
En el año 2000, en los meses de junio, julio y agosto realicé una pasantía como científico visitante en el Centro Nacional de Investigaciones Atmosféricas (que responde a las siglas en inglés de NCAR, por su nombre National Center for Atmospheric Research), ubicado en la ciudad de Boulder, en el estado de Colorado. Primero viajé al radar, pero al segundo día me trajeron de vuelta, después que había hecho tantas preguntas al técnico del radar que mi anfitrión, el doctor Jeff Keeler, estimó que mejor dirigía mis preguntas a los ingenieros e investigadores en la propia institución. NCAR me había alquilado en casa de una viejita llamada Louise. Llegamos casi a media noche después de un viaje de más de 600 km desde el radar.
A esa hora que llegué tenía hambre (por el camino tenía el estómago medio revuelto), le pregunté a Louise cómo llegar al supermercado King Soopers que yo había visto por el mapa. Me explicó atravesando por el parque, a esa hora bastante poco iluminado. Le pregunté si podría ser peligroso. Se rio de buena gana y me dijo –si te asaltan serás el primero en los últimos 50 años, así que no te preocupes, al menos, serás famoso (Louise ni siquiera cerraba la casa, siempre estaba abierta por detrás). Al otro día fue que conversamos un poco y nos conocimos mutuamente. Louise era nacida en Canadá, su inglés era de locutora, tenía 76 años cuando mi visita. Nos entendíamos de maravillas y como toda persona que vive sola gusta de conversar. Por demás, llegué justo para varios días feriados por el 4 de julio, así que tuvimos bastante tiempo para hablar.

Cuando exploré la casa me asombré al ver una mesita en la sala, con muchas medallas. Pensé que serían de algún hijo. Al preguntarle me dijo –no, son mías, soy corredora de largas distancias, he sido campeona nacional de mayores (másters) de los Estados Unidos varias veces y he ganado un montón de carreras y me enumeró. Sorprendente, porque Louise era pequeñita, apenas me llegaba al pecho. Al paso de los días comprendí que no habían casualidades, Louise entrenaba como una atleta de alto rendimiento. Me puse un día con ella a hacer suiza, una actividad que si bien yo no había hecho en largo tiempo, me consideraba muy bueno en eso, de mis tiempos de la gimnasia en la universidad. Para qué les cuento, a los 10 minutos yo estaba con la lengua afuera y Louise seguía imperturbable bailando su suiza, qué pena tú.

Un día me preguntó si yo no tenía náikis (les aclaro a mis lectores que en los Estados Unidos a las zapatillas le dicen náikis, sí, por la firma Nike, como mismo le dicen Xerox a cualquier fotocopia). Yo me había comprado unas zapatillas aquí en Camagüey, de la marca Erke, justo para el viaje. Le señalo para mis pies y le digo –sí, mira. Louise se rio y me dijo –no mijo, esas no son náikis. Conmigo corre un hombre que debe tener tu mismo pie, le pediré que te regale un par. Efectivamente, a los dos días me trajo un par de Adidas que me quedaban perfectas. Yo siempre pensé que eso de las marcas estaba sobrevalorado, que era solo propaganda. Estaba equivocado. Las Adidas aquellas (hechas en China, por cierto) me quedaban tan maravillosamente bien como nunca antes me quedó ningún par de zapatos. A pesar de estar un poco gastadas, las usé casi cinco años. En todo momento las suelas tenían un agarre al piso que chirriaban en los pisos muy pulimentados. En Cuba, en Colombia y en Venezuela me he comprado Adidas semejantes, en las tiendas oficiales de Adidas y no, ningunas como aquellas. De más está decir que decliné, con diversos pretextos, sus invitaciones a correr, ya con lo de la suiza tuve suficiente.

Para el 4 de julio, Louise me invitó a un estadio a ver el espectáculo de fuegos artificiales, muy bonito todo. Otro día me invitó a comer a un restaurante que gerenciaba un hijo de ella. Él le pagaba, una vez por semana, una cena con un acompañante. Se trataba de una pizzería; pero esta pizzería era muy poco común para los Estados Unidos, se llamaba Deep Dish Pizza, sí Pizza de plato profundo. Es decir, las pizzas eran gruesas, más al estilo que conocemos en Cuba, no como las italianas que son aplastadas como una galleta, al igual que en la mayoría de los países que he visitado, que son bien delgadas. Lo cómico fue a la hora de elegir qué tomar. Había que elegir el tamaño de la cerveza, elegí la más pequeña, una jarrita no muy grande, y elegí un tipo de cerveza más bien clara. El camarero le preguntó a Louise –¿lo de siempre? Ella asintió. Cuando trajeron las cervezas, pensé trágame tierra, la jarra de Louise era el doble de la mía. Pedimos helados de postre.

En general Louise se preocupaba de mi alimentación. Ella me contaba que su familia había pasado mucha hambre en los años de la Gran Depresión y por eso ella le tenía gran respeto a la comida. Cualquier cosa que le sobraba, que si un poco de frijoles que si una carne con papas, lo que fuera ella me llamaba y yo, acostumbrado como siempre a ser el perro de la casa (es decir, el perro tiene que batirse por las sobras conmigo), lo aceptaba muy gustoso. Un día me invitó a comer «comida típica estadounidense»: hamburguesa y papas fritas y yo le hice los honores como a todo lo que me daba.

Louise era aficionada a la pelota. Como mi amigo Ichi y yo, que le vamos al equipo Camagüey gane o pierda (bueno, no toquemos el tema, que la única vez que ganó fue en 1976 y yo ni lo pude disfrutar en el estadio, porque ya estaba estudiando en la Unión Soviética), Louise le iba a sus queridos Rockies de Colorado. Ella veía por la TV los juegos (los que no eran en Denver, que cuando juegan local no hay de otra que ir al estadio) y yo, para apagar el silencio de mi cuarto, también ponía el juego de pelota. Una noche pichaba Rolando Arrojo, el villaclareño que al irse era el mejor pícher de Cuba. Esa noche Arrojo había estado muy bien; pero lo habían bateado y los Rockies perdían. Salí del cuarto, como quien no sabe nada le pregunté cómo iba el juego. Me dijo –ná, estamos perdiendo, but the Cuban guy is very handson. En eso también me recordaba a Ichi. Le ganaban a Camagüey, pero Ichi lo que recordaba del juego era el jonrón de Caldés. Louise siempre tenía un pretexto para justificar las derrotas de los Rockies.

Ya casi para irme, mi tío Angel Ricardo me mandó una Motherboard de regalo, por correo. El del correo llegó y Louise estaba en el baño y no lo atendió, pensó que al otro día lo traerían. Cuando llegué y le pregunté, se apenó, porque yo al otro día salía temprano para Denver y me dijo –vamos, que no hay tiempo que perder. Louise tenía un Ford Mustang de 1967, rojo, descapotable, que yo admiraba. Yo pensé que el carro no funcionaba, pero sí, arrancó. Louise apenas sobresalía detrás de aquel volante, y los pedales tenían amarrados unos tacos grandes de madera para que ella pudiera accionarlos. Salimos como una exhalación, a exceso de velocidad y haciendo giros imprudentes delante de los carros (en una ciudad en la que el tránsito se caracteriza por una disciplina y una caballerosidad sin igual). Ella me decía –no te preocupes, ellos pitan; pero cuando me ven se les pasa el mal humor. Llegamos raspando y pude recoger mi Motherboard … con el corazón en la boca.

Un año después la llamé desde Cuba, cuando no se sabía lo que era el Skype y todavía no lo habían bloqueado, hablamos un buen rato y me contó de su gato (un pesado que no nos gustábamos mutuamente). Realmente, vivir casi tres meses en casa de Louise fue una experiencia inigualable, aun guardo miles de anécdotas; pero debo ir cerrando este post que tengo trabajo que hacer y no se puede vivir del cuento; pero si a mi lector le gusta el tema puede leerse estos otros posts sobre mi visita al Yuma.
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