Radares Mirando al Sur

Fundamentos, Tecnologías, Aplicaciones, Historia y Memoria

La historia de un hombre contada por sus comidas

A mi amigo Rogelio Serrano, que mucho me impulsó para escribir esto. Finalmente.

Al inicio de todo recuerdo los biberones de leche. A mí no me dieron el pecho. En esa época de ignorancia, la lactancia materna era mal vista. Supongo que era alguna leche «maternizada». El caso es que recuerdo el olor de la leche tibia, mezclado con el olor a goma del biberón. Supongo que ya más grande en algún momento se introdujo el café con la leche, pero no lo puedo precisar. Mi relato no va a tener un orden cronológico, solo son recuerdos dispersos y nebulosos. Sí recuerdo con certeza la leche con chocolate en polvo de la marca Cresto, nunca he vuelto a sentir el olor y sabor que tenía aquel chocolate.

Recuerdo poco de mis comidas cuando vivíamos en Santa Clara, donde comencé la escuela e hice prescolar, primero y la mitad de segundo grado. Recuerdo que comíamos en fondas de chinos y a veces comprábamos comidas a esos ambulantes que vendían comida que calentaban en una plancha de zinc que era la parte de arriba del carrito, siempre tuve curiosidad por saber cómo se calentaba eso. Lo que sí recuero muy bien es el jugo de naranja que mi mamá me daba en una de esas cantimploras plásticas con correa que estaban de moda en la época. Muchos años después, allá por los 90s, Madelín, una compañera del equipo de LADETEC, trajo jugo de naranja para todos: dulce y frío y me recordó a aquel que me preparaba mi mamá.

Con mi abuelita tengo más recuerdos: la Materva (original de Cuba), la Piñita Pijuán (gaseosa camagüeyana que hasta donde sé, no se pudo reproducir después que los dueños abandonaron el país), el refresco Ironbeer (legítimamente cubano, que fue el que luego se produjo en Cuba Revolucionaria bajo el nombre de «Son», y que fue el refresco «oficial» en las escuelas y en todas partes), era prieto, pero no cola (aunque los hubo de limón y de naranja y creo que hasta de piña). Cuando fui a Estados Unidos probé un Ironbeer y fue entonces que ambos nombres se conectaron (Ironbeer y Son). Creo que fue por el 2005 se vendieron en las tiendas en divisas los Ironbeer, porque después que desaparecieran los refresquitos Son, solo se vendían los Tropicolas, los TuKolas y otras variantes. remedos de la Coca Cola, pero más dulces, hasta que reapareció el Ironbeer, de importación, envasado en países centroamericanos.

La última vez que yo recuerdo los refresquitos Son fue en el cumpleaños de Ramón Armando, el niño de Ramoncito, en el que Valodia, mi hijo y Darío, el hijo mayor de Waldo, armaron el clásico de batuquear las botellas de refrescos y armar surtidores, involucrando a los más pequeños en la «gracia», eso debe haber sido en agosto o septiembre de 1995.

Seguimos con mi abuelita Zeida. Abuelita me hacía siempre mi comida preferida: arroz blanco, una yema de huevo cruda y platanitos (machos) bien maduros, fritos. Esa sigue siendo mi comida favorita con un ligero cambio: el huevo frito con la clara bien frita y la yema cruda. Ella siempre insistía en hacerme bistec de filete, frito, delicioso, pero terminábamos en la yema de huevo que era lo que me gustaba. No puedo precisar de qué época eran, ni las circunstancias; pero me encantaban las gomitas y los salvavidas, especialmente de naranja, mi sabor preferido.

Ahora doy un salto a los finales de los 60s, quiero decir desde mi cuarto grado en adelante. Mi mamá se había vuelto a casar (en enero de 1966). Mi padrastro, Humberto Cid Obrador, fue todo un padre para mí y enseguida se estableció el nuevo hogar. Recuerdo con agrado la época de mandarme a comprar un peso de croquetas, aquellos croquetones que muchos gustaban de comer crudos y los huevos, que también se vendían liberados, todo un lujo inimaginable hoy. Bueno, ya en secundaria en mi casa la comida establecida era arroz blanco, bistec empanizado (de ahí mi gusto por las las carnes empanizadas) y plátano frito, ya fuera maduro o verde, mi papá Humberto así gustaba y lo procuraba.

Les comento a mis lectores que la carne «venía» (a la casilla) cada 9 días (una vez de primera y otra de segunda), sí recuerdo que era «bastante». Se extinguió un buen día, creo que a finales de 1990 y hasta el sol de hoy. Se mantuvo la dieta médica, igual hasta extinguirse o casi. El día que murió mi abuelo Fulgencio, papá de Humberto, mi tía Lourdes, esposa de mi tío Vary, vino a mi casa a hacerse cargo de mi hermano y de mí. Cocinó unos frijoles a la altura de mi gusto actual (que hay quien sabe … supongo yo) estaban deliciosos, pero mi hermano y yo no los comimos, no estábamos acostumbrados a eso. La tía Lourdes se quedó desconcertada.

Hablando de comidas de los 60s, hay dos cosas que debo señalar. Hoy en día cualquier persona sabe lo que es el yogur y lo sabe desde pequeño; pero eso tuvo un inicio en Cuba, antes del cual no lo conocíamos. Recuerdo, como si fuera hoy, que mi tío Vary me dijo –Landy, vamos conmigo y me montó en su moto y me aclaró –vamos a probar una cosa nueva que se llama yogur, a ver qué cosa es eso. Fuimos a la cafetería que está frente el Hospital Provincial y que cuando aquello se llamaba Watusi. Terminamos echándole mucha azúcar con aquellas azucareras que echaban porciones dosificadas y que ya hoy no veo por ninguna parte. Curiosamente, hoy me gusta el yogur natural sin azúcar. Era, por supuesto, yogur natural.

Otro día, con igual procedimiento me dijo –vamos a probar ancas de rana, a ver a qué sabe eso, dicen que es como pollo. Yo era bastante remilgado con la comida, pero mi tío siempre tuvo una fuerte influencia sobre mí y recuerdo que tanto el yogur (con mucha azúcar) como las ancas de rana fritas, las asimilé sin remilgos. Debo aclarar que mi tío y yo usamos la misma talla de camisa de fuerza. Somos locos y temerarios (ambos quisimos ser pilotos de combate; pero la Naturaleza no nos ayudó, yo ni militar pude ser) y yo me he dado cuenta que, a mi pesar, tenemos muchas cosas en común, aunque ahora militamos en bandos políticos antagónicos; pero él, que estudió en la Unión Soviética para técnico de helicópteros (cuando no pudo estudiar para piloto) y sí, eso ocurrió en los años que decían que los rusos les lavaban el cerebro, fue quien me inculcó mis convicciones políticas, las que he sostenido toda mi vida.

De la comida de expendio público recuerdo con mucho agrado la pizza y el espagueti, que era igual en todas las pizzerías de Cuba (mismo queso, misma salsa Vita Nuova, misma harina, mismo precio, misma calidad), a 1.20 en moneda nacional (y ni piensen que me alcanzaba el dinero para mucho, eso era un lujo, como lo es ahora una pizza en 500 pesos). El helado Coppelia era una bendición, siempre con muchos sabores: chocolate, rizado de chocolate, vainilla-chips, mantecado, vainilla, fresa, naranja piña…y el precio asequible en combinaciones como: Sunday, Tres Gracias, Copa Lolita, Ensalada … Duraron las pizzas, los espaguetis y los helados Coppelia hasta el desmadre de principios de los 90.

Los dulces, al menos en Camagüey, eran una divinidad, no pasaban de 10-20 centavos. Camagüey era una especie de meca de los dulces, los colegas de La Habana venían a darse banquete en la cancha de Coppelia o en la dulcería Perezosa (aunque había muchas más dulcerías, todas estatales). Ahora uno se come una marquesita y sabe a rayo y cuesta no menos de 200 pesos, ya ni el merengue de los dulces es merengue y a veces los dulces ni son dulces y valga la redundancia y ya no sabe uno qué está comiendo.

Hablando de dulces, mi mamá y mi papá Humberto eran muy buenos haciendo dulces (y cocinando en general). Mermelada, casquitos de guayaba, panetelas (solo igualadas por la abuela de Yaimé) y el plato especial de mi mamá para mi: arroz con leche (y no es que me quiera casar); pero ellos hacían muchos otros dulces. Esta habilidad y tradición dulcera la heredó mi hermano Humbertico y nos sigue deleitando con sus famosos cakes. Para mis siete escuelas al campo, mis padres (tanto Humberto como Teresa) me hacían leche condensada o cremitas de leche y panetela casera (hecha en olla de presión).

Un capítulo aparte en mi alimentación lo merece la Unión Soviética. Yo estudié de 1976 a 1981. Como experiencia de vida fue maravilloso, tanto en el orden científico-técnico como en el orden cultural, espiritual y en general, de vida. Yo me veía por primera vez con total independencia, financiera sobre todo, que me permitía dedicar mi estipendio a lo que yo quisiera.

Yo entré a la Unión Soviética por el puerto de Odessa y allí fue el primer choque alimentario. Los comedores (stalóvayas) vendían albóndigas de diversos tipos con kasha (de cereales desconocidos), nada de eso me gustó, aunque luego le fui cogiendo el gusto. Los cubanos que habían llegado antes habían adoptado lo de comprar mortadela (kolbasá), pan y paquetes (piramidales) de leche, lo cual también me resultaba insatisfactorio y no me caía bien.

En general, mi vesícula (que no fue hasta el 2015 que supe que era ella y la operé en el 2016), los cinco años, fue muy poco tolerante a las comidas rusas. Todo el mundo regresaba gordo y yo flaco. El problema eran las grasas.

Las sopas (el borsh, la solyanka, el schi, la okroshka y otras) eran deliciosas y las disfruté mucho. La smetana (una especie de crema de leche que los cubanos no conocemos) me gustaba mucho; pero por ser grasosa no la toleraba bien. Generalmente uno comía albóndigas, croquetas, brochetas (frikodelki, kotleti, kebab) y cosas así, semielaboradas y fáciles de preparar y mucha papa, sobre todo «papa a lo bolo». En general, se comía muy poco frito y arroz, casi nunca. Las pelmeni eran un comodín de comida rápida y ligera, se servían con mantequilla, con smetana; pero más comúnmente con vinagre, en su versión más barata.

Los dulces rusos, esos sí eran «la leche», no he comido mejores dulces que los rusos en ninguno de los países que he visitado. Las tortas (ah, la torta Marika, mi preferida) que eran como cakes, pero en variedad inimaginable. Bombones, peters y chocolates de todo tipo, simplemente deliciosos. Bueno, en la comida rusa habían muchas exquisiteces, yo no las pude disfrutar a plenitud por mi vesícula defectuosa «de fábrica». En la siguiente foto el famoso pastel «Ptichie molokó», literalmente «Leche de pajaritos», que nada tiene que ver con leche ni con pajaritos.

De 1984 a 1988, ya casado yo y establecido en Cuba con hogar aparte, dado que los dos (mi esposa y yo) solo ganábamos 198 pesos, nuestra comida era huevo y pescado (tilapia en aquella época) y una vez nacido mi hijo, la poca carne que conseguíamos era solo para él. La carne de cerdo y el jamón se vendía liberada en los mercados estatales (en Camagüey, El Colmado de La Palma, en la calle República) a un precio muy barato (menos de cinco pesos la libra); pero inaccesible para nuestro salario básico. Las pocas veces que íbamos a un restaurante yo siempre pedía pescado, me encanta el pargo y la sierra. En esa época no estaba en mi «código de honor» trabajar «por la izquierda», lo único adicional que hacía era dar clases en la Universidad; pero no era muy lucrativo, aunque sí muy honorable y útil profesionalmente (muy honrosamente hoy soy Profesor Titular Adjunto en dos universidades en Cuba y en tres en Colombia); pero en lo que a comida se refiere, comencé a reprimirme hasta el punto que me da lo mismo comer cualquier cosa, literalmente, aunque aún me queden un par de cosillas favoritas que todavía aprecio más que otras (hay quien sabe …supongo)…yo me como CUALQUIER cosa. Ciertamente, con la comida nadie lograría tentarme o sobornarme. Yo como para vivir, no vivo para comer y como de todo lo que sea comestible, soy muy reservado y austero con la comida.

En 1989 nació mi hija y comenzó la debacle, alimentaria y de todo tipo (que no tuvo que ver con el nacimiento de mi hija, sino con el nacimiento del período especial), la sima yo la ubico en el año 1993, cuyo recuerdo aun me da escalofríos. Ese año ni sé bien qué yo comía, pero sí sé que bajé bastante por debajo de los 60 kg, por primera vez después de haber salido de la universidad, creo que llegué a pesar 51 kg o menos. Mi amigo y compañero de LADETEC, Waldo, ilustraba gráficamente aquello con los huecos del cinto. Un día, cuando ya había 8 huecos vacíos a la izquierda de la hebilla, me señaló uno aun a la derecha de la hebilla y me dijo como quien confiesa un secreto –este es «el del Pre». Supongo que a eso es lo que ahora los jefes nos quieren decir al pedirnos que «nos apretemos el cinturón». Claro, unos tienen más para apretar, yo igual, estoy llegando a mi perímetro de hace muchos años. sigo usando la talla 30 de pitusas.

Un trofeo para mí era ir a Estrella Roja, que hoy es un mercado múltiple de cuentapropistas; pero que cuando eso era una planta de procesamiento de pescado y «pescar» (comprar…si alcanzaba) una tenca enorme que era un problema descamar y limpiar en un apartamento en un cuarto piso. Me recuerdo que a mi niña pequeña yo se la preparaba y le decía que era pollo. Un día sacó una espina de esas en «y» y me dijo –papá, el pollo tiene una espina. Se me «partía el alma» con eso.

A veces mis padres nos «resolvían» (sí, había que tener «socios») una reservación en el hotel Caonao (muy cerca de mi casa, en el Reparto Puerto Príncipe) por dos o tres días y comprábamos todos los bistecs de palomilla que nos vendían, grandotes, y hacíamos un acumulado, porque nosotros mismos apenas si comíamos un pedacito en cada comida. En aquella época, por primera vez en mi dieta apareció el plátano burro (CENSA) que rápidamente fue bautizado «fongo» y nada, lo «adoptamos». El pan se ponía medio verdoso al otro día (eso sí, nunca faltaba, no como ahora que el pan de la cuota es apenas un caricatura del pasado).

Mi desayuno favorito (bueno, el único) era agua de azúcar (que tampoco faltaba el azúcar de la cuota) para pasarme todo el día rodando en la bicicleta. Los cuatro panes que nos daban eran para los dos niños, para la merienda y para «refuerzo» del almuerzo. Tiempos negros. Los meses de julio y agosto, en el trabajo se suspendía el almuerzo, entonces el jarro de agua de azúcar tenía que durar hasta la comida. Recuerdo que un día Ramoncito viene y nos avisa a Waldo y a mí de que en el comedor habían hecho café. Nosotros asombrados –pero si ninguno de nosotros tres toma café. Ramoncito con aire de descubrimiento científico compartido nos dice –pero le echan azúcar, podemos sintetizarla. Tiempos muy duros, no por mí, sino por tener dos hijos pequeños a mi cargo. Curiosamente, ellos lo recuerdan con alegría.

En el verano del año 2002 en mi familia tuvimos un suceso alimentario que nosotros recordamos como «el verano de Alfredito» por el popular espacio televisivo «En familia con Alfredo» que se transmitía por los mediodías. Un amigo, Armando Méndez, nos llevó con un biólogo (yerbero) amigo suyo que consultaba sobre nutrición y mandaba una dieta especial, que él aseguraba que curaba muchas cosas. El rigor de la falta de comida ya se hacía sentir en mi anatomía. Transitaba yo de conjuntivitis a infección en los riñones en un primoroso ciclo ininterrumpido, por eso fuimos a ver Rafaelito, que es el nombre del biólogo.

Pues bien, la dieta de Rafaelito a mí me parecía muy racional. En el almuerzo solo carbohidratos y vegetales (ensalada de cinco colores) a partes iguales. En la comida, solo proteínas y vegetales, igual al 50% de cada cosa. No ponía límite a las cantidades de carbohidratos en el almuerzo y de proteínas en la comida (el límite lo ponía mi escasez), solo que fuera al 50% con ensalada de cinco colores. Habían algunas especificidades. El tomate y el pepino contaban como frutas, que no como ensalada, las frutas se comían antes de la comida.

Proteína podía ser cualquier cosa: pollo, pescado, carnes blancas; pero no carnes rojas. Salvadoramente, los frijoles contaban como proteína. Como carbohidratos podía ser un delicioso puré de calabaza y fongo (boniato en bonanza, malanga inexistente), con las especificidades que la calabaza con cáscara y semilla y los fongos con cáscara. Nos pusimos aun más flacos. Mis amigos cercanos como Juan Carlos Antuña y René Céspedes estaban seriamente preocupados. A favor de esa dieta puedo decir que nunca antes ni después he tenido digestiones tan buenas, de hecho, mi salud mejoró notablemente. En ese veranos y solo para dar el ejemplo a mis hijos, empecé a comer la espinaca, que me resultaba aborrecible y que hoy en día me gusta mucho. Lo de los cinco colores era muy difícil de mantener (ni siquiera recuerdo haber llegado nunca a cinco), y hoy en día eso es impensable en Cuba. Después del verano aquel abandonamos el rigor de esa dieta.

Ahora retrocedo un par de años para hablar de mi alimentación durante mi estancia en Estados Unidos en el verano del año 2000. Después de una década de alimentación muy precaria en Cuba caer en la meca de la comida tenía que notarse. Mis compañeros, a mi regreso, no se cansaban de repetirme que yo me veía deslumbrante, con la piel brillante y «repuestico» (que flaco siempre he sido). No puedo hablar de la comida sin mencionar el super mercado al que iba. Se llama King Soopers, abierto las 24 horas. Allí el pan en los estantes SIEMPRE estaba fresco y calentito, sí, a las 12 de la noche o a cualquier hora, Louise, mi casera, me dijo que era todo muy seguro y lo era, pero … en el 2021 un loco mató a 10 personas allí mismo. Louise, que vivió la Gran Depresión de los años 20 en Estados Unidos y sabe muy bien lo que es el hambre, me regalaba todo lo que cocinaba y le sobraba y yo, que para «perro de la casa» no tengo desperdicio (estoy seguro que hay quien sabe), me comía todo lo que ella me regalaba, tanto más, que lo hacía de corazón. A eso le agrego que mi abuelo asturiano era muy severo con la comida y no gustaba que nadie dejara nada en el plato, así que yo, sin complejo de ningún tipo, hago turnos de limpia-pecera (sí, hasta el sol de hoy, lo que pasa es que soy solidario con el perro de la casa, que si no…).

En Estados Unidos, mayormente yo me alimenté de conservas enlatadas y productos cocinados, fui un «chef de microonda». Frijoles negros, colorados, blancos, espagueti con carne, con jamón, con queso, sopas, arroz, tamales, carnes, pescado, pollo…en fin, probé de todo lo imaginable e inimaginable, verdaderamente, todo riquísimo. Allí descubrí que el queso crema que más me gusta no es el de La Vaquita sino el queso crema Philadelphia. Dulces enlatados…a montones. Una mexicana me enseñó cómo obtener una tarjeta del super mercado con la cual tenía acceso a los productos rebajados (en «oferta», como ellos dicen) y desde ese momento solo compré cosas rebajadas, era solo tener paciencia, Mi favorito de todo: un helado de chocolate que yo comía con barquillas (hay quien sabe que eso es extrapolable a otros ámbitos y a otros roles) y me daba unos atracones que rodaba hacia la cama. Solo fui a tres restaurantes, uno con Joseph Van Andel en Burlington, uno mexicano con Rolando García, un colega cubano que trabajaba en NCAR y el que ya conté de Deep Dish Pizza con Louise.

Doy ahora un salto un año adelante para describir mis experiencias alimentarias en Roma, Italia. La fascinación por la lasagna romana que me hicieron buscarla en todas partes (incluso de color ladrillo y la señora de…) ya la conté en un post sobre el Trastévere. Yo comía espaguetis todos los días, en Roma comprendí que hay mil dos tipos y calidades de espaguetis. Lo acompañaba con pechuga de pollo, pescado o huevo, alternándolas. Para salir los fines de semana yo compraba la Coca Cola de dos litros (que es la más barata por volumen), me re-envasaba a par de botellitas y llevaba mi buen pan con mortadela, Cierto, que ya al final de la botella de dos litros no tenía gas y lo que llevaba era como refresco de polvito, pero yo soy un estoico, especialmente con la comida y especialmente si se trata de ahorro.

Fui a muchos restaurantes de comida típica italiana a los que me llevaba un fin de semana sí y el otro me invitaba a su casa, mi anfitrión, el Dr. Eugenio Gorgucci, que se tomaba muy en serio lo de hacerme probar todas las delicias de la cocina italiana. Para Navidad tuve que hacer gala de lo que ya les comenté, que yo como DE TODO, me guste a no. Gorgucci me preparó una cena típica de Navidad y me dio a probar todos los turrones y nueces secas que suelen comer en esos países para esa ocasión y que a mí no me gustan ni un poquito; pero las comí TODAS y las alabé con tremendísimo entusiasmo. Ya les conté que dondequiera que voy, hago lo que hacen los lugareños.

En mis paseos de fin de semana me gustaba entrar a cafeterías y tomar un delicioso caffè italiano en todas sus modalidades, como el ristretto (más corto y concentrado), el lungo (más largo), el macchiato (espresso con un toque de leche), y el cappuccino (espresso con espuma de leche). También se encuentran opciones como el caffè latte (espresso y leche), el caffè corretto (espresso con licor) y el caffè freddo (café frío). De lunes a viernes yo almorzaba en el comedor «obrero» de la institución, mi anfitrión me garantizaba el tiquet, que ya estaba pago, era una regalía del Istituto per la Fisica dell´ Atmosfera. Era un almuerzo completo, cada día un menú diferente, pero desde que el joven Francesco me enseñó que yo podía pedirles una fettina di carne, es decir, un buen bistec, que yo pedía en cuanto llegaba a la cola y cuando me tocaba ya me lo tenían listo. Yo, que había comido riquísimos gelati italiani en otros países, en Roma no encontré un helado que valiera la pena o tal vez no lo busqué bien.

He viajado a muchos países, y he probado muchísimas comidas, generalmente invitaciones de mis anfitriones, porque la que me tenía que comprar yo, sin importar el país, era pan con mortadela y Coca Cola grande re-envasada en botellas pequeñas (sí, bien austero, que yo siempre iba en plan de ahorro in extremis, sí, no me apena decirlo, mi salario de experto en radares en Cuba nunca me permitió darme ningún lujo y no me quejo, yo escogí vivir en Cuba a pesar de tener ofertas deslumbrantes en muchos países). He comido en restaurantes típicos coreanos, japoneses, turcos, mexicanos, alemanes, ingleses, italianos, árabes, franceses (en Montreal), venezolanos, colombianos, nicaragüenses, hondureños, guatemaltecos … en fin, no recuerdo todos.

En Dusseldorf comí en una taberna donde comió Napoleón. Yo, a la verdad, soy de gustos simples, el picante no me cae bien (ya les dije de mi vesícula-averiada-de-fábrica), no obstante, le hice los honores a todos. En Nalchik, ciudad en la que concluyen dos nacionalidades, los kabardinos (del llano) y los balcarios (de la montaña), comí en restaurantes kabardinos y en restaurantes balcarios. A la verdad yo no podía diferenciar la sazón de unos y otros, para mí era comida árabe, con mucho picante. Mi comida durante los cuatro meses del entrenamiento en Nalchik (capital de la República Autónoma de Kabardino-Balkaria, cuna de los radares MRL-5) se reducía a huevos fritos con kalbasá (mortadella en ruso), pan, puré de papa y té con peters de chocolate. Por cierto, Nalchik es una ciudad-balneario, de aguas medicinales sulfurosas, contrario a todas mis otras estancias en la Unión Soviética, viré gordo (bueno, repuestico), a mí vesícula le asentó mucho el agua de allí.

*****

Mi estimado amigo Rogelio, espero que esta breve excursión por mis luces y sombras alimentarias haya satisfecho tu interés. Tal vez algunos se vean reflejados en mis sombras, a las que no les di todo el negro que llevan, y unos pocos se vean reflejados en mis luces, que otros tal vez las tengan enceguecedoras, que las mías nunca tuvieron mucho «guatage». Resiliencia es una palabra que yo asimilé no hace tanto; pero describe bien mis avatares alimenticios, a ratos emparentada con supervivencia, que es una que sí conozco desde pequeño. De la actualidad no es interesante hablar, el que se lea esto sabe muy bien lo que hay ahora y si alguien se lee esto de aquí a muchos años, pues ya lo sabrá por otras historias de nuestra contemporaneidad. Hago clic y hago mutis, voy a ver qué me preparo de comida. Deliberadamente he dejado fuera el tema de los comedores obreros en Meteorología y en general, que esa es oooootra historia.

Si mi amable lector está interesado, tengo otras muchas anécdotas alimentarias…

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