
Vuelve mi amigo Sasisko, el que se cree escritor a pedirme espacio en el blog. Le explico que sus escritos anteriores no han tenido mucho éxito, que como escritor de ficción no se gana la vida. Me replica que no es ficción, que son historias que le han ocurrido. Bueno, con respecto a las mujeres yo no dudo, sé que ha tenido las mil y una aventuras con mujeres. En estos relatos él se hace el héroe, pero en realidad es un promiscuo con mucha suerte con las mujeres. Recientemente fue a México por asuntos de negocios (que ya no trabaja para el Estado) y viene con este cuento. Yo se lo publico porque ¿quien sabe? a lo mejor de repente le llega un golpe de suerte y una editorial seria se lo publica y algo se me paga. Y si no, pues nada, yo también he escrito más de 500 posts que nadie se lee. Los dejo con el cuento de Sasisko.
Yo no pensaba viajar. Tenía la visa a México lista desde hacía mucho, a punto de vencerse. La verdad, tanta viajadera me tenía cansado, pero el negocio resultaba demasiado tentador; no pude negarme.
Llegué por la mañana a Ciudad de México. No tenía nada que hacer hasta la tarde del día siguiente. Subí unas fotos a mi muro de Facebook y, casi al instante, ella preguntó si de verdad estaba allí. Solíamos intercambiar mensajes de vez en cuando, y supe hacía tiempo que ocupaba un puesto ejecutivo en una empresa importante de la ciudad. Una vez, en una de nuestras conversaciones, le había confesado mi fascinación por la historia de los Niños Héroes de Chapultepec. Ahora, ella me proponía quedar allí.
Con bastante antelación, tomé un taxi hasta el lugar convenido. Era, tal como esperaba, un lugar de ensueño.
Desde la cima del cerro, donde el tiempo se hace piedra y murmullo, el castillo se recortaba contra un cielo en llamas. El sol, un disco de oro líquido, se derramaba sobre la plancha infinita de la ciudad, tiñendo de carmín y añil las nubes que acariciaban sus almenas. El viento traía, entre sus ráfagas, el susurro de los ahuehuetes milenarios —testigos mudos de imperios— y el eco lejano de la urbe. En ese instante, suspendido entre el día que huía y la noche que avanzaba, el castillo no era un museo, sino un vigía. Era la piedra que sueña, la memoria hecha horizonte, iluminando el recuerdo de aquellos seis jóvenes cuyo valor transformó para siempre este sitio.
Fue entonces cuando apareció ella.
Era un claroscuro viviente. Su piel, de una blancura de porcelana lunar, hacía emerger unos ojos como pozos de obsidiana líquida. Y en ese rostro, estallaba el rojo escarlata de sus labios, una promesa hechizante. Cerca del arco superior, un pequeño lunar —íntimo, insinuante como una promesa— completaba un retrato de una belleza serena y desafiante. Era la encarnación de un cuento antiguo: la doncella de nieve con los labios de la pasión.
Muchos años antes la había conocido, brevemente, en una oficina. El impacto entonces, como ahora, fue un deseo a duras penas contenido. Pensé que no vendría, pero allí estaba, con su indescriptible embrujo. Me quedé petrificado, dueño solo de mis ojos para beber aquella visión.
Ella no dijo nada. Sostuvo mi mirada durante un latido eterno, y una sonrisa lenta, que parecía nacer directamente de aquel lunar travieso, iluminó su rostro. No era la sonrisa ejecutiva de una profesional, sino una expresión antigua, cómplice, como si hubiera estado esperando este instante en este mismo lugar desde siempre.
Sin mediar palabra, extendió la mano. Y yo, que había viajado por medio mundo huyendo de fantasmas y acumulando cansancio, la tomé sin dudar. Su piel estaba fresca contra la mía, un contraste perfecto con el calor residual del día que aún palpitaba en el aire.
—No viniste solo por el atardecer —dijo, y su voz era tan envolvente como la penumbra que nos rodeaba—. Viniste por la historia. ¿Te gustaría ver dónde realmente ocurre?
No esperó mi respuesta. Me guió, no hacia las puertas principales del museo, ya cerradas, sino por un sendero lateral que bordeaba la base de la fortaleza, entre las sombras alargadas de los ahuehuetes. El ronroneo de la ciudad se atenuó, reemplazado por el crujir de la grava bajo nuestros pies y el susurro de las hojas. Llegamos a una pequeña puerta de madera robusta, casi invisible entre la enredadera. De su bolso sacó una llave antigua.
—Un privilegio del puesto —murmuró, con un guiño de aquellos ojos de obsidiana.
La puerta cedió con un quejido solemne. Al otro lado no había la sequedad de un museo, sino la humedad fresca y el olor a tierra y piedra antigua de un corredor abovedado, iluminado tenuemente por faroles eléctricos disfrazados de antorchas. Era como si el tiempo, que en la cima se hacía murmullo, aquí se hubiera condensado en silencio palpable.
—Esto es parte de las fundaciones —explicó, su voz resonando suavemente en la bóveda—. Por aquí movían provisiones, y tal vez, cadetes en una última misión.
Caminamos en silencio. Mi mano aún en la suya era el único ancla a la realidad. En un ensanchamiento del pasillo, se detuvo y se volvió hacia mí. La luz tenue jugaba en sus facciones, acentuando el contraste entre su piel pálida y la oscuridad de su mirada.
—Siempre pensé —dijo, su tono más íntimo— que la verdadera valentía de esos jóvenes no fue solo el acto final, sino la decisión de quedarse. De abrazar un destino por algo más grande que ellos. Es raro encontrar esa claridad.
Me miró directamente, y en sus ojos ya no vi preguntas, sino una respuesta esperando la mía. El aire era eléctrico, cargado con el peso de la historia y la urgencia del presente. El cansancio del viaje, la frialdad de los negocios que me trajeron aquí, todo se disolvió. Solo existía este corredor secreto, el eco de sus palabras y el magnetismo abrumador que emanaba de ella.
Me acerqué. El mundo se redujo al espacio entre nuestros rostros, al perfume sutil que llevaba, a la promesa de aquellos labios en forma de corazón. Ya no había ciudad, ni castillo, ni siglos de historia. Solo el presente, vertiginoso y perfecto.
Y allí, en la penumbra sagrada de Chapultepec, bajo la tierra que pisaron los héroes, finalmente la besé. No fue un acto de pasión desbordada, sino de reconocimiento. Como encontrar, después de una larga y errante búsqueda, el lugar al que secretamente se pertenece. Un lugar que no estaba en ningún mapa, sino en la geografía imposible y exacta de sus labios.
Cuando nos separamos, la luz en sus ojos era un nuevo atardecer.
—¿Sabes? —susurró, apoyando su frente en la mía—. Los vigías no solo miran hacia fuera. A veces, custodian tesoros escondidos dentro.
Y supe, con una certeza absoluta, que mi viaje, el negocio, todo, había sido solo el pretexto necesario para llegar a este instante. Para descubrir que la historia más importante no era la que estaba escrita en las piedras, sino la que estaba a punto de comenzar.
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Bueno ¿y entonces qué? ¿cómo sigue el asunto? —Indagué yo de chismoso.
—Pues todo muy bien, otro día te cuento— me cortó él.
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