
Fue una época turbulenta para mí. Yo tendría como ocho años. Mi mamá había venido divorciada de Santa Clara, poco tiempo después, mi papá Orlando falleció, nunca supe exactamente cuándo. Mi mamá se volvió a casar con un hombre maravillo que fue mi papá hasta du muerte. Vivíamos en un cuartucho de pandereta, fabricado en el portalón de la casa de mis abuelos. No tenía techo, sino que estaba por debajo de una especie de ático que estaba bajo el techo de tejas del portalón y eso servía de techo, pero las paredes se quedaban muy por debajo. Apenas dos camastros, uno muy pequeño que era el mío y el otro, un poco más grande donde dormía mi mamá con mi nuevo papá, Humberto. Del ático bajaba un cable con un zócalo, de esos que tenía el conmutador para encender allí mismo pegado al bombillo, que era la única luz en el cuarto.
Esa noche mi mamá y papi Humberto habían tenido que salir. Yo me quedé solo. Por el ático, allá arriba, correteaban las ratas. Yo no tenía miedo, yo tenía mi espada, del último regalo de reyes cuando ya sabía que no eran reyes. Peleaba yo contra mis enemigos, muy al estilo de Orlando Furioso, parado sobre la cama de mis padres, defendiendo el paso del Roncesvalles (siempre fui lector, siempre fui muy fantasioso, siempre fui muy comebola) cuando le atiné un espadazo al bombillo incandescente que se hizo añicos. Yo recogí como pude los cristales que cayeron sobre la cama, pero me pareció un trabajo incompleto y saqué los restos del bombillo del zócalo. No sé cómo pude hacerlo en la oscuridad, tal vez había luces de las casas de los vecinos, no sé cómo no me corté, no sé cómo no me electrocuté. Me quedé dormido en la oscuridad. Cuando llegaron mis padres, Humberto, que siempre fue profundamente ateo, solo atinó a decir –Dios protege la inocencia.
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