Radares Mirando al Sur

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¿Ciencia e Innovación?

En Cuba gustamos de aferrarnos a una frase y repetirla hasta la saciedad. Desde hace unos años, «Ciencia e Innovación» es la favorita. Los dirigentes de todos los niveles sazonan sus discursos con esas palabras, exhortando a aplicarlas como solución universal; pero lo triste es cuando lo refieren a problemas cuya solución pasa simplemente por una inversión en recursos, sin necesidad de «inventos». A veces me da la impresión de que quienes hablan ni siquiera entienden qué es una cosa y qué es la otra. Por si acaso, me gustaría dar mi opinión al respecto.

La Ciencia es el conjunto de conocimientos sistemáticos y verificables obtenidos mediante observación y experimentación para entender el mundo. La Innovación, por su parte, es el proceso de introducir ideas o productos nuevos para transformarlo y crear valor. Puede haber ciencia sin innovación (un paper que se queda en el archivo) e innovación sin ciencia (quitar el termostato de un auto roto: resuelve un problema inmediato, pero no es mejoría). No son opuestas, pero tampoco son sinónimos de «cualquier solución».

Sin embargo, en la práctica nacional, pareciera que el discurso ha creado una realidad paralela. Mientras se exalta el mantra de la ciencia y la innovación, la tendencia palpable en nuestro día a día es la de convertirnos en una sociedad de revendedores. En cualquier cuadra de Camagüey –y me atrevería a decir que en toda Cuba– es más común ver casas dedicadas a revender productos importados por las MIPYMEs que casas en las que vivan personas dedicadas a la investigación. Unos revendedores sobreviven, otros prosperan, pero el capital humano dedicado a la ciencia visiblemente decrece y los revendedores aumentan cada día. Esto no es casualidad: no se puede pretender ser un país de hombres de ciencia cuando los salarios en el sector son simbólicos y la retención de talento es una quimera.

Este divorcio entre la retórica y la realidad se encapsula perfectamente en el contraste entre el marco institucional y los recursos reales. En la última década (2015-2025), Cuba ha construido una arquitectura legal envidiable para la ciencia: desde la reactivación del Fondo Financiero de Ciencia e Innovación (FONCI) y el Decreto-Ley 7, hasta la creación de Empresas de Alta Tecnología, Parques Científico-Tecnológicos, las empresas de interfaz y la reciente Ley General de Ciencia e Innovación de 2025 (que me parece excelente). El marco, en teoría, es de ensueño, envidiable para cualquier país.

Pero la solidez de ese andamiaje institucional y legal choca frontalmente con los cimientos de barro de la práctica. La inversión en I+D fue de solo el 0.54% del PIB en 2018, una fracción mínima (0.4% en 2025) del total de la inversión nacional, siempre opacada por sectores como el turismo. El resultado de esta paradoja es predecible y se refleja en indicadores globales: una producción de patentes insignificante, ausencia en los rankings internacionales de innovación y un lugar marginal en América Latina.

Por tanto, no es con discursos triunfalistas que lograremos un socialismo próspero. Debemos, con espíritu crítico, reconocer que un marco legal propicio es solo el primer paso. Sin una inyección masiva de recursos, sin una priorización presupuestaria real que valore el conocimiento por encima de la importación y la reventa de artículos importados, y sin un plan concreto para retener a nuestro talento, todo ese edificio legislativo seguirá siendo un escenario vacío. La ciencia cubana tiene potencial, pero urge ponerla en función de la economía nacional y sobre todo, de las exportaciones, antes de que se nos escape, literalmente, la última neurona. Recordemos la frase que Fidel nos dejó:

Si lo desea puede leer mi publicación en el periódico Granma:

Bueno, creo que nosotros, los de LADETEC, algunas opiniones podemos dar, lea la publicación en Granma de una periodista:

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