
Entre el mito y la migaja: del dios Pan que infundía terror con su aparición, al pánico cotidiano de que no ‘venga’ el pan de la cuota en Cuba. Un recorrido personal desde el Periodo Especial hasta los cajoneros que parten la madrugada camagüeyana, con paradas en el pan de estímulo, las bolas verdes de boniato, un tío que quiso reeducarme en Miami y la plusvalía puesta a prueba por los evasores fiscales. Desvarío, amables lectores, pero con sustancia.
Cuenta la mitología que Pan, el dios de los pastores y los rebaños, de los bosques y los campos, era una criatura de aspecto tan hosco y repentino —mitad hombre, mitad cabro, con sus cuernos y su piel velluda— que bastaba su aparición súbita entre la maleza para infundir un miedo paralizante en viajeros y ninfas. De aquel temor ancestral, nacido del encuentro abrupto con lo salvaje y desconocido, nos viene el término ‘terror pánico’. Y he aquí que, frente a la imagen de esta deidad campestre, que yo imagino repartiendo hogazas de pan entre labriegos menesterosos, me descubro a punto de divagar sobre el espanto primigenio, sobre la línea difusa entre lo humano y lo bestial, sobre los ecos de la flauta de Pan en la Arcadia perdida… Desvarío, amables lectores, si yo lo que quiero es hablar del pan, del de comer y sus peripecias en Cuba.
Yo no recuerdo haberme preocupado por el pan hasta que el Periodo Especial me «atrapó» con dos niños pequeños, ya viviendo fuera de casa de mis padres, en el Reparto Puerto Príncipe. Más bien recuerdo la etapa en que los dos iban a la escuela. «Daban» (note mi lector que con respecto a los alimentos normados por la libreta nunca decimos «vendían») una bola de pan por persona, nosotros (mi esposa y yo) las dejábamos para los niños.
En aquellos difíciles tiempos, a veces, por el sindicato, si uno se destacaba lo suficiente (en el trabajo voluntario, que en el trabajo de uno no se valía) te asignaban un tique para un «pan de estímulo». Este era una deliciosa hogaza de pan torcido, «de huevo», que te «daban» en la panadería del Parque Agramonte (donde trabajaba Rafaelito, el papá de Mayi, Héroe del Trabajo, EPD). Ahora esa panadería, como otras muchas, está «arrendada» a particulares, suerte que mi papá Humberto (EPD), luchador de la Clandestinidad, ya no vive para ver eso.
Retornemos al pan de la cuota en los años 90. Cada uno de mis hijos llevaba una bola para la merienda y la otra para «reforzar» el precario almuerzo. El pan «venía» (otra característica de Cuba, nunca preguntabas ¿hay pan? sino ¿vino el pan? Nunca faltaba el chistoso repetitivo que respondía —no, no vino, lo trajeron) por la tarde (elaborado en la madrugada) y se consumía al otro día, es decir los niños se lo llevaban para la escuela al otro día.
En las etapas más críticas, el pan, al otro día de elaborado, se ponía medio verdoso, pero mis hijos se lo comían sin reparos (bueno, eso creo yo, espero leer sus comentarios). Dicen que es que era porque lo hacían (lo «estiraban») con boniato. Bah, el boniato es igual de alimenticio —pensaba yo.
En el año 2000 viajé Estados Unidos y me escurrí hasta Miami a ver la parte de mi familia que está radicada por allá. Mi tío Evaristo, que siempre ha sido un guasón, me llevó con él a la panadería y le preguntó a la panadera —¿ya «vino» el pan? La mujer se quedó perpleja, a pesar de que mi tío me señalaba con los ojos; pero el lío es que yo soy de piel muy blanca (por el vitiligo) y además, empujando a la modestia, bastante «cepillado» como para clasificar como «cubanito acabado de llegar» y el tuvo que explicarle el chiste.
Dios lo castigó por alardear (aquí en Cuba él fue comunista comecandela y allá es recalcitrante anticomunista). Ya esta anécdota no tiene que ver con el pan. Su esposa y él me llevaron de tiendas en el downtown de Miami y su esposa Elenita me dijo que quería comprarle unos zapatos de regalo a mi esposa. Me preguntó qué modelo le podría gustar y yo le señalé un par de zapatos; pero —le aclaré que esos no eran de su talla y añadí —no sé si habrá el número de ella. Mi tío se sintió en la obligación de reeducarme y me dijo —Orlandito, esto no es Cuba hijo, acábate de sacar de la mente las aberrantes costumbres comunistas. La muchacha, una «perturbina», habanera por el «hablado», le dijo —No, de ese modelo no hay ese número. «Coge tu pan» —le dije yo, haciendo uso de una frase de moda y ejerciendo mi derecho a réplica por la visita a la panadería. Sí, mi tío y yo tenemos muchos puntos en común, ambos usamos la misma talla de camisa de fuerza, pero ya eso es tema para otro post.
No obstante a las escaseces de aquella época, no recuerdo que ocurriera que un día no «viniera» el pan de la cuota. Eso si hubiera sido «terror pánico». Esa mala costumbre, la de que falle el pan de la cuota, comenzó a ocurrir en los últimos años, después de la COVID-19. Al principio, cuando fallaba la distribución del pan normado un día, en los subsiguientes días «lo pagaban», es decir te daban, un buen día, una dosis doble compensando el déficit ocurrido. Hasta muy recientemente el pan costaba solo cinco centavos de peso cubano —les quiero aclarar para el que vaya a leer esto de aquí a muchos años.
Luego fueron tantas las ausencias que ya nunca más «lo pagaron». Hoy en día el pan de la cuota es una excéntrica anomalía. Simplemente el gobierno se desentendió de ese rubro subsidiado, no sin antes haber pasado por un período de reducción de tamaño, aumento del precio y pésima calidad.

Yo me mudé de Puerto Príncipe para el centro de la ciudad de Camagüey a finales del año 2003. Por esa época estábamos pasando por una ligera mejoría económica. Las panaderías habían empezado a producir pan «liberado». Producían unas hogazas de corteza dura a 4 CUP y otras de corteza suave a 3 CUP (los habaneros, siempre tan ocurrentes llamaron a estas últimas «desmayao»). Más o menos, por esa época surgió la «casta» de los «cajoneros».
Los cajoneros, que existen hasta hoy, son humanos que montados en bicicletas (o en artefactos que se le parecen, pero están más destimbaladas) reparten pan que transportan en la parte trasera de su bicicleta en cajones de cartón (así como cajas de televisores, de los «culones», claro), muchas veces cortadas a la medida y obligatoriamente recubiertas de precinta. Los cajoneros comenzando revendiendo el pan «por la libre» de las panaderías estatales un peso más caro.
El cajonero viene siendo la versión moderna de aquellos faroleros que encendían la iluminación nocturna de la ciudad en épocas en que no había luz … perdón, no se había introducido la electricidad y voceaban la hora. Cada cajonero tiene su estilo. Unos anuncian a viva voz, otros usan pitos o cornetas de modo que los compradores sepan qué hora es y eso es más seguro que un gallo. Yo tengo un gallo en un patio vecino que está más confundido que una pluma en un remolino de viento —como diría el Gallo Claudio al Pollito Sabihondo. Te embarcas porque canta a cualquier hora de la madrugada.

Aquí hago otra digresión. Los cajoneros son ciclistas que no llegaron a triunfar del todo en las competencias oficiales, pero en las oscuras calles del Camagüey tienen su revancha personal. Los cajoneros son como el rayo, que cuando usted siente el trueno, ya el rayo cayó hace rato. Es decir el cajonero viaja a la velocidad de la luz y su pregón a la velocidad del sonido.
Cuando uno necesita comprar pan debe levantarse bien temprano, antes de que el más madrugador cajonero. Uno debe ponerse las zapatillas de correr (que estén en buen estado), debe abrir la reja y la puerta y aguzar el oído por cuando usted oiga un muy lejano «pan suave» actúe como si le dieran la arrancada y salga hecho una exhalación a interceptar al susodicho, como hacen los «patriotas» para interceptar a los «fattas» persas, que rara vez tienen éxito. Nada, como todo en el deporte, requiere sacrificio y entrenamiento. Hay que «dejar la piel en el terreno luchando un pan» como diría mi amigo Tabares.

La «situación» ha ido evolucionando, me refiero a la del pan. La gente es muy criticona, el pan siempre ha sido una cosa sagrada, ha sido el producto insignia de la alimentación humana desde el alba de los tiempos. Una cosa que merece que se le de su lugar. Mucho criticaron a Muriyo; pero el Ordenamiento, tuvo sus cosas buenas, le dio al pan el valor que se ha ganado alimentando a la humanidad desde la Antigüedad. Ya hoy, el «pan suave», «el desmayao», cada vez más suave, más débil, con sarcopenia, pero ahí está, digno, subió de 3 pesos a 150 pesos (en su versión más barata en mi entorno), es decir se valorizó en 50 veces.
Cuando empezó la casta de los cajoneros, mi amigo Sasisko, que fue asaltado por un pan y yo sosteníamos largos debates sobre sí los cajoneros serían como una nueva burguesía y se volverían ricos. Yo, que siempre estuve más fuerte que Sasisko en lo de la Filosofía, le decía que no, que nadie se iba a enriquecer revendiendo el pan y le explicaba lo de la plusvalía.
Cuando comenzaron a subir los precios volvió Sasisko a lo mismo. y yo que no; pero entonces la cogió con decirme que los que compran contenedores de harina sí se enriquecen y que eso refuta lo de la plusvalía. En lo primero yo estoy de acuerdo, se enriquecen, en lo segundo no, la ley de la plusvalía es inamovible. Lo que sucede es que esos no pagan impuestos y se aprovechan del paraíso fiscal que tenemos en Cuba originado por el propio gobierno. Pero no voy a abundar, que el tema merece una discusión seria, sigo con lo del pan.
Con respecto a los cajoneros, yo tenía razón, siguen igual de sacrificados voceando y vendiendo su pan desde la madrugada y no, hasta ahora no he visto a ninguno enriquecerse. No hace mucho, una madrugada, en pleno apagón, me topé con uno chistoso. Su bicicleta china no tenía burro, entonces se arrimó al poste de la luz más cercano para apoyar su cajón y poder sacar el pan, nos alumbramos con los teléfonos. Me dijo —jonee, qué clase de apagón toa la salá noche broder, y menos mal que no han quitao los postes de las luz todavía, que si no no sé cómo me las voy a arreglar con esta bicicleta sin burro.
Hoy en día los cajoneros revenden el pan que se hace en panaderías completamente particulares o en las panaderías ex-estatales, hoy «arrendadas» (¿es esto una privatización de los medios de producción?) a particulares, con la ventaja de que algunas tienen grupos electrógenos, del estado, que funcionan con petróleo que da el estado. La bola de pan, en estas panaderías vale alrededor de 25 pesos. Yo camino unos dos kilómetros en ir y virar de una de esas panaderías, cuyo pan tiene una calidad aceptable que gusta a mis nietas. Muy pocas veces ha pasado que no haya pan, pero cuando pasa me entra «terror pánico» porque es impredecible si podré o no comprar pan en otra parte.

Lo cierto es que hoy en día (o en madrugada), conozco a muchísimas personas que no tienen dinero para comprar en estas panaderías arrendadas o a los cajoneros-misiles. O tal vez algún día más que otro pueden comprar un pan y muchos otros días no. Nos guste a o no decirlo, estamos presenciando una estratificación de la sociedad en dos: clase pudiente y clase impudiente. Pululan ya evasores de impuestos con carros modernos cero kilómetros y pululan los disfrazados-evasores de impuestos que buscan en los latones de basura, bueno, en realidad ya no hay muchos latones de basura, ahora hay montones de basura regados por las calles en los cuales es ya más fácil buscar latas de cerveza que lanzan los evasores pudientes.
En fin, mis nunca bien ponderados lectores saben que yo me dedico a nuestros productos de la línea LAMULA en LADETEC y no a vender, revender y a comer…un poco.

Los dejo, ya es tarde y tengo que ponerme a trabajar para generar plusvalía (¿o era expl0t@r indios?. No olviden la frase popular «al pan pan, y si vino, vino al vivo», recuerden que los romanos lo decían: «in vino veritas y todo lo demás es mentira» y portense como buenos cristianos que: «al que madruga Dios le da pan» y ya saben, que los Beatles nos lo dijeron:
«All You Need is Pan»
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