“Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles”. (Bertolt Brecht).
He tenido el privilegio de trabajar con personas extraordinarias. De todos mis compañeros, este es con el que más tiempo llevo, entramos a trabajar en el Instituto de Meteorología a finales de 1981. Sin dudas este es el más completo de todos mis ingenieros por la diversidad de tecnologías que domina, y además… el más itinerante.
Pablo Maroto Díaz, graduado de ingeniero en Telecomunicaciones en la CUJAE , que antes de entrar a trabajar con nosotros se había graduado como técnico y trabajaba en las TCA (Tropas Coheteriles Antiaéreas). Nació y ha vivido toda su vida en la Villa de Guanabacoa, en La Habana. Fan de Industriales hasta la muerte, y con un mundo de estadísticas de la pelota y de los deportes en general en la cabeza. Él y Leonardo hacen el mejor uno-dos de la pelota, perdón, de la reparación de radares en Cuba. Los «torneos» de taco entre él y Leonardo, al igual que las discusiones de pelota, son legendarias en todos los radares cubanos por donde han pasado…y han pasado por todos innumerables veces. Nada estimados lectores, un ingeniero de Grandes Ligas, un Señor Ingeniero de Radar.
Maroto es un excelente especialista, con un olfato innato para las reparaciones de todo tipo. Dije que es el más completo porque en su momento dominaba: las estaciones de sondeo rusas viejas (Meteor y Meteorit-2), la estación de sondeo rusa de nuevo tipo (AVK-1, joder, tuve que llamarlo a él para preguntarle, ya se me había olvidado el nombre, en Camagüey tuvimos una que nunca se llegó a usar que se llamaba Titán), los radares japoneses (RC-32B), y los radares rusos (MRL-5). Una vez lo envié a una misión en otro país, a atender radares que no conocía, él me llamó un poco titubeante, que si no estaba muy seguro, que si nunca había visto esos radares…él tal vez dudaba por la magnitud del reto, pero yo no…fue y realizó numerosas reparaciones y dejó una impresión muy agradable. Y es que él es de los grandes, no importa la tarea que se le dé, que siempre la cumple exitosamente.
Maroto (no sé por qué mucha gente que no lo conoce bien le dice Moroto) y yo nos conocimos en noviembre de 1981. A mí me habían destinado para atender la estación de sondeo aerológico Meteorit-2, que estaba instalada aquí en el Centro Meteorológico de Camagüey desde 1979. A Maroto lo habían destinado en La Habana para esos mismos fines, pero para la estación Meteor, un ejemplar móvil, mucho más vieja, que estuvo en el Centro Meteorológico de Camagüey desde 1966 o 1967, y que se había mandado a la Brigada de Reparaciones Generales, y debía llegar próximamente a Casablanca. Nos pusieron a pasar un curso con un ingeniero ruso Vladímir de nombre, no recuerdo el apellido. Era muy simple, yo sabía ruso y me leía el libro, se lo traducía a Maroto, Maroto entendía y me explicaba, si no entendía yo le preguntaba al ruso, así aprendimos, él sabía un mundo de electrónica y yo…sabía ruso.
Desde el principio Maroto me eligió de jefe. Los jefes nacionales tardaron muchos años en darme esa responsabilidad, pero Maroto me la concedió instantáneo. En los inicios de los 90, la actividad técnica de los radares en el Instituto de Meteorología quedó descabezada, las personas a quienes se les dio esta responsabilidad no tenían suficientes conocimientos o interés. Hubo tiempos en que los jefes no sabían por dónde andaba Maroto, pero yo sí. Invariablemente me llamaba cada vez que había un problema en un radar y me comentaba lo que iba a hacer. No tenía por qué hacerlo, pero él sabía que probablemente solo yo estaba interesado en eso.
Hace poco comencé a impartir por enésima vez un curso de electrónica digital en la Universidad, y me recordé de esta anécdota. En 1985 fuimos Maroto y yo, junto a otros compañeros, a recibir un curso de los radares MRL-5 en la ciudad de Nalchik, en el Cáucaso Norte, bajo la dirección del creador de estos radares, el Profesos Magomed T. Abshaev. Cuando llegamos a las partes del radar hechas en base a electrónica digital, percibí que Maroto, quien había estado brillante en las partes de transmisor y receptor, no atendía, escribía cartas para la casa. Me dijo –no entiendo nada de eso. Comencé a explicarle el “abc” de esa técnica en ratos libres. Cuando finalizamos el curso de radar que duró 4 meses, Maroto aventajaba a todo el mundo en las partes de técnicas digitales del radar, y al pasar de unos años adquirió una destreza que siempre admiré.
Maroto tiene excelentes relaciones con todo el mundo. Siendo muy serio para el trabajo, conserva un carácter juguetón como un niño chiquito. Un día se viró un pie correteando por las áreas verdes de este centro cayéndole atrás a mi hijo que cuando eso tendría 7-8 años. Maroto es un compañero muy justo y solidario, es buen observador y cuando ve a alguien en problemas intercede para resolverlos. Lo he visto hacer que se reconcilien amigos disgustados y hasta parejas ha recompuesto con esa gracia de cubano de pueblo que tiene.
Maroto es más viejo que yo, tanto que le dio tiempo a ser alfabetizador (bueno, en realidad no mucho, yo casi cojo lo de la alfabetización, de hecho participé en una cosa que se llamó Brigada de Erradicación del Analfabetismo Residual, pero aquí en la ciudad), no obstante, a pesar de no ser muy joven es el más itinerante. Cada vez que tengo un problema en un radar y no me resulta conveniente mover a los camagüeyanos, llamo a Maroto y el parte para el radar que sea, por sus propios medios, muy ligero de herramientas, no importa si es a Gran Piedra o a Punta del Este, no hay problema que le encargue que él no resuelva, además jugando Dominó y Damas…no tiene rival. Ya les digo estimados lectores, es el tipo de pelotero, perdón, de ingeniero que cualquier manager quiere tener en su equipo. Sé que en algún momento haremos una novena para montar radares en la Luna, sin dudas Maroto hará el equipo, él siempre estará en el Todos Estrellas de los Radares Meteorológicos.
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