A veces en las largas y calurosas noches de verano con interminables apagones, concilio el sueño, por puro cansancio, a retazos y me asaltan sueños de cosas irreales ¿Recuerdan mis lectores aquel que les conté del Sueño de la Razón que crea monstruos …, tal vez basado en haber visto un cuadro de Goya o haberme sobremedicado? Bueno, pues nada, anoche soñé — mire usted qué cosas más irreales asaltan mi mente cuando me duermo— con un personajillo, de un cargo menor, que vivía una vida de lujos y la justificaba diciendo tener patrocinadores que se lo pagaban. Verdad que uno sueña cada tontería. Me desperté y busqué algunos significados, para esclarecerme yo mismo, que ya estoy jubilado y en algo tengo que entretener la mente, y bueno, sería un desperdicio si me los quedo.
El sueño que provocó una pregunta incómoda
En el cruce entre la vida privada y la función pública, siempre surge una pregunta incómoda cuando observamos un funcionario, como el de mis sueños, con un tren de vida que no guarda proporción con la función que desempeña. Me surgió la pregunta-dilema: ¿podríamos llamar a esto un genuino acto de patrocinio, al uso de las sociedades modernas, o sería una figura más oscura y fea? La disyuntiva se agudiza si el beneficiario de tal opulencia, como el de mi sueño, careciera de los méritos tradicionales que suelen atraer el mecenazgo legítimo. No cualquiera es DaVinci o Miguel Angel.
El perfil de un sujeto y la falacia del patrocinio
Para entender el caso hipotético que se me apareció en el sueño, debemos describir al hipotético sujeto. No era un creador, ni un científico que aportara conocimiento, ni un deportista que llevara su nombre a lo más alto de los escenarios deportivos (lo cual a los cubanos nos da tremendo placer, recordemos a tantos ilustres deportistas como Stevenson, Juantorena, Ana Fidelia, Sotomayor, las Espectaculares Morenas del Caribe y nuestros equipos de pelota…), ni siquiera era, el del sueño, un dirigente político con trayectoria que se hubiese granjeado el apoyo y la admiración popular o un militar con reconocidos méritos (que tampoco esos dos últimos acápites justificarían un patrocinio).
En el sueño, se trataba de alguien, cuya función era estrictamente orgánica y periférica a cualquier órgano de poder. Era, por tanto, una persona operativa, sin peso específico en la toma de decisiones estratégicas empresariales o políticas, ni méritos intelectuales, deportivos o artísticos que justificaran una inversión publicitaria o filantrópica de alguien del extranjero.
Pienso —cuestionándome mi tonto sueño— que hablar de «patrocinio» en este contexto es un oxímoron. El patrocinio, en su esencia, implica un intercambio visible: una marca o un inversor aporta recursos a cambio de imagen, de difusión de valores o de asociación con un talento sobresaliente al que todos admiran.
Les aclaro a mis lectores, que según averigué, el patrocinio es legal, se firman contratos y es de beneficio para el patrocinador (generalmente porque su firma adquiere popularidad y visibilidad) y el patrocinado adquiere los medios para realizar cómodamente su actividad, científica, artística, deportiva. Fue un verdadero desperdicio para Adidas y Nike aquel mítico Bikila ganando descalzo la maratón olímpica de Roma.
Cuando no existe talento, ni exposición masiva, ni producción tangible, el rótulo de «patrocinador» se convierte en un eufemismo para ocultar una transferencia de valor sin contraprestación lícita. Recibir yates, vestimenta de alta costura (bah, ya los chinos demostraron que son confeciones chinas a los que le pegan un logo de alcurnia), comidas diarias en templos gastronómicos y vinos de cosechas excepcionales no es un beneficio empresarial; es una asignación discrecional que desborda cualquier lógica de mercado. Yo ni me imagino que pueda darse ese caso en la Cuba Revolucionaria.
La disyuntiva del origen de los fondos (El eje del problema)
Dado que la posición oficial del hipotético sujeto de mis sueños no generaba ingresos proporcionales a su nivel de gastos, los fondos solo podrían provenir de dos fuentes posibles —razono yo. Ambas, analizadas en abstracto, derivarían en figuras jurídicas claramente reprochables:
- Primera hipótesis: El erario público. Si estos gastos suntuarios están cubiertos por las arcas del Estado (en este caso, el presupuesto nacional, nada más y nada menos de la maltrecha Cuba), nos hallamos ante un supuesto diáfano de malversación de fondos públicos. El dinero del pueblo, destinado a salarios, infraestructura, salud o educación, se desviaría para financiar el capricho personal de un funcionario menor. No era un gasto de representación oficial ni una necesidad operativa lo que yo veía en el sueño, sino un expolio disfrazado de privilegio. Era la apropiación indebida de lo común para lo privado.
- Segunda hipótesis: Firmas o personalidades extranjeras. Si, por el contrario, los gastos hubiesen sido (hipoteticamente, recuerden que es un sueño) sufragados por actores foráneos —empresas sin vínculo local o figuras del ámbito internacional—, el asunto hubiese adquirido una gravedad geopolítica mayúscula. En apariencia podría parecer una «muestra de apoyo con Cuba», pero al no existir un contrato de servicios, una campaña publicitaria o una inversión productiva legal y visible que justificase el desembolso, esa liberalidad económica se asemejaría peligrosamente a un soborno prospectivo. No se pagaba por lo que el sujeto era en el hoy del sueño, sino por lo que podría llegar a ser mañana.
La apuesta ¿por el futuro?
El «pollo del arroz con pollo» de esta segunda hipótesis reside en la especulación sobre el futuro. Quienes inviertían en el lujo de este hipotético personaje de mis sueños no lo hacían por la posición que ocupaba, irrelevante para los negocios, sino porque anticiparían un eventual ascenso. Digo yo que especularían con la posibilidad de que el sujeto de mis sueños accediera a una posición importante en el futuro ¿no? ¿qué otra cosa podría uno pensar? Si se tratara de una muchacha bonita sería un intento de conquistar sus favores; pero en mis sueños era solo un tipo, común «y con corriente» (sí, sin apagones, ni cocinadera con carbón, vaya que en un yate no se puede cocinar con carbón).

En ese escenario, los yates y la ropa de marca no serían un regalo, sino una prima de seguro para garantizar acceso y favores en el mañana —pienso yo, que no sé nada de figuras jurídicas. Sería una suerte de opción de compra sobre la voluntad futura del funcionario, un soborno con efecto diferido.
Conclusión de mi sueño de ficción sin ciencia
En síntesis —analizo yo, ahora despierto—, el eufemismo del «patrocinio» se desmoronaría ante el más mínimo análisis de los hechos. No hay término medio posible en esta ecuación:
- Si el dinero es del pueblo, es robo (malversación).
- Si el dinero es del extranjero sin causa legítima, es un soborno en anticipación (¿alguien se leyó el libro de cuentos de Arnaldo Correa «Asesinato por Anticipado«?.
Ambos caminos convergen en un mismo punto: la degradación de la ética pública y la conversión del cargo en una mercancía al mejor postor. Lejos de ser un mecenazgo inocuo, el lujo desmedido de este hipotético personaje se revelaría como el síntoma más evidente de un sistema donde las lealtades se comprarían y el erario público se saqueara (pero eso era lo que ocurría en la Cuba de antes de 1959 y no tiene cabida en la Cuba Revolucionaria), siempre bajo la cortina de humo de una palabra vacía: «patrocinio».
Mi papá Humberto, luchador de la clandestinidad, oficial del MININT, al retirarse no tenía ni un colchón decente donde dormir (y había hecho una colchonera y la administró durante años). Recuerdo de los casos de antiguos compañeros del MININT de él, que recibieron visitas de algún familiar de la «Comunidad» o aceptaron algún regalo y fueron separados. Se requería ser incólume, como lo fue mi padre toda la vida. Aquellas eran las reglas. Un viejito, vecino de la cuadra, combatiente de Angola, de los que estuvo en tiroteos de verdad, me comentaba —doctor, y yo no le pude traer a mi mujer ni un pañuelo pa la cabeza.

No, la causa de mi pesadilla no es la envidia. He navegado por siete mares, pero no me gusta. No voy a la mesa por placer, la comida no es un motivo de satisfacción para mí. Los restaurantes, por muy buenos que sean, me parecen una pérdida de tiempo. Tengo más ropa de la que necesito. No me atrae ni tomar ni fumar. No me gustan las fiestas. Sí, soy un raro, me gusta estudiar, así que no envidio la vida que pueda llevar algún funcionario público, yo tengo lo que necesito para hacer lo que me gusta. En realidad ni sé por qué soñé con eso, debe ser algo que vi en ChismeBook. Mi paradigma es mi padre y no el funcionario de marras de mi pesadilla.
Bueno, de todos modos es un ejercicio retórico para entretener la mente. Me voy a encender el carbón que ya amanece y ahorita se despiertan las nietecitas. Mis sagaces e instruidos lectores tienen la palabra para debatir si creen que estoy equivocado en lo del patrocinio, los leo en los comentarios.

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