
Una historia del Oriente Medio y sus religiones condensada en 40 capítulos. Capítulo 3. El esplendor de los imperios persas. Es solo un intento de explicarme a mí mismo los conflictos sobre los que he estado oyendo y leyendo desde pequeño.
Los persas aqueménidas tomaron el relevo de los viejos reinos de Mesopotamia y, entre aproximadamente 550 y 330 a. C., construyeron el mayor imperio que el mundo había visto hasta entonces. Todo comenzó con Ciro el Grande, que derrotó a los medos hacia 550 a. C. y luego conquistó Lidia y Babilonia. A diferencia de los asirios, los persas no gobernaban solo con terror: permitían a cada pueblo conservar su religión, sus leyes y sus costumbres, siempre que pagara impuestos y obedeciera al rey. Por eso los judíos recordaron a Ciro como el monarca que les permitió regresar del exilio en Babilonia.

Tras Ciro vino su hijo Cambises II, que conquistó Egipto en 525 a. C. Pero el verdadero organizador del imperio fue Darío I, que reinó entre 522 y 486 a. C. Bajo su mando, Persia se extendió desde el valle del Indo hasta Egipto, Anatolia y las puertas de Grecia. Dividió el imperio en provincias llamadas satrapías, gobernadas por sátrapas, una especie de gobernadores regionales. También creó una red de carreteras, entre ellas el famoso Camino Real, de más de 2.500 kilómetros, y un eficiente sistema de correos. Muchos siglos antes de Internet, un mensaje podía cruzar el imperio en pocos días gracias a relevos de jinetes.
Los aqueménidas dejaron además avances duraderos: una administración centralizada pero flexible, el uso de una moneda común, un sistema de impuestos relativamente ordenado, grandes obras hidráulicas y una idea novedosa para la época: un imperio podía mantenerse unido sin obligar a todos a hablar la misma lengua o adorar a los mismos dioses. El arameo se convirtió en la lengua oficial del gobierno y el zoroastrismo en la religión de la corte, pero la diversidad era aceptada. De hecho, muchos de los sistemas administrativos que luego usarían los griegos, los romanos e incluso los estados modernos nacieron allí.
El gran rival de Persia fue Grecia. Bajo Jerjes I, hijo de Darío, los persas invadieron Grecia en 480 a. C., ganaron en las Batalla de las Termópilas pero terminaron derrotados en la Batalla de Salamina. Aun así, el imperio siguió existiendo durante más de un siglo, hasta que en 330 a. C. fue conquistado por Alejandro Magno.

Pero Persia no desapareció de inmediato. Tras la muerte de Alejandro en 323 a. C., sus generales se repartieron el imperio. El más importante en Oriente fue Seleuco I Nicátor, que creó el Imperio seléucida en 312 a. C. Los seléucidas gobernaron Siria, Mesopotamia, Persia e incluso parte de Asia Central. Su capital fue Antioquía, una de las ciudades más grandes del mundo antiguo.

Los seléucidas mezclaron la herencia persa con la cultura griega. Fundaron ciudades, extendieron el idioma griego por Oriente y crearon un enorme espacio comercial que iba desde el Mediterráneo hasta la India. Bajo Antíoco III, entre 223 y 187 a. C., el imperio recuperó gran parte de su antiguo esplendor. Pero era demasiado grande y demasiado diverso. Poco a poco perdió territorios frente a partos, armenios y romanos, hasta desaparecer en 63 a. C., cuando Roma convirtió Siria en una provincia.Si los sumerios inventaron la ciudad y los fenicios conectaron el Mediterráneo, los persas demostraron que era posible gobernar un territorio inmenso y multicultural sin destruirlo. Inventaron, en cierto sentido, la idea misma de imperio global.
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