Radares Mirando al Sur

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«Si fueris Romae, Romano vivito more; si fueris alibi, vivito sicut ibi «

La traducción literal de la frase en latín sería: «Si estuvieras en Roma, vive a la manera romana; si estuvieras en otro lado, vive como allí»; pero más popular es la expresión “donde fueres, haz lo que vieres”, que es la derivación como refrán popular en español de la frase que le da nombre a este post. Fue pronunciada por primera vez en el siglo IV por Ambrosio de Milán, quien fuera un teólogo, estadista y doctor de la Iglesia, considerado uno de los padres de la actual Iglesia católica. Nació en la actual Alemania alrededor del año 340 d.C. y estudió Derecho en Roma. Fue un personaje clave en la cristianización del Imperio Romano y en la formación de la doctrina de la Iglesia. San Ambrosio es el patrón de las abejas, los apicultores, los fabricantes de velas, los obispos, los estudiantes y el aprendizaje. También es el patrón de Milán, ciudad que lo venera desde hace siglos. San Ambrosio fue un obispo de Milán, escritor, orador y doctor de la Iglesia. Nació en Tréveris (como Karl Marx), Alemania, en el año 340 y llegó a Milán en el 370 como gobernador de Anonaria. En el año 374 fue nombrado obispo por aclamación tras resolver los desacuerdos entre arrianos y católicos. San Ambrosio es conocido como el «Doctor de la lengua de miel». Fue un escritor moralista y asceta que compuso libros explicando la Biblia y aconsejando sobre la santidad. También fue un gran embajador que conseguía la paz entre los enemigos. Bueno, cada día me pongo más viejo (como todo el mundo, menos los que mueren) y cada vez desvarío más. No es de San Ambrosio que quiero hablar, aunque yo toda mi vida he tenido el don de mediar en los conflictos, con éxito aunque no haya sido ni moralista ni asceta; pero sí me gusta mucho la miel. Si mi lector tiene paciencia, siga leyendo y le cuento lo que quería contar.

La frase del título recomienda, por educación, acomodarse a las costumbres y usos del país en el que uno se encuentra, al tiempo que aconseja no singularizarse saliendo de los modos y usos establecidos en cada lugar para evitar conflictos. Pues justamente eso he hecho en todos los países y lugares que he visitado.

El trastevere, mi zona favorita de Roma.

Me recuerdo que en Roma donde pasé tres largos meses (tenía financiamiento para un año, pero en cuanto creí que había asimilado bastante, retorné a Cuba), yo salía los sábados para el Nuovo Mercato Trionfale del centro de Roma. Allí comprendí que los italianos gustan más de conversar que de venderte algo, con un rato de agradable conversación me ofrecían los productos por la mitad del precio. Yo a la verdad que conversaba no por coger un mejor precio, sino porque son muy amables y porque quería mejorar exponencialmente mi precario dominio del idioma italiano. Lo alternaba con ir los domingos a los merolicos de Porta Portese que es un enorme mercado de más de 4 mil puestos que se extiende al cruzar la puerta de Porta Portese, la más joven de las puertas de la ciudad. En Porta Portese predominan los extranjeros, hindúes o bangladesianos, quien sabe, de piel cobriza oscura y pelo negro muy lacio, gente muy pobre. También me leí revistas, libros y hasta puse mi windows y mi office en italiano. Para colmo me atreví con el Decamerón de Boccaccio y la Divina Comedia de Dante, en italiano, por supuesto.

El mercado de los merolicos de Porta Portese.

Los domingos se lo dedicaba a las iglesias. En Roma hay cerca de 900 iglesias, yo me hice un plan kamikaze de visitarlas todas…no lo cumplí; pero sí visité muchas. Cuando entraba a las iglesias, yo, que no soy católico (a pesar de ser bautizado), me persignaba (bueno lo intentaba lo más parecido posible a lo que hacían los italianos). Había partes en que se cantaba, por suerte había impresos con los cánticos, yo cogía mi octavilla y cantaba, sí, sin pena, la mar de disparates que habré dicho, es decir cantado. Me calma que Dios debe haberse dado cuenta que yo no sabía italiano, ni sabía cantar, y desafino tremendamente, y se me van gallos; pero eso Dios lo perdona porque yo iba fiel al refrán que da título al post: hacía lo que veía hacer, respetuosamente.

Basílica de San Pedro

En el trabajo (yo estaba como científico visitante en el Istituto per la Física dell´Atmosfera, que ahora se llama Istituto di Scienze dell´Atmosfera e del Clima) pues igual, a cada rato alguien me invitaba a bajar a tomar café, en la cafetería, delicioso, por cierto y hablábamos de política, de Berlusconi, del calcio (tuve que decidirme por ser fan del Lazio o del Roma, opté por este último, y me leía los resultados de los juegos, para poder decir algo, aunque en realidad a mí el futbol no me interesa, ni a ellos les importaba mi opinión, yo solo soy fan del equipo de pelota de Camagüey). Un día se me ocurrió hablar de las películas de Alberto Sordi, ellos tremendamente asombrados y yo traduciendo al italiano en la mente los títulos de las películas que vi en mi adolescencia: Fumo di Londra, Due notti con Cleopatra, Sceicco Bianco…allí los más jóvenes se quedaban «botados», pero los de más edad rememoraban gustosos. Mi idioma mejoraba por minutos, porque ellos sin pena ninguna me corregían. Lo que me gustaba es que en los corrillos de cafetería todo era muy democrático: TODOS éramos iguales, los conserjes, los científicos, los custodios, todo el mundo opinaba por igual (hasta yo) y me discutían cualquier cosa aspaventosamente, como si les fuera la vida, como son los italianos, sin compasión por mi elemental italiano. A los cinco minutos, nadie recordaba de qué discutíamos.

Comida italiana.

Mi anfitrión, il dottore Gorgucci, me invitaba a comer un fin de semana en su casa y el otro me llevaba a un restaurante, de los más típicos de la ciudad. En estas faenas culinarias también hube de hacer gala del refrán. Gorgucci se esmeraba por hacerme comer lo que el consideraba delicioso. A mí no me gustan los hongos, ni la comida con picante, ni las nueces, ni los frutos secos, y en general soy de poco comer. No obstante, comí estoicamente, lo que me gustaba y lo que no, y todo lo ensalcé debidamente. Yo tengo por costumbre comer las frutas de aperitivo, sin embargo, los italianos las comen de postre…y yo los imitaba. A cambio de todo lo que pude haber comido que no me gustó, Dios me puso algo delicioso: la lasagna, nunca he comido ninguna que rivalice con las de Roma, claro, siempre aderezada con excelente vino

Istituto di Scienze dell’Atmosfera e del Clima

Gorgucci todo el tiempo en el trabajo me hablaba en inglés; pero a la hora de almuerzo hablábamos en italiano, igual en las comidas en su casa. La esposa de Gorgucci no hablaba inglés; pero sosteníamos agradables conversaciones sobre literatura. Por suerte para mí, desde adolescente leí mucho y tenía en mente una buena colección de autores italianos. Una vez ella quedó muy sorprendida, porque hablábamos de que hacía frío, y ella me comentó que eso era malo para los olivos y yo le dije –lo sé, leí un libro sobre eso. Me preguntó que cuál, le dije –Padre Padrone, ya esa fue mi consagración a sus ojos.

En fin, amables lectores, en todas partes del mundo que he ido, he actuado como los locales, respetando sus costumbres, aprendiendo…y encomendándome a San Ambrosio. Créame mi incrédulo lector…me han pasado muchas cosas en el ancho mundo.

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