
Una historia del Oriente Medio y sus religiones condensada en 40 capítulos. Capítulo 19. La Guerra Irak-Irán. Es solo un intento de explicarme a mí mismo los conflictos sobre los que he estado oyendo y leyendo desde pequeño.
La guerra entre Irán e Irak, ese monumental y brutal conflicto que asoló la región entre 1980 y 1988, es un caso de estudio perfecto para comprender cómo la lucha entre dos potencias regionales por la hegemonía sirvió, en esencia, a los intereses del capitalismo global y del imperialismo. Lo que a simple vista parecía una disputa fronteriza o una guerra sectaria entre persas y árabes (étnica), sunitas y chiítas (religiosa), fue en el fondo una guerra interimperialista más, donde los verdaderos protagonistas no estaban ni en Teherán ni en Bagdad, sino en Washington, Moscú y las capitales europeas, ávidas por controlar el petróleo y frenar el «contagio» de una revolución que amenazaba sus dominios. Yo aún estudiaba en la Unión Soviética cuando comenzó. Me leía las noticias en mi periódico favorito: Komsomolskaya Pravda, pero no me quedaba nada claro, por eso ahora decidí echar un nuevo vistazo 46 años después, con mucha más información disponible.
El Origen: ¿Cuestión Fronteriza o Ajuste de Cuentas de Clase?
El detonante inmediato fue la invasión iraquí del 22 de septiembre de 1980, lanzada por Sadam Huseín. Sin embargo, las causas profundas hay que buscarlas en la inestabilidad generada por la Revolución Islámica de 1979 en Irán. El derrocamiento del Shah, un fiel aliado de Estados Unidos, no solo creó un vacío de poder, sino que instauró un régimen teocrático que, con su discurso antiimperialista y su llamado a la revolución islámica, amenazaba con desestabilizar a las monarquías árabes conservadoras del Golfo y, por extensión, los intereses petroleros occidentales.
Irak, gobernado por el partido Baaz, vio en el caos posterior a la revolución una oportunidad de oro. Sadam Huseín, con una visión típicamente burguesa de expansionismo territorial, pretendía:
- Anexionar la rica provincia petrolera de Juzestán: Un botín económico de valor incalculable.
- Controlar totalmente el estratégico río Shatt al-Arab: Frontera natural y vital salida al Golfo Pérsico.
- Erigirse en el líder indiscutible del mundo árabe: Conteniendo la marea revolucionaria chií que emana de los ayatolás persas.
Esta «oportunidad» no era tal. Irán, a pesar de la purga de sus oficiales militares pro-occidentales, demostró una capacidad de movilización popular asombrosa. La reacción de Jomeini no fue la de un mero defensor de la soberanía, sino la de un líder que necesitaba una causa externa para consolidar su poder interno, purgar a la izquierda y al resto de disidentes, y expandir su revolución. En lugar de una lucha por la libertad, el nuevo Estado iraní se dedicó a reconstruir un «orden capitalista brutal» y a aplastar cualquier atisbo de verdadera revolución social que hubiera emergido de las masas.
El Juego de las Potencias: Una Neutralidad Muy Parcial
La Guerra Fría dictó los términos del apoyo externo, pero de una forma cínica y oportunista. Ninguna de las grandes potencias podía permitirse perder la región, pero ninguna quería un conflicto directo.
- Estados Unidos: Su postura fue la más reveladora. Oficialmente neutral, Washington no solo toleró, sino que apoyó activamente a Irak. La administración Reagan veía a Sadam Husein como un mal menor frente al fundamentalismo chií de Jomeini. Este apoyo incluyó:
- Miles de millones en ayuda económica y transferencia de tecnología de doble uso.
- Inteligencia y entrenamiento militar.
- Suministro de precursores químicos: Fundamental para que Irak desarrollara y empleara armas químicas contra Irán y, posteriormente, contra su propia población kurda.
- Paradójicamente, en el llamado caso Irán-Contras, Washington también vendió armas a Irán para financiar a la contra nicaragüense, demostrando que no había principios, solo intereses.
- Unión Soviética: Moscú se encontraba en una situación delicada. Irak era un aliado tradicional, pero la nueva República Islámica de Irán era abiertamente antiestadounidense. Su política fue evolucionando:
- Neutralidad inicial: Les interesaba tener buenas relaciones con ambos.
- Apoyo masivo a Irak: A partir de 1982, cuando la guerra comenzó a decantarse a favor de Irán, la URSS se volcó a favor de Bagdad. El temor a que Jomeini triunfara y extendiera su revolución a las repúblicas soviéticas musulmanas de Asia Central era demasiado grande —pienso yo que no soy analista político. Recuerde mi lector que vastas zonas del Cáucaso, incluidos los actuales estados de Georgia, Armenia, Azerbaiyán y Daguestán, se separaron de Irán y fueron anexionadas a Rusia en virtud de los tratados de Gulistán y Turkmenchay de 1813 y 1828, respectivamente.
En resumen, la OTAN y el Pacto de Varsovia, supuestos enemigos, se pusieron de acuerdo en un objetivo común: evitar una victoria iraní. Ambos apoyaron a Irak, convirtiéndolo en un ariete contra la Revolución Iraní.
El Armamento: Dos Fórmulas, Un Mismo Fin Sangriento
El armamento reflejaba fielmente las alianzas de cada bando y la naturaleza industrial de la matanza.
- Irak: Fue el principal beneficiario de la tecnología militar moderna, creando una máquina de guerra convencional.
- Equipo: Su ejército estaba equipado mayoritariamente con armamento soviético (tanques T-54/55, fusiles AK, artillería) y francés (aviones Mirage F1, misiles Exocet).
- Armas Químicas: Su arma más siniestra. Con tecnología y precursores occidentales, Irak desplegó gas mostaza y sarín, causando decenas de miles de bajas entre los soldados iraníes, que carecían de protección adecuada.
- Irán: Partía en una situación de inferioridad, al haber sido abandonado por su antiguo proveedor, EE. UU., y sufrir un embargo.
- Heredado del Shah: Contaba con un arsenal occidental moderno, pero con graves problemas de repuestos y mantenimiento.
- Ingenio y diversificación: Para sortear el embargo, Irán compró armas a China, Corea del Norte, Israel y, de forma clandestina, a EE. UU. (escándalo Irán-Contras).
- Fuerza humana: Su principal «arma» fue la movilización de masas. Los Basij, milicias populares que incluían a niños y ancianos, eran lanzados a oleadas humanas contra las defensas iraquíes. Una táctica brutal que reflejaba la incapacidad tecnológica de Irán y la disposición de Jomeini a sacrificar a su pueblo.
La Verdadera Esencia: Control del Petróleo y el Orden Mundial
Tras la cortina de humo del nacionalismo, el chiísmo y el baazismo, la esencia del conflicto era puramente económica y geopolítica (como siempre ha sido). La guerra fue una lucha por la hegemonía en una de las regiones con mayores reservas de hidrocarburos del planeta.
El petróleo no era solo un botín; era el combustible del sistema capitalista mundial. Cualquier amenaza a su flujo desde el Golfo Pérsico era inaceptable para Occidente. Por eso, cuando la guerra se extendió al Golfo con los ataques a petroleros, la respuesta de EE. UU. fue inmediata y brutal.
La verdadera esencia de la guerra fue, por tanto, la lucha entre dos facciones de la burguesía local (la iraquí y la iraní) por ver quién se convertía en el guardián de los intereses imperialistas en la región.
Ambos regímenes, pese a sus diferencias retóricas, eran estados capitalistas que necesitaban la guerra para sofocar las aspiraciones de sus propias masas y garantizar su integración en el mercado global.
La Mediación de Fidel Castro: Un Papel de Pacificador
El Comandante en Jefe Fidel Castro, en su calidad de presidente del Movimiento de Países No Alineados (MNOAL), asumió un papel muy activo para intentar detener el conflicto. En septiembre de 1980, envió al ministro de Relaciones Exteriores, Isidoro Malmierca, en una misión de paz a Teherán y Bagdad con mensajes personales para el ayatolá Jomeini y Sadam Husein.
El gobierno cubano consideraba que este conflicto tenía «graves consecuencias para el movimiento de países no alineados, el tercer mundo y la paz y seguridad internacionales».
Esta mediación fue una de las varias iniciativas de paz lanzadas al comienzo de la guerra, aunque no logró detener el conflicto de inmediato.
La posición oficial de Cuba y Fidel Castro ante la Guerra Irán-Irak se caracterizó por:
- Un esfuerzo de mediación activo desde el MNOAL, buscando una solución pacífica.
- Una condena a la invasión iraquí, aunque buscando mantener un equilibrio en sus relaciones bilaterales.
- Una crítica al imperialismo, interpretando el conflicto como una lucha por el control de los recursos energéticos, en lugar de una disputa sectaria, religiosa o fronteriza.
El Final: Statu quo y Bancarrota Moral
La guerra terminó como empezó, con una vuelta a las fronteras previas (statu quo ante bellum) tras la aceptación de la Resolución 598 de la ONU en 1988. El resultado fue una derrota mutua.
- Irán: Emergió del conflicto con su régimen consolidado por el baño de sangre, pero con una economía devastada y una generación diezmada. La revolución, que prometía liberación, había entregado a sus hijos a una guerra de desgaste sin ningún logro territorial.
- Irak: Quedó endeudado hasta los límites (especialmente con Kuwait y Arabia Saudí), una de las causas que lo llevaría a invadir Kuwait en 1990 y a su posterior destrucción por parte de la coalición liderada por EE. UU.
El saldo final fue de más de medio millón de muertos, un millón de heridos y una deuda externa astronómica. La guerra no resolvió nada, solo demostró hasta qué punto las élites gobernantes están dispuestas a sacrificar a sus pueblos en aras de su propio poder y del servicio a los intereses del capital extranjero.
Lo he recalcado a lo largo de toda esta serie: no soy historiador, ni analista político, solo me he leído muchos materiales y he sacado mis propias conclusiones que admito pueden no ser muy válidas, invito al nunca bien ponderado lector a compartirme las suyas propias en los comentarios del blog.
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