
Cierta vez, en una de mis pasantías en instituciones científicas de primer nivel, mi anfitrión recibió una copia de un importante libro sobre la teoría de los radares meteorológicos. El libro estaba como pan acabado de salir del horno…calientito. Para mí, por supuesto, el precio era prohibitivo. Mi anfitrión, conociendo mi sed de información, me lo dejó por muchos días. No le vayas a sacar fotocopia –me dijo. Un muchacho joven, discípulo y colaborador de mi anfitrión, compartía mi sed de lectura. Saquemos dos copias para nosotros –me dijo, total, eso no es ni delito ni pecado, nosotros no le daremos las copias a nadie. Y allá va eso, nos quedamos toda una noche sacándole dos fotocopias al libro.
Yo a la verdad, no me sentía para nada culpable de sacar fotocopias, yo soy partidario del software libre y las patentes liberadas; pero el Todopoderoso allá en lo alto todo lo sabe y lo castiga sin palos ni piedras. Un poco después de terminada mi pasantía y habiendo ya retornado a Cuba mi joven amigo me escribió, que mi anfitrión lo mandaba a una pasantía allá, donde trabajaban los dos autores del libro. Al principio todo fue muy bueno –me contaba mi amigo. El autor principal me mandaba a estudiarme cosas por el libro y yo me las estudiaba por la fotocopia.; pero él me insistía: cómprate el libro y traelo al trabajo todos los días, así puedo discutir cosas contigo sobre la marcha. Yo resistido, como es lógico –me contaba el muchacho; pero fue tanta la insistencia…que ¡ME TUVE QUE COMPRAR EL LIBRO! ¿Te imaginas cuánto dolor Orlando?
Yo, en cambio sigo muy cubanamente con mi fotocopia en papel y ya la tengo digital también, que como yo hay muchos por el mundo. Cuando traduje el libro de Rinehart, yo se lo advertí, los latinos no compran, fotocopian y efectivamente, la edición en español fue una pérdida económica para Rinehart (y para mí, que si se hubiera vendido bien Rinehart me habría dado una parte de las regalías). Cuando fui a impartir un curso a un país latinoamericano, buscando promover la venta del libro, les puse como condición que se compraran una copia del El Radar para los Meteorólogos en español, una para cada alumno. Ni cortos ni perezosos mis discípulos compraron UNO y cada uno tenía una flamante fotocopia para cumplir con mi requisito. Ya se los dije, el que a hierro mata, a hierro muere.
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