
Anda un debate tremendo en Internet acerca de las medidas migratorias que se espera se anuncien esta semana.
Quiero dar también mis opiniones al respecto.
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Varias personas me han dicho que tengo suerte, que tengo un colectivo de ingenieros de primera línea, y eso es cierto, nuestro colectivo está entre los 6 grupos de ingenieros, que saben lo suficiente para construir un radar completo, desde las tuercas hasta las computadoras. Lo que no es cierto es lo de la suerte. En 30 años de trabajo he entrenado con esmero a 28 ingenieros. Si algún mérito me toca, no creo que sea como ingeniero sino como educador. No es ninguna casualidad que ahora tenga 6 ingenieros de primerísimo nivel, ha sido un simple proceso de descarte.
Algunos no sirvieron y se fueron ellos solos. Otros tremendamente buenos, se fueron para otras empresas en Cuba donde tienen mucho mejor remuneración, en todos los casos dejando el corazon aquí, pero hostigados por una situación muy dificil en la vida. Otros también tremendamente buenos emigraron (uno por sorteo, otro se quedó fuera al terminar estudios), y también dejaron el corazón aquí guardado y una obra muy bien hecha. Seis están aqui, la mayoría de ellos estarán aquí para toda la vida, y como dice Bertold Bretch, esos son los imprescindibles. A esos también les ofrecen, y mucho, tanto que da miedo mencionarlo, y el mérito mayor está en que no tienen ni las mejores condiciones de trabajo, ni de vida. Todos están construyendo sus viviendas, lenta y trabajosamente, y aun así dedican innumerables horas extralaborales al trabajo que hacemos, robándoselas a su propio descanso. Por eso no es suerte que me haya caido un grupo que no tiene problemas económicos y puede dedicarse al trabajo. No, no es suerte, es sacrificio.
El problema de la fuga de cerebros es una dura realidad inevitable. Es muy duro graduarlos como profesionales, y en mi caso más duro aún por el tiempo que les he dedicado para formalos post universidad como especialistas de radar. Después de graduado en la universidad, si el profesional tiene «madera» de verdad, toma unos cinco años convertirlo en especialista de radar.
En lo particular, yo abogo porque se deje viajar libremente, que el que se quede aquí lo haga a pura conciencia y no por la fuerza. Confio en que unos se van y otros llegan, y van quedando cosas positivas que se van transmitiendo de unos a otros. He enfrentado este problema de los buenos que se van, en algunos momentos eso ha sido muy crítico, pero siempre ha aparecido el relevo oportuno.
En un principio las cosas eran tan simples que yo dominaba perfectamente bien todo el trabajo. En algún momento hubo que especializarse, la electrónica se hizo muy complicada, el software aún más. A partir de ese momento las pérdidas fueron aún más sensibles, asimilar el software del que se iba ya no me fue tan facil, pero nada cayó al vacío, todo ha ido teniendo continuidad, pasando cada vez a niveles superiores. Actuamos como un equipo de futbol cuando expulsan a uno, los otros cierran filas y siguen jugando. Pasa un tiempo y el equipo vuelve a estar completo. Confío en que así será, ya yo no soy el único educador, en eso también nos hemos reproducidos.
Cuando comencé a trabajar aquí, yo era el único ingeniero, con 2 obreros calificados en un polvoriento taller. Ahora somos el Centro Nacional de Radares y estamos dotados de un equipamiento que no tiene nada que envidiar a lo que he visto en los mejores Laboratorios y Centros del mundo.
No, no hay miedo, somos un equipo con las puertas abiertas para entrar y salir. Confío en el potencial inagotable que ha generado la Revolución. Continuaremos reparando, manteniendo, modificando y también construyendo radares meteorológicos.
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