sobre lo próspera que era Cuba antes del 59 y para reforzarlo veo numerosos relatos sobre los artistas y las personalidades que se quedaron en Cuba y todos tienen un denominador común: te revelan un «secreto» de por qué «el Régimen» los obligó a quedarse en Cuba. La moraleja siempre es que nadie con dos dedos de frente habría apoyado a la Revolución Cubana si no fuera por…el terrible secreto que les amargó la vida y el escrito te revela. Bueno, cada quien con lo suyo, yo tengo mis propias historias y opiniones, pero retornemos a lo del Oriente Medio que es lo que me ocupa en los últimos tiempos (un poco de historia antes de llegar a lo de los radares). Hemos hablado de los judíos en Europa, del sionismo y del genocidio en Gaza. Pero la diáspora judía no solamente llegó a Oriente Medio; también llegó al Caribe, y específicamente a Cuba. Y en Cuba, esos judíos —a los que popularmente se les llamaba «polacos», aunque muchos fueran de Lituania, Ucrania o Bielorrusia— se dedicaron al pequeño comercio y en Cuba los etiquetaban como «vendedores de corbatas». Ellos abrieron tiendas de ropa, sastrerías, bodegas y mueblerías. Trabajaron como burros, ahorraron como ningunos, y muchos lograron prosperar, pero no todo fue éxito y asimilación. También hubo humillaciones. También hubo explotación. También hubo patrones que trataban mal a sus empleados, y empleados que eran niños, como mi papá, sígame y le cuento.
¿Quiénes eran esos «polacos» y por qué vinieron a Cuba?
A finales del siglo XIX y principios del XX, miles de judíos asquenazíes huyeron de la pobreza y los pogromos del Imperio Ruso y de la Polonia zarista. La mayoría vinieron a Cuba porque querían ir a Estados Unidos, pero cuando los gringos cerraron la puerta en 1924, muchos se quedaron varados en Cuba. Y como el cubano es acogedor por naturaleza (aunque jodedor), echaron raíces.
Se concentraron en La Habana Vieja (calles Muralla, San Ignacio, Acosta), pero también se dispersaron por el interior: Cienfuegos, Santa Clara, Santiago, Camagüey. Abrieron talleres de costura, tiendas de tejidos, mueblerías, pequeños almacenes. Para 1959, se calcula que había unos 15,000 judíos en Cuba, la mayoría asquenazíes.
A ellos se les sumaron, en los años 30 y 40, los judíos que huían del nazismo. Pero esos llegaron con otro perfil: más profesionales, más urbanos, menos comerciantes. La base del pequeño comercio judío en Cuba la pusieron los que llegaron antes, los que vinieron con una maleta de cartón y una máquina de coser Singer.
¿Por qué les decían «polacos»? Porque la mayoría venía de regiones que habían pertenecido a la antigua Polonia, o de la Zona de Asentamiento del Imperio Ruso que hoy es Polonia, Ucrania, Bielorrusia y Lituania. El cubano, que es dado a los apodos, generalizó: todo judío de Europa del Este era un «polaco». A ellos les molestaba, porque muchos se sentían rusos, lituanos o ucranianos. Lo cierto es que el apodo les quedó.
Los Judíos en el Partido y el Gobierno Revolucionario
La presencia judía en la dirección del Partido Comunista de Cuba es muy anterior al triunfo de la Revolución. De hecho, fueron fundadores.
Fabio Grobart (Yunger Simjovich): Es la figura más emblemática de esta primera generación. Nacido en Polonia en 1905, llegó a Cuba en 1924 y fue uno de los diez fundadores del Partido Comunista cubano. Se convirtió en una figura central en la sombra, el ideólogo del Partido, y director de la revista Cuba Socialista.
Los fundadores de 1925: En el pequeño grupo que fundó el Partido Comunista de Cuba en 1925, había cuatro judíos ashkenazíes: Yoshke Grinberg, Yunger Simjovich (que luego adoptaría el seudónimo de Fabio Grobart), Felix Gurbich y Karol Vasserman.
Enrique Oltuski: Es el caso más prominente. Llegó a ser Ministro de Comunicaciones en el primer gobierno con Urrutia de presidente, una posición de alto nivel en el gabinete revolucionario. No era un mero burócrata; fue un importante organizador del gobierno y miembro del Directorio Revolucionario en la provincia de Las Villas. Luego fue designado Vicepresidente de la Junta Central de Planificación, donde se desempeñó por cinco años a las órdenes de Ernesto Guevara. Desde el 2007 hasta su muerte fue Viceministro de la Industria de la Pesca.
Manuel Stolik Novygrod: Otro judío que desempeñó un papel destacado en la Revolución, aunque su nombre es menos conocido fuera de los círculos de la izquierda.
Científicos judíos destacados en Cuba
Ricardo Wolf: El inventor que apoyó a la Revolución. Este es un personaje fascinante, nacido en Alemania en 1887 y de origen judío. Inventó un revolucionario proceso para recuperar hierro de los residuos de fundición, lo que le hizo ganar una fortuna que utilizaron las grandes acereras del mundo. En lugar de irse, apoyó económicamente la Revolución Cubana. Fue nombrado ministro plenipotenciario de Cuba en Israel, y al romperse las relaciones en 1973, renunció y se quedó allí. Su legado más visible es la Fundación Wolf, que otorga los prestigiosos Premios Wolf a los más destacados en ciencias y artes a nivel mundial.
Daniel Stolik Novygrod: Un eminente físico, hijo de refugiados judíos polacos que llegaron a Cuba huyendo del fascismo, Stolik Novygrod se convirtió en uno de los físicos más importantes de la isla. Se incorporó al Movimiento 26 de Julio luchando contra Batista y, tras el triunfo de la Revolución, fue uno de los fundadores del Partido Comunista de Cuba. Se doctoró en Moscú y fue un pionero en la introducción y desarrollo de la energía solar fotovoltaica en Cuba, además de ser el principal fundador y líder de la Sociedad Cubana de Física.
José Altshuler: Ingeniero y Académico de Honor. Nacido en 1929 en Melena del Sur, es un ingeniero electricista y Doctor en Ciencias de origen judío, que se convirtió en un referente de la ciencia en la isla. Es Académico de Honor de la Academia de Ciencias de Cuba y fue presidente durante muchos años de la Sociedad Cubana de Historia de la Ciencia y la Tecnología. Fue el padre de la enseñanza de la ingeniería electrónica en Cuba. Sus discípulos honraron sus enseñanzas desarrollando numerosos campos por medio de la ingeniería electrónica. Su vida es un ejemplo de cómo los hijos de esos inmigrantes «polacos» se integraron plenamente a la vida política y científica del país. Tuve el honor de conocerlo cuando asistí a la defensa de tesis de doctor de segundo nivel del eminente profesor del ITM, Chávez-Ferry. Mi primo, Enrique Carmenates González, ingeniero eléctrico (y mi inspiración para mis estudios de ingeniería eléctrica), fue discípulo suyo en la CUJAE y fue quien dirigió el equipo que desarrolló y fabricó el Televisor Cubano a Color.
Salvador Massip Valdés: El geógrafo que formó a Antonio Núñez Jiménez. Aunque no siempre se le mencione por su origen, Massip Valdés fue un geógrafo, pedagogo y diplomático de origen judío que transformó la enseñanza de esta ciencia en Cuba. Fundó la primera cátedra de Geografía en la Universidad de La Habana y fue uno de los miembros fundadores de la Academia de Ciencias de Cuba en 1962, además de ser el maestro del célebre revolucionario y científico Antonio Núñez Jiménez.
Ida Mitrani Arenal: no porque la mencione de última es menos importante, al contrario, yo me honro de haber coincidido con Ida en los avatares de la Ciencia y el Servicio en el Instituto de Meteorología. La doctora Ida es la científica que más alto rango que ha tenido el Instituto de Meteorología. Graduada de ingeniera oceanóloga en la extinta Unión Soviética y de Máster en Oceanografía en la Universidad de La Habana, posteriormente doctorada en Ciencias Físicas. LIderó los temas de Meteorología Marina, Ciclones Tropicales y otros muchos y tiene una amplísima obra científica. Profesora Titular en el InSTEC, adorada por sus discípulos por su consagración y compromiso con la enseñanza. Siento especial admiración y respeto por su obra, una excelente compañera. Ella misma me comentó que solía viajar en sus vacaciones a Israel a ver a su familia.
Probablemente haya otros muchos judíos destacados en la Ciencia en Cuba, yo solo les comento una muestra.
El pequeño comercio judío en Camagüey: la Casa Jaime
Camagüey no era La Habana. La Habana tenía una comunidad judía grande, con sinagogas, escuelas, cementerio (en Camagüey también hay uno, en la carretera central saliendo vía La Habana), periódicos en yidis. Camagüey tenía unos pocos comerciantes judíos dispersos. Eran tiendas modestas, muchas veces atendidas por la familia entera. El dueño, su esposa, los hijos mayores, y algún empleado local. Y a veces, un niño que trabajaba después de la escuela para ayudar en casa.

La Casa Jaime era una de esas tiendas. Ubicada en la intercepción de la calle República con la calle Santa Rita que nace allí. Todavía el rótulo en el granito del piso se conserva con su nombre original. No sé exactamente qué vendían (ropa de hombre estoy seguro, supongo que otras cosas también), pero era un comercio típico de barrio, de esos donde la gente iba a comprar al fiado, donde el dueño conocía a sus clientes y llevaba la contabilidad en una libreta.
El dueño era un judío polaco, de esos de carácter duro, ahorrativo hasta la médula (super tacaño decía mi papá), y muy desconfiado. Su esposa, según me contó mi padre, no se quedaba atrás en malos modos. Ambos trataban mal a los empleados, y mi padre, siendo un niño, sufrió humillaciones que nunca olvidó.
Mi papá era el noveno de los hijos del gallego Fulgencio Cid que se había asentado originalmente en el batey del Central Estrella y luego se habían mudado a Camagüey, buscando mejorar. El viejo Fulgencio no prosperaba en su cantina porque bajo una apariencia ruda y cascarrabias se escondía un corazón de oro y terminaba alimentando a todos los que no podían pagarle. Así las cosas, con solo 12 años mi papá estaba obligado a trabajar.
En la Casa Jaime tenía que hacer de todo, limpiar, llevar las compras a los domicilios y cualquier cosa que se les ocurriera a la pareja de polacos. Mi papá limpiaba y la polaca velaba que exprimiera la colcha «al hilo» para que durara más. En no pocas ocasiones, habiendo terminado de sacarle brillo al piso, la polaca venía y le derramaba un cubo de agua sucia. Para mi padre Humberto aquello era como una bofetada, además, innecesaria, pura maldad. Ella notaba el gesto y le decía —¿qué? ¿no te gustó? Ahí está la puerta, Zarrapastrosos como tú hay muchos queriendo trabajar aquí. Creo recordar que el salario eran 12 pesos al mes, en dos quincenas.
Como les decía, la gente de bien, venía, hacía sus compras de ropa y mi papá tenía que llevarlas a domicilio. Luego de unos meses de largas caminatas mi papá se animó a pedirle a Jaime que le comprar una bicicleta. Jaime lo pensó y le dio el dinero para que fuera a comprarla. Papi feliz hacía los mandados en su bicicleta Niágara hasta que llegó el primer cobro con un peso de menos. Cuando preguntó Jaime le dijo —la bicicleta Humberto, ¿pensaste que era un regalo?
Un par de meses después ocurrió lo que siempre pasa con las bicicletas: se ponchó. No tenía dinero (unos centavos) para pagar al ponchero. Se lo pidió a Jaime y este se lo dio: y al primer cobro se lo descontó. Mi papá instaló un sistema de radar en su cabeza para detectar clavos y puntillas en la calle. Me jura que no se volvió a ponchar.
Pero en la «cadena alimenticia» cada «animal» tiene su «depredador». Con cierta frecuencia la Casa Jaime era visitada por los policías de barrio, esbirros de Batista. Escogían un poco de ropa, como si estuvieran comprando y le decían a Jaime —ya tú sabes, ponlo «a mi cuenta» y tocaban su bastón de forma amenazante. Mi padre observaba en silencio. Al irse, Jaime le comentaba a mi padre —¡cómo «apretan» coño Humberto!
Semejantes atropellos llevaron a la generación de mis padres a la lucha armada. Mi padre fue miembro clandestino del Movimiento 26 de Julio en la ciudad de Camagüey. No pocas veces se batió a tiros con la policía batistiana, pero eso ya es para otras historias.
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