
En Cuba, en el año 1975, cuando yo terminé mis estudios preuniversitarios, aún no había comenzado la ola de estudios masivos del idioma ruso, o al menos…no había llegado hasta mí. Yo escogí (y fui aceptado) para seguir estudios en la Unión Soviética y para lograrlo debía cursar un año de estudios de idioma ruso en una institución capitalina que se llamaba Facultad Preparatoria Hermanos País. A esta entidad llegué «virgen» en lo que al idioma ruso respecta.

En la Facultad Preparatoria me esforcé a fondo para aprender un idioma totalmente desconocido. Una gramática sorprendente, para mí sin ningún referente y una pronunciación aún más desconcertante. No obstante, creía que estaba preparado, me hacía entender con los profesores sin dificultad…hasta que ingresé en el Instituto de Ingenieros del Transporte Ferroviario…

Sin embargo…»Moscú no cree en lágrimas». En la vida real el ruso es mucho más complicado que lo que te puedan enseñar en un año de Preparatoria. La fonética rusa tiene muchos más sonidos que el que un oído de cubano puede asimilar. Y aún si logras escucharlos y distinguirlos, cuesta Dios y ayuda reproducirlos. Nuestro aparato bucal no está preparado para eso. En el aula los varones no entendían nada de lo que yo decía. Por las calles, igual, yo empleaba mi mejor ruso y me decían –habla en ruso. Por suerte, Dios siempre te manda una ayuda.

Ella era puro entusiasmo, tenía técnica pedagógica refinada. No escatimaba esfuerzos para ayudarnos. Yo me quejé que me parecía que el profesor del Historia del Partido Comunista de la URSS no tenía buena dicción y allá fue ella, se sentó y escuchó una conferencia. Después me dijo –OK, no habla como un locutor; pero no tiene problemas, eres tú el que no oye bien. Para los exámenes de Historia, fue a las consultas y obligó al profesor a reducirnos los temas y nos ayudó a preparar los resúmenes y a «decirlos», sí, correctamente, con la dicción y entonación que lleva el idioma ruso.

Conversaba mucho con nosotros, era una cuentera nata. Una vez me contó que una amiga le había contado que había ido de excursión a una de las repúblicas asiáticas. En el paseo, a su amiga le dio por querer comprar un pequeño paquetico de manzanas. El vendedor, sentado con las piernas sobre una mesa ni se movió, le dijo: 10 rublos (una cifra exorbitante para la época). La amiga sacó el dinero para pagarle y el vendedor seguía sentado sin moverse. Entonces intervino el guía y le susurró a la amiga de Nina –No, así no se compra aquí, míreme a mí. El guía fue, recogió el paquetico de manzanas, sacó una, la mordió y la escupió para el piso, y comenzó a increpar al vendedor. Aquel se levantó furioso, mordió otra manzana y tiró el resto a los pies del guía. La discusión fue subiendo de tono, el guía le ofrecía 50 centavos por el paquete, el vendedor que por menos de 5 rublos ni soñar. Volvieron a lo de morder manzanas…después de largo rato discutiendo ferozmente, el guía se llevó el paquete de manzanas, a las cuales agregó las pérdidas en la discusión…por un rublo. El vendedor regresó feliz a su asiento. Con este tipo de anécdotas, Nina nos ilustraba de la cultura rusa y de las demás repúblicas soviéticas y nos involucraba en las historias para pulir nuestro idioma; pero las escenificaba magistralmente.

En el verano de mi primer año, fui de vacaciones al sur, a un balneario llamado Burevestnik (Albatros). Viajé en tren, solo, en un vagón con dormitorios de 4 personas. En el mío, dos rusas ya mayores, una joven y yo. En la noche dormimos, por el día nos sentamos en las literas de abajo. Habíamos hablado muy poco, lo elemental para la convivencia. Las dos señoras mayores hablaron de lo humano y de lo divino. Una le contó a la otra que la hija de una amiga de ella se había casado con un cubano, que la había llevado a vivir en el campo, y le narró con mucho detalles la situación. Yo leía. Al rato ya no tenían nada que hacer y una de las señoras me preguntó qué leía. Le expliqué, era la biografía de Magallanes, escrita por Stephan Zweig. Le hablé del libro y le conté una cuantas anécdotas y le comenté sobre Stephan Zweig. Entonces se fijó mejor y me preguntó –¿en qué idioma está el libro? Le dije –en español. Dijo –ahh, ¿y usted dónde aprendió español? Yo muy orondo –en Cuba, yo soy cubano, es mi idioma natal. Se pueden imaginar mis amables lectores que después de tantos comentarios sobre los campos cubanos, se hizo silencio y pude seguir leyendo ¡Gracias Nina Aleksándrova! Finalmente pude «pasar por ruso» (bueno, era una liga «suave», no era gran cosa; pero igual yo estaba muy orondo). A Nina sí que nunca le pude pasa gato por liebre, siempre me corregía algo. Ella me contó que el mejor alumno que había tenido, que hablaba 100% como un ruso fue … un vietnamita.

Yo le estoy muy agradecido a todos los que posibilitaron mis estudios en la Unión Soviética y a todos los profesores de ruso que tuve. El conocimiento del idioma ruso expandió mi mente y me facilitó el aprendizaje de otros idiomas y además, me dio acceso a una literatura excelente.
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